MAYRA INZUNZA
Que Carmen Galán cuenta con una sólida trayectoria como guionista de cine y televisión es algo que aun sin saberlo se disfruta desde los párrafos iniciales de su primera novela. Aunque no es cronológicamente lineal, Tierra marchita cuenta una anécdota, varias, las cuales se nos presentan narradas mediante escenas cuidadosamente figurativas y no al estilo noveau roman, el cual sobresale por destinar renglones interminables a contar una anécdota mínima (vg., La Jaloussie), ni tampoco en la vertiente balzaciana donde una y otra vez la acción dramática se suspende para dar paso a la descripción detallista, sino continuando la tradición de la estampa cuya lectura puede no ser sucesiva, pues cómo narrar linealmente cuando se busca caracterizar desde múltiples puntos de vista un lugar o época véase, por ejemplo, "La fiesta de las balas". Así, el verdadero protagonista de Tierra marchita es el contexto situacional, Ciudad Juárez del siglo pasado al presente, ámbito fronterizo donde las leyes se difuminan, el ejercicio de justicia es ambiguo y la cotidianidad aparece conformada por un reparto inumerable de infamias, muchas de las cuales acontecen con la más flagrante impunidad de sus actores. Entre hechos complejos, desarrollados, y otros apenas esbozados, el trazo de la frontera como personaje literario queda caracterizado con gran fuerza, particularmente porque, aun tras el epígrafe donde se cita al autor de Comala, aquí no estamos ante ciudades imaginarias como fueran Yoknapathawpa o Klail City o las de Calvino, sino que la historia tiene un referente tan literario y al mismo tiempo tan real como lo es el Nueva York de Manhattan Transfer.
En fin, que la división entre México
y Estados Unidos definitivamente implica una herida histórica que
no sana, perdimos territorios y hasta Carlos Fuentes en La frontera
de cristal cita una vez más aquello de pobre México,
tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos. Para responder necesitamos
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