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México D.F. Jueves 4 de diciembre de 2003

Soledad Loaeza/ II y última

Vicente Fox: el desgano presidencial

A pesar de haber fracasado, el proyecto de la presidencia plebiscitaria ha sido determinante del estilo presidencial que ha desarrollado Vicente Fox en tres años, y que se caracteriza por la sobrepersonalización del ejercicio presidencial. Una de las diferencias más notables entre el Presidente actual y sus predecesores es la eliminación de la frontera entre la persona pública y la persona privada.

Ninguno de sus predecesores priístas había puesto tanto empeño en atraer los reflectores de la opinión pública hacia su vida personal y familiar. Hoy en día en México la opinión pública es regular y oficialmente informada acerca de grandes y pequeños acontecimientos personales en Los Pinos. Las noticias relativas a la vida de la familia Fox ocupan amplio espacio en la opinión y la distraen de la discusión de asuntos de gobierno. Ha habido semanas y meses a lo largo de estos tres años en que los medios han estado literalmente inundados por la vida sentimental del Presidente o por sus historias de familia, con notas más apropiadas para las revistas del corazón que para el comentario político.

La información a propósito del Presidente, su esposa, su ex esposa, sus hijas y sus hijos es generada por las oficinas presidenciales, y es parte de una estrategia de comunicación que se funda en la creencia de que la personalidad del Presidente es su mayor capital político en las evaluaciones de la opinión pública.

Un segundo objetivo de esta estrategia es compensar con la buena voluntad que alimenta la simpatía por la persona Vicente Fox, los juicios negativos que la opinión ha expresado acerca de la capacidad del presidente Vicente Fox para gobernar, como si con ello se estuviera construyendo una reserva de simpatía popular que en un momento dado podría ser utilizada para movilizar a la opinión pública para apoyar decisiones presidenciales.

De la negación de la distancia entre la persona pública y la persona privada se deriva también la idea que muchas veces ha repetido el Presidente de que él es igual a cada uno de los cien millones de mexicanos y mexicanas que poblamos el país. Esta idea, que puede parecerle muy democrática, tiene, sin embargo, graves implicaciones para temas tan delicados como la responsabilidad del funcionario o la rendición de cuentas, porque al repartir de esa manera la responsabilidad de la solución de los problemas del país, está rechazando la razón misma de su presencia en la Presidencia de la República.

Los ciudadanos de los regímenes presidenciales votamos por un presidente porque queremos que la conducción del país esté en manos de un individuo identificable, que tiene una cara y tiene un nombre, y que en un momento dado tendrá que explicar sus acciones. Si en México hay cien millones de presidentes, y todos somos responsables, entonces, como sabe cualquier administrador, nadie es responsable. El célebre "ƑY yo por qué?" del presidente Fox es la negación de la esencia misma de la institución presidencial; no hay más que comparar esta frase con la definición de la institución presidencial de Harry S. Truman, quien señalando su escritorio dijo: "Aquí se para la bolita".

Desde hace meses el Presidente ha renunciado a la idea de ser un presidente-empresario, entre otras razones porque su promesa del "gobierno de calidad" ha sido estrepitosamente traicionada por los administradores de empresas privadas que impuso en su gabinete, y que nos negamos a creer que son los mejores de entre nosotros, de los que tanto se pavoneó el candidato electo. El paso de muchos de ellos por el servicio público sólo sirvió para demostrar lo que ya sabíamos: que la función pública tiene vocación de servicio y supone una disciplina que no se improvisan de la noche a la mañana.

El proyecto de la presidencia plebiscitaria inspiró la desafortunada reforma administrativa que al inicio del gobierno pretendía crear una superoficina de la Presidencia, integrada por coordinadores de áreas gubernamentales. La primera intención de este esquema era brutalmente centralizadora, pero rápidamente naufragó llevándose con ella las credenciales de manager de Vicente Fox.

Ante todas estas dificultades el Presidente se ha conformado con ser "humano", con mostrar compasión y solidaridad. Cualidades muy loables, pero insuficientes para un líder que tiene que tomar decisiones difíciles, asumir la responsabilidad de lo que hace su gobierno y los funcionarios que son sus subalternos.

El estilo del presidente Fox revela que la noción de presidencia democrática que sostiene está construida más con base en sus juicios negativos de las presidencias priístas que con una referencia positiva.

Desde los inicios de su gobierno dijo que no estaba dispuesto a encerrarse en un "cuartucho", refiriéndose a las oficinas presidenciales, y que estaría "cerca de la gente". En una entrevista que concedió al periódico Reforma en enero de 2001 declaró: "...Si pudiera estaría todos los días en el radio. Si los medios me lo permiten, cada día estaría allá, hablando. Quiero que los ciudadanos me den sus ideas, sus propuestas y con eso, bueno, voy a gobernar..."

Frente a los "presidentes burócratas" quiso ser un presidente casual, en mangas de camisa, que no está dispuesto a someterse a ceremoniales ni ritos, olvidando que las apariencias del poder son consustanciales a la institución presidencial, aquí en México y en todas partes del mundo. Sin embargo, su desprecio por los símbolos republicanos no significa que desconozca la importancia de los símbolos en el ejercicio de la autoridad. Simplemente ha querido cambiarlos, y los que ha propuesto tienen una carga religiosa inequívoca, como la que sostiene los valores familiares que defiende y promueve. La intención política de sus actos públicos de fe, de las oraciones de acción de gracias que pronuncia o las bendiciones que imparte al término de actos cívicos, ha provocado la irritación de muchos católicos que rechazan la manipulación de sus creencias.

El presidente Fox ha recurrido incluso a la iconografía religiosa para engrandecer su figura, como lo prueba, por ejemplo, la evocación de la imagen de Jesús y el "Dejad que los niños vengan a mí" a la que invita la fotografía oficial que muestra al Presidente rodeado de una multitud de niños.

A pesar de todos sus esfuerzos, las encuestas de opinión muestran que el proyecto de la presidencia plebiscitaria tuvo una mecha muy corta. Si el presidente Fox niega la distinción entre la persona pública y la privada, los ciudadanos la mantenemos respetuosamente. Por eso los resultados de los sondeos arrojan niveles de aprobación confortables para las cualidades de la persona Vicente Fox (ver, por ejemplo, las evaluaciones trimestrales del desempeño presidencial de Consulta Mitofsky, en particular las respuestas relativas a cercanía con la gente, sinceridad, tolerancia), pero lo desaprueban en todo aquello que tiene que ver con competencia y capacidad de gobierno, y hasta con la manera en que se conduce como presidente.

Esta renuencia de la opinión a aceptar la propuesta de liderazgo plebiscitario del presidente Fox dice mucho de la cultura política y de las instituciones mexicanas a principios del siglo XXI. Más todavía, la experiencia del presidente Bill Clinton demuestra que en los sondeos de opinión sobre el carácter y la competencia de un líder, cuando las respuestas relativas a integridad personal y competencia son positivas, se refuerzan mutuamente; pero cuando para calificar a su presidente los ciudadanos tienen que escoger entre carácter y competencia, prefieren tener un presidente competente.

La discusión del estilo del Presidente por su misma naturaleza puede convertirse en una conversación puramente anecdótica; sin embargo, en estos momentos es importante porque el estilo presidencial de Vicente Fox ha puesto en tela de juicio la modernización de la institución y todo el simbolismo republicano que durante décadas ha sostenido a la Presidencia de la República.

Los últimos cambios en el gabinete y movimientos de personal de segundos y terceros niveles en el gobierno federal sugieren que, después de tres años de intentos fallidos, los foxistas han decidido abandonar el proyecto de la presidencia plebiscitaria, que han sustituido por una presidencia francamente partidista, como la que está ejerciendo Lula da Silva en Brasil. Este modelo no nos salva de la improvisación ni de la arbitrariedad. Sin embargo, es posible que obligue al Presidente a reconocer las funciones para las que fue elegido. Más aún, este cambio puede ayudarle a comprobar que la presidencia democrática tiene más instrumentos para gobernar que la presidencia autoritaria: nada más tiene que estar dispuesto a utilizarlos.

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