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México D.F. Sábado 17 de enero de 2004

Octavio Rodríguez Araujo

Tlalnepantla, de errores a errores

Hay un error de base entre los grupos inconformes con el "triunfo" electoral de Elías Osorio Torres en el municipio morelense de Tlalnepantla, pero mucho más grave y de mayor alcance ha sido el error del gobernador Sergio Estrada Cajigal en su "solución" del conflicto.

El error de base de los inconformes fue haber pensado que en la pasada elección ganaría su candidato, Conrado Pacheco, inscrito como tal por el Partido Fuerza Ciudadana, y no acudir a votar. ƑCómo pensaban que iba a ganar Pacheco si no votaban? Cierto es que la tradición de Tlalnepantla era elegir de manera directa a sus representantes, mismos que eran registrados como candidatos por el Partido Revolucionario Institucional. Muchos pueblos del país, sobre todo de Chiapas y Oaxaca, han hecho lo mismo durante varias décadas. Era una simulación aceptada por todos, es decir, una forma de respetar los usos y costumbres de los pueblos y al mismo tiempo seguir las normas de la ley electoral, que exige registrar candidatos sólo mediante partidos legalmente constituidos.

Al no acudir a votar, los partidarios de Pacheco perdieron, independientemente de que el PRI y Osorio hayan hecho trampas en la elección. Los opositores a Osorio, quien ciertamente tiene muy mala fama en su municipio, han aceptado en su página de Internet (http://www.geocities.com/conflicto_tlalnepantla/) que se confiaron y que, por lo mismo, no acudieron a las urnas. Fue un error que trataron de enmendar impidiendo a Osorio que tomara posesión como presidente municipal.

Aun así, los inconformes con los resultados electorales intentaron dialogar con las autoridades y con los representantes del Legislativo estatal. Optaron por un concejo municipal provisional que llamaría a nuevas elecciones, extraordinarias. El gobierno estatal no aceptó esta opción. Y aquí vienen los errores de Estrada Cajigal.

El gobernador de la entidad tuvo la oportunidad de ser fiel a los principios de su partido, que anteponen el diálogo y la negociación al uso de la violencia y la represión. No sólo no lo hizo, sino que, además, inventó que en el pueblo de Tlalnepantla había un campamento de entrenamiento de guerrilleros y que los opositores de Osorio estaban armados. El resultado de sus acciones represivas ha sido un saldo rojo, con muertos y heridos, en tanto que el titular de Seguridad Pública de Morelos ha declarado que su personal no tiene conocimiento de ningún campo de entrenamiento en la cabecera municipal ni en los alrededores (Véase La Jornada Morelos, 16/01/04).

Las acciones del gobernador han sido mal aconsejadas; han lastimado al pueblo de Tlalnepantla, con el agravante de que hay muertos; han dado muestras de impericia y, finalmente, no resolvieron nada, pues es obvio que Osorio no podrá gobernar pacíficamente el municipio. Algo que pudo resolver mediante negociaciones se ha convertido en foco de efervescencia que no se apagará fácilmente.

Si el pueblo de Tlalnepantla cometió el pecado de ingenuidad, que es un pecado venial, el gobernador ha cometido un pecado mortal por el cual deberá ser enjuiciado políticamente, como ya es clamor popular.

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