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México D.F. Sábado 17 de enero de 2004

Iián Semo

Identidades posnacionales

Es costumbre llamar migrantes a quienes deciden cruzar la frontera con Estados Unidos en busca de trabajo y mejor salario. Tal vez sea uno de esos términos que nos permiten pasar por la vida de manera desafectada. El verbo migrar es ambiguo. La mayoría de los 400 mil mexicanos que se desplazan al norte cada año no migran: emigran. Quien empaca su desconsuelo, su pobreza y sus ilusiones, emprende un viaje probablemente sin retorno. Pasarán años, muchos años, inclusive décadas, antes de conseguir la tan ansiada green card. Algunos la obtendrán. Otros se convertirán en seres-fantasma, ilegales.

Sin green card regresar a México, así sea sólo para las posadas, implicaría tener que cruzar una vez más esa línea de fuego llamada frontera. "Ni locos", se diría en correcto chicano. Para el migrante, que no tiene más remedio que volverse emigrante, la "línea", ese escueto punto de cruce por donde van y vienen al otro lado los ciudadanos fronterizos de México, se torna una ilusión tan inabarcable como acaso lo fue alguna vez el océano Atlántico para los emigrantes europeos.

Como ilegal, en Estados Unidos, la vida vale poco (se infiere que vale más que como legal en México, de lo contrario no estarían ahí). Los salarios son dos o tres veces menores que los que perciben los trabajadores legales. El término prestaciones es inimaginable. Y los días y los años transcurren en un mundo aparte, una suerte de estado de excepción permanente, vaciado de derechos laborales y civiles.

La sociedad posindustrial se las ha arreglado para de-ciclar una parte sustancial de los productores de su riqueza -Ƒqué otra cosa son los trabajadores mexicanos en Texas o California?- a una condición similar a la que padecían los primeros asalariados modernos en el siglo XVIII, antes de la promulgación de la Constitución estadunidense o de la Revolución Francesa. Como si nada hubiera pasado, ni las luchas sociales, ni las debacles políticas, ni una memoria mínima de humanidad en los pasados 200 años. Con ello ha logrado contar con una franja de asalariados que, por ejemplo, aseguran la competitividad de sus productos agrícolas. Se dice, no sin razón, que el gobierno de Washington subvenciona la producción agrícola nacional. Pero casi nunca se recuerda que la mayor subvención de los agricultores de California proviene de los excedentes que resultan de los tristes salarios que perciben los piscadores de la fresa o los recolectores de jitomates.

Con el paso del tiempo los trabajadores mexicanos, los legales y los ilegales, han erigido comunidades a lo largo y ancho de Estados Unidos. Viven en las grandes ciudades o lejos de ellas, en un mundo regido por su propio lenguaje (el chicano no es una versión o un dialecto del español: es una lengua distinta, dotada de su propia gramática, vocabulario y, gradualmente, de una literatura como cualquier otra lengua), por una cultura singular, redes autónomas de resistencia, solidaridad y sobrevivencia, instituciones informales, escuelas, iglesias y organismos políticos. Un mundo al que la sociología describe a veces como "minoría" y el lenguaje conservador como "grupo étnico". En realidad se trata de la emergencia de una identidad inédita, ambigua e insólita, que no es (del todo) estadunidense ni (del todo) mexicana: a falta de otros términos más precisos, una identidad, por decirlo de alguna manera, posnacional, que se ha ganado el derecho de contar con sus propios derechos en ambos lados de la frontera. Una identidad-comunidad que, en Estados Unidos, ha garantizado -y sigue garantizando- la reproducción de los trabajos más arduos. Y para México significa, entre muchas otras cosas, la primera fuente de ingresos externos. Insisto: la primera. El petróleo reporta tal vez mayores ingresos, pero su extracción, tratamiento y comercialización requieren cuantiosas importaciones. En saldos netos, las remesas aportan más a la balanza de divisas, bastante más.

La nueva ley de inmigración enviada por George W. Bush al Congreso es, obviamente, algo más que charlatanería electoral. Como todas las leyes anteriores, descarga su ejecución en los empresarios. Esa es la parte de la charlatanería. Jamás ha funcionado. Si los empleadores legalizaran a los ilegales, tendrían que aumentar sus salarios, proveer prestaciones y enfrentar sus derechos. Por esto la única ley que podría efectivamente reparar historias y derechos de los mexicanos en Estados Unidos es el derecho a la amnistía otorgado por el Estado, sin la mediación de quienes los emplean.

Lo desgarrador es el espectáculo escenificado no sólo por Vicente Fox, sino ahora por buena parte de la sociedad política mexicana, que se alinea a las necesidades y necedades electorales de los republicanos. El PRI ejerció durante décadas una política de desdén, indiferencia y demagogia nacionalista hacia los migrantes. Vicente Fox está a punto de convertirla en una ejercicio de la agresión contra los derechos que ambas sociedades les adeudan

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