OTRA
VEZ
Como Eduardo Mosches plantea ya desde el título, que transmuta la tradicional imagen de los molinos con un elemento que ocupa eficazmente el lugar de otro calificativo, los elementos originales pueden reordenarse, combinarse de distintas y significativas maneras. Existe un molino de oración como símbolo en la tradición tibetana, está ligado al poder de la palabra, a la revelación de la palabra. El molino es el receptáculo o el vehículo de una fuerza sagrada, encerrada en el sonido de la palabra que se puede mover para provecho. En el libro de Eduardo contamos con dos posibilidades: o el molino gira por la fuerza del fuego, es su energía motriz, o el propio molino está en permanente incandescencia porque está hecho de fuego. En nuestra tradición lingüística, el molino que habitualmente acude a nuestro imaginario es el de don Alonso Quijano, o Quesada, quién sabe... El molino es siempre una quijotesca representación visual. Por lo tanto, su significado ya es múltiple desde su solo enunciado. He de quedarme más en el título de este libro, porque si el fuego ocupa el sitio que en el lugar común sería del viento, adquirirá otras representaciones. En una de las numerosas tradiciones orientales, el fuego corresponde al sur, pero también al color rojo, al verano y al corazón. El sur es un punto cardinal absolutamente referencial en la escritura de Mosches, sobre todo cuando el lirismo más íntimo le extrae testimonios ávidos de expresarse en el poema. Los poemas contenidos en estos Molinos de fuego, son asimismo poemas de un viajero, de un pájaro que emigra. Mucho se ha dicho ya de las aves que van al sur en el verano, las que van hacia el fuego, al sur, a la tierra del sur, a la tierra del fuego. Pero también son poemas de la memoria y de la búsqueda y el encuentro de los territorios predilectos, los que ya son predilectos o los que se harán predilectos. El fuego es de muchas maneras renovación, el fuego nuevo, recordemos, regresa cada cincuenta y dos años en nuestra tradición indígena. El fuego purifica, pero también destruye, el fuego consume pero ilumina; en fin, en este libro, el fuego sirve para exponer las posibilidades del verso y para contradecirlo.Puede tejerse un hilo con versos alusivos a ese fuego: El fuego es perro que aleja los fantasmas, La escritura parece lumbre oscura, El incendio en la infancia ha dejado brasas para mi muerte, Las cenizas se pueden convertir en nube. Habitualmente el fuego está relacionado con la pasión, con el amor intenso. Porque si el hombre descubre el fuego por frotamiento, por el calor que produce el constante frotamiento de la rama en la piedra, es otro el fuego que nace de otros frotamientos, de otros movimientos constantes y rítmicos que dan lugar a una temperatura alta, amorosa y sostenida. En este libro hay poemas donde el concepto de extranjero viene a cuento, viene a canto. La extranjería es una circunstancia particular del poeta que busca siempre con sus poemas una estancia, una estadía, un espacio de presencia. El diccionario de los símbolos que he utilizado como guía permanente para acompañar la lectura de este libro rebosante de ellos, nos sugiere también que el extranjero simboliza la situación del hombre, Adán y Eva son expulsados del Paraíso, y se convierten en extranjeros, en emigrados. El extranjero, dicen, es aquel cuyo amor está en otra parte ¿Pero cómo escribe sus poemas un buscador de tierras prometidas? Eduardo busca habitar con plenitud la patria del idioma, aunque, en sus propias palabras, pudiera"Terminar forastero en el silencio". Eduardo ha dividido su poemario en dos únicas partes, La soledad del aire y El susurro del fuego, otra pauta que en su doble significación nos lleva de nuevo al título Molinos de fuego. El aire es soledad, el fuego compañía. El fuego no habrá de conservar el silencio, ha de susurrar, soplar tan suave como el aire sometido por el autor. Suelen reseñarse los libros de poesía aprovechando las citas que pueden ser extraídas del propio libro, es una manera de contar con un recorrido lector que proviene del propio autor del libro. Suele convocarse al público a que lea el libro en cuestión intentando buscar las diversas puertas que el propio libro plantea, quien reseña quiere proponer a los lectores la manera de llegar a ellas. Así, diré que los poemas amorosos tienen al mismo tiempo una gran calidad reflexiva, un impulso que los lleva a describirse al tiempo que en ellos se reflexiona. Eduardo ha procurado desaparecer ciertos artículos, ciertas preposiciones, para ofrecernos una lectura a veces más sintética, sustituyendo algunos enlaces de su redacción por la enumeración a partir de infinitivos. Las manos, más específicamente, los dedos, graban recuerdos sobre la piel de las mujeres o, activos y ágiles, se enhebran a un nudo de cabellos. Tal parece que los poemas amorosos no siempre se refieren al acto amoroso en sí, sino a los momentos previos, en los que el fuego se anticipa, o a los posteriores, acaso más reflexivos e igualmente íntimos. Las manos están aquí: una mano sostiene otros dedos amados, la mano que acaricia en diferentes momentos, la que acaricia un pezón. Entre manos se tejen nuevas pieles, las manos recorren el perfume táctil. Un halo misterioso rodea constantemente al poema. El lenguaje de Eduardo es reservado o críptico en numerosos momentos de la lectura, pero mantiene una atmósfera que atrapa al lector y lo mantiene cerca. Hay una señal amorosa, ya dije, en las manos aludidas o descritas, las amorosas manos del que busca y acerca a veces su memoria al tema. Mi hijo ayudado con mis manosPero también hay espacio para la ironía, versos que se integran al poema para dotarlo de una dosis de humor lacónico, ironía que expresa un espacio del alma del extranjero, dice Mosches "donde la acción intrépida es adquirir con algún crédito un auto que devore kilómetros". O entonces describe: "Piernas izquierdas cortadas a un equipo de futbol/ me duele esa parte en mi cuerpo". Las escenas de la guerra pasan también por los poemas, las imágenes complejas de la guerra: "el fusil es sólo un punto de apoyo en esta discusión" o bien, "en el preciso instante en que la bomba cae/ borrando esas escenas para siempre". "Estalla una bomba en templo musulmán/ dios ha quedado manco". La desolación y la muerte ante los
ojos del que escribe, entre sus búsquedas y sus reflexiones aparecen
los rostros numerosos de la guerra. En fin, veinticinco poemas de la primera
parte, que sumados a los dieciocho de la segunda nos dan cuarenta y tres
intensos poemas que componen estos Molinos de fuego. Y terminemos
esta reseña con uno de los versos del libro, el último de
ellos: "Después del sueño llegará el sol"
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