Fellini
revisitado
Carlos
Alfieri
Entre
1952, en que dirige su primera película en solitario, El jeque
blanco (Lo sceicco bianco), y 1963, año de realización
de Fellini, Ocho y medio (Otto e mezzo) se extiende el período
más fecundo de la trayectoria artística de Federico Fellini,
que bastará para situarlo como uno de los mayores creadores de la
historia del cine y para convertir prematuramente su apellido en adjetivo:
así, lo felliniano, como lo kafkiano o lo borgeano,
pasará a designar una determinada manera de mirar el mundo.
Se suceden en ese ciclo filmes como Los
inútiles (I vitelloni, 1953), La strada (1954),
Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957) y La
dolce vita (1959), a través de los cuales Fellini irá
configurando su estética inconfundible.
La segunda etapa se abre en 1965 con una
obra fallida Giulietta de los espíritus (Giulietta degli
spiriti) y abundarían en ella los fracasos: Casanova
(Il Casanova di Federico Fellini, 1976), Ensayo de orquesta
(Prova dorchestra, 1979), La ciudad de las mujeres (La
cittá delle donne, 1980), Entrevista (Intervista,
1987). El fantasma de la esterilidad creativa que había intentado
y conseguido exorcizar en la extraordinaria Otto e mezzo se obstinaba
en renovar sus embates. El talento del director italiano daría muestras
de precoz fatiga; muchos de sus hallazgos de taumaturgo se convertirían
en tics, su inventiva en reiteración mecánica, su desparpajo
en banalidad, sus metáforas en grandilocuencia. Pero estas evidentes
fisuras no impidieron que su genio siguiera manifestándose, aunque
espasmódicamente, no sólo en las películas más
sólidas de este período Roma (1972), Amarcord
(1973), Y la nave va (E la nave va, 1983) sino incluso en
algunos momentos de aquellas decididamente frustradas.
La
estética de Fellini se alimentó de diversas fuentes: el circo,
los artistas ambulantes, los monstruos que se exhibían en los parques
de atracciones, los cómics, la comedia costumbrista, el melodrama,
los números de magia, cómicos o eróticos de los miserables
teatros de variedades romanos que tanto frecuentó en su juventud,
el expresionismo, el cine de Chaplin, los primitivos peplums italianos
de la primera década y media del siglo xx, entre otras. A todas
ellas las llevó hasta sus límites, las violentó y
las hizo estallar para transfigurarlas mediante su prodigiosa alquimia
y dotarlas de sus señas de identidad artística. Así
se fue tejiendo el mundo felliniano, caracterizado por la desmesura,
una imaginación de delirante barroquismo, la irrupción de
lo mágico en medio de la vulgaridad cotidiana la primera imagen
de Alberto Sordi columpiándose entre altos árboles en El
jeque blanco; la niebla que de pronto envuelve al abuelo y le impide
encontrar el camino a su casa en Amarcord; la aparición
del inmenso transatlántico en esta misma película, por ejemplo,
la invención de deslumbrantes atmósferas oníricas
tan admirables como la pesadilla inicial de Ocho y medio, las
bruscas transiciones de lo grotesco a lo místico, la preferencia
por mostrar en vez de narrar, por la circularidad del desfile
circense en lugar de las estructuras narrativas longitudinales. A Fellini
nunca le interesó contar historias a través de las
imágenes; siempre creyó que las imágenes podían
ser en sí mismas historia y materia dramática.
Pocos
cineastas, como él, generaron tantos equívocos. Por ejemplo,
el de su neorrealismo. Si bien es cierto que comenzó su trayectoria
en el ámbito de esta corriente, muy pronto estuvo claro que su obra
se alejaba cada vez más de ella. El neorrealismo veía en
el cine una herramienta para reflejar la verdad de la historia por medio
de las pequeñas crónicas de la vida de los seres anónimos.
Fellini, en cambio, no se sentía atraído por la verdad sino
por la mentira del cine; su pasión no era la indagación racional
de la realidad sino la exploración de su índole ilusoria,
los puntos de fuga a través de los cuales lo real revela su ambigüedad:
la magia, el sueño, la deformidad, la locura. Los directores neorrealistas
utilizaron con frecuencia actores no profesionales para procurar la representación
más fiel posible de los personajes reales; Fellini buscaba en ellos
una pura potencia icónica, la excepcionalidad de un rostro, la anomalía
de un cuerpo como metáforas de su concepción de la condición
humana.
Engañosamente festivo, irreverente
sólo en apariencia, contradictorio, melancólico y burlón,
Fellini nunca dejó de ser un moralista católico al que la
Iglesia jamás entendió. La suya es la visión de un
existencialista cristiano desesperado por el desamparo esencial de los
hombres y ansioso por otorgar trascendencia a un mundo vacío. Como
Dreyer o Bresson, como Rossellini o Buñuel, como Bergman o Welles,
ha sido uno de los grandes creadores solitarios después de cuya
obra el cine cambió para siempre.
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