La Jornada Semanal,  30 de noviembre  del 2003        446
N O V E L A
UNA CICATRIZ DE LA HISTORIA

MAYRA INZUNZA

Carmen Galán,
Tierra marchita,
Tierra Adentro,
México, 2002.

Que Carmen Galán cuenta con una sólida trayectoria como guionista de cine y televisión es algo que aun sin saberlo se disfruta desde los párrafos iniciales de su primera novela.

Aunque no es cronológicamente lineal, Tierra marchita cuenta una anécdota, varias, las cuales se nos presentan narradas mediante escenas cuidadosamente figurativas y no al estilo noveau roman, el cual sobresale por destinar renglones interminables a contar una anécdota mínima (vg., La Jaloussie), ni tampoco en la vertiente balzaciana donde una y otra vez la acción dramática se suspende para dar paso a la descripción detallista, sino continuando la tradición de la estampa cuya lectura puede no ser sucesiva, pues cómo narrar linealmente cuando se busca caracterizar desde múltiples puntos de vista un lugar o época –véase, por ejemplo, "La fiesta de las balas". Así, el verdadero protagonista de Tierra marchita es el contexto situacional, Ciudad Juárez del siglo pasado al presente, ámbito fronterizo donde las leyes se difuminan, el ejercicio de justicia es ambiguo y la cotidianidad aparece conformada por un reparto inumerable de infamias, muchas de las cuales acontecen con la más flagrante impunidad de sus actores. Entre hechos complejos, desarrollados, y otros apenas esbozados, el trazo de la frontera como personaje literario queda caracterizado con gran fuerza, particularmente porque, aun tras el epígrafe donde se cita al autor de Comala, aquí no estamos ante ciudades imaginarias como fueran Yoknapathawpa o Klail City o las de Calvino, sino que la historia tiene un referente tan literario y al mismo tiempo tan real como lo es el Nueva York de Manhattan Transfer.

Protonovela cruenta, impía, Tierra marchita posee gran madurez, nacida de la necesidad de transmitir una historia que, aunque ficticia y no necesariamente basada en hechos concretos, se erige como advertencia para no cometer y peor aún continuar repitiendo los errores reales ad nauseam. No reparando en destazar acontecimientos ya de por sí descarnados, Tierra marchita es no sólo una obra meritoria en cuanto a virtudes estéticas, como sería el que un solo relato sea referido desde numerosas voces, lograr plurivocidad, sino que, más aún, se aventura a desarrollar un tema ante el cual acostumbramos guardar silencio. Y es que esta promisoria autora no se intimida, denuncia muertes, violaciones y, en suma, la mutilación de los desposeídos; se aventura en una cuestión ríspida y trata sin miramientos ese sistema imperialista que subvenciona discursos como una limología que se presume porosa, flexible, cuando en verdad, parafraseando a un internacionalista, las fronteras parecerían cicatrices de la historia en el sentido de que, bien pensadas, las comunidades son en realidad constructos imaginarios, imposiciones nacionalistas, justificadas por la fuerza de un monólogo discursivo y no tanto por la homogeneidad cultural. Los vasos comunicantes entre otredades pueden ser meros artificios diplomáticos: precisamente es hacia sus afueras donde dos países desean orillar sus deshechos. Zonas oscuras, en ellas los criminales se abocan a traficar desde armas o drogas hasta indocumentados o sus meros órganos.

En fin, que la división entre México y Estados Unidos definitivamente implica una herida histórica que no sana, perdimos territorios y hasta Carlos Fuentes en La frontera de cristal cita una vez más aquello de pobre México, tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos. Para responder necesitamos más textos como Tierra marchita •