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México D.F. Sábado 27 de diciembre de 2003

Ilán Semo

Primera llamada

Toda reforma fiscal supone, de antemano, un ejercicio elemental de histrionismo. Guillermo Prieto escribió alguna vez que sólo imaginaba una labor más inclemente que la de convencer a una sociedad de la "necesidad" de elevar los impuestos: convencer a su burocracia de que deje de gastarlos. A propósito de los avatares del fisco, Friedrich von Raumer, ese abundante historiador de la nobleza alemana, cuyos trabajos sirvieron más tarde a Otto Hintze para deliberar sobre el nacimiento de las constituciones modernas, registró en sus memorias un episodio ilustrativo. En 1811, durante una extenuada discusión sobre la crisis fiscal de Prusia, un consejero del Ministerio de Finanzas de ese severo reino, un tal Oelssen, defendía enérgicamente la posibilidad de emitir más billetes de papel moneda para pagar la amortización de la deuda del Estado. Oelssen fue refutando uno a uno los argumentos de los miembros del gabinete, que se oponían en su mayoría a la medida, y empleó el término "muchos billetes" para realzar la imagen de la debacle financiera. Al ver la impotencia de los ministros, Von Raumer, que se encontraba en la reunión, llegó a la siguiente ocurrencia ("un atrevimiento desmesurado", la llamó más tarde): "Señor consejero, usted recordará que ya Tucídides cuenta sobre los grandes males que ocurrieron en Atenas porque se produjeron billetes en demasía." Era un recuerdo apócrifo. Ni los griegos conocían los billetes, ni Tucídides escribió semejante locura. Pero Von Raumer conocía a su hombre. Oelssen repuso con aprobación: "Esta experiencia es, sin duda, de la mayor importancia." Y se contuvo.

El ardid de Von Raumer data, al menos, dos máximas: a) si en política lo que importa no es el argumento sino la eficacia con la que se expone, en política fiscal, el simulacro es un axioma; y b) en materia de impuestos, el Estado se divide. Toda deliberación sobre el orden fiscal que debe prevalecer en un Estado supone, obviamente, una visión sobre la función general del Estado. Visiones distintas sobre el papel del Estado reportan inevitablemente versiones distintas de su política fiscal; mas aún cuando estas visiones son opuestas o contradictorias. ƑQuién paga los impuestos? ƑEn qué y cómo se deben gastar? La política fiscal es siempre un conflicto por la distribución de una parte de la riqueza, así se le envuelva en los discursos de la eficacia y la eficiencia económicas.

La fallida reforma fiscal impulsada por la administración de Vicente Fox -en rigor, desde el inicio del sexenio- admite varias lecturas. Me remito tan sólo a una de ellas, acaso la más grave: el giro que adoptó el reordenamiento político a partir del fracaso de la iniciativa presidencial.

La propuesta de aumentar el IVA en alimentos y medicinas tenía, para la administración actual, una ventaja: dinero a la mano, fácil y rápido. Toda la propaganda panista estuvo destinada a homologar el incremento tributario con las posibilidades del crecimiento económico. Lo nuevo fue que un extenso sector de empresarios, encabezados acaso por Carlos Slim, desconfió del argumento. La razón era sencilla. El flujo, masivo se podría decir, de divisas provenientes de los ingresos por petróleo y remesas de Estados Unidos (léase: los efectos de la guerra de Irak y de la creciente emigración provocada por el desempleo interno en México), que superan proporcionalmente a los de finales de los 70, no se han traducido en inversiones y desarrollo de infraestructura básica. Por el contrario, los ingresos se han fragmentado en contrataciones hormiga, subvención elefantiásica de los medios de comunicación y facilitación indiscriminada (y frecuentemente onerosa) de las inversiones y las importaciones extranjeras. ƑQuién podría asegurar que un aumento de impuestos no correría con la misma suerte?

Además, el gobierno no había realizado su tarea fiscal. En los tres años iniciales de su gestión no hubo un solo juicio esencial por evasión de impuestos, la laxitud ha dominado a la Secretaría de Hacienda y se desalentó sistemáticamente toda política de recaudación rigurosa. La respuesta de la oposición al gobierno fue sencilla y, en parte, razonable: pónganse a trabajar, es decir, a recaudar. Sin el aumento del IVA, a la administración no le queda más que disciplinar su burocracia hacendaria.

La división entre los empresarios trajo consigo una escisión más profunda: la partición de las filas del PRI. La confrontación entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo fue una disputa entre caciques corporativos, pero una disputa que tuvo lugar en el marco de un partido que busca las reglas de su propio orden. Hasta ahora, la confección aleatoria de estas reglas ha propiciado la emergencia de un tipo de liderazgo que apunta a convertirse en uno de los mayores retos o peligros del incipiente proceso de democratización que se inició en 2000. El disipado carácter que adoptó el giro democrático en América Latina desde los 80 ha producido figuras, entre grotescas y siniestras, que han acabado por deformar la reforma hasta volverla irreconocible: Chávez en Venuezuela, Fujimori en Perú, Collor de Melo en Brasil, De la Rúa en Argentina, por mencionar algunos, son el resultado de ese fondo clientelar y corporativo que sigue dominando los tejidos esenciales de nuestras sociedades. Roberto Madrazo es su equivalente más cercano en México. A lo largo de la contienda fiscal el PRI demostró que sólo conoce un principio de unidad: el clientelismo autoritario. En su primera contienda nacional, el neocaciquismo de Madrazo salió absolutamente airoso: traicionó a Fox, a Elba Esther y a esa rídicula inocencia que representa la fracción parlamentaria del PRD. En las elecciones de Colima, cercadas por las amenazas de muerte a magistrados y un abrumador fraude electoral, revolotean los vientos del poder clientelar. ƑQuién lo detendrá?

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