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México D.F. Jueves 22 de enero de 2004

Adolfo Sánchez Rebolledo

Sindicatos, lamentable historia

Hubo un tiempo en que democratizar los sindicatos y las organizaciones sociales parecía la única vía para liberar a México del peso inerte del corporativismo, es de-cir, para romper los candados que impedían a los mexicanos vivir en libertad conforme a los principios consagrados por la Constitución. No fue así: las grandes corrientes sindicales democráticas comprobaron en carne propia que el charrismo no era un calificativo inocuo y padecieron despidos, represión y, al cabo, la paulatina pérdida de influencia en la vida pública de fines de siglo. Los sindicatos, con las excepciones de rigor, mantuvieron el mismo rostro, la misma función de servir como correas de transmisión entre el poder y las empresas que los padecían, pero algo muy profundo había cambiado.

La crisis, extendida más allá de la década perdida, acabó con el poder adquisitivo, el empleo y redujo como nunca la tasa de sindicalización, pero la modernización, con su apuesta a los servicios y al gran capital, a la privatización y a la flexibilidad de la mano de obra destruyó un sinfín de pequeñas empresas, puso fin a la dispersión en las que descansaba la fuerza de "la clase obrera organizada", pero no canceló el corporativismo, que aún sigue presidido por una gerontocracia lamentable. Al contrario, proliferaron los contratos de protección como garantía para los volátiles capitales de la maquila y el sindicalismo siguió perdiendo fuerza real. Los políticos de la modernización se olvidaron del empleo, es decir, de cualquier asomo de política industrial pensando en el mercado interno y echaron toda la leña al asador de las exportaciones con la colaboración patriótica de la burocracia sindical.

Con la llegada de la competencia electoral, sobre todo a partir de la ruptura de 1988, los obreros hallaron en las urnas una ruta de escape y dejaron de votar masivamente por los candidatos oficiales, muchas veces sus propios líderes, pero el sindicalismo oficial, a pesar de todo y en general, se mantuvo gracias al contubernio con el gobierno en turno, aunque las reformas que estaban en curso comenzaron a minar irremediablemente las fuentes de su antiguo poder. Sin embargo, la democracia se quedó al pie de fábrica o del sindicato, que para el caso es lo mismo.

Leonardo Rodríguez Alcaine es impresentable, pero mientras siga dominando con mano dura al sindicato de la Comisión Federal de Electricidad (con el respaldo de la autoridad, claro está) sus servicios serán bien considerados por un gobierno que ha hecho de la reforma del sector eléctrico el corazón de su política. Por eso, tal vez, el presidente Fox le dedica minutos de su valioso tiempo para compartir familiarmente el pan y la sal en la casa del líder.

Vicente Fox se comía al mundo cuando era un simple candidato, pero una vez en la Presidencia no se distingue en nada de sus antecesores priístas en todo lo referente a las relaciones con el mundo del trabajo, seguro como está de que su secretario Abascal sabrá hacer honor a los viejos acuerdos establecidos con Fidel Velázquez para impulsar la "nueva cultura laboral", cuyos frutos ya se vislumbran.

La dirigencia cetemista va a Los Pinos a dar gracias, como van los fieles católicos a La Villa. No hablan por sus pobres representados, sino por ellos mismos o por los intereses que los apoyan. Ni una palabra sobre la crisis planteada por el anuncio de decenas de miles de despidos de la administración federal. Ni una sola reflexión sobre los problemas capitales planteados al trasluz del debate fiscal. Nada que decir sobre las políticas económicas del régimen. A lo sumo, acopiando valor y energía el señor Netzahualcóyotl de la Vega inflamó la voz para proclamar: "El presidente Fox habló de los esfuerzos que está haciendo su gobierno para avanzar en la generación de empleo. Sin embargo -dijo- reiteramos nuestra preocupación por el embate que sufre la industria nacional por el crecimiento de la piratería", según nota de La Jornada.

El punto era, a fin de cuentas, anunciar al Presidente que Víctor Flores, inveterado líder de los ferrocarrileros (o de lo que quede de ellos) será el próximo presidente del Congreso del Trabajo (CT), esa institución que en sus orígenes quería ser una especie de parlamento obrero donde la pluralidad de voces pudiera escucharse y hoy no pasa de ser un fantasma al servicio de sí mismo.

Pero el gran detalle corrió por cuenta del líder sucesorio del sindicato minero al decir: "Nos oponemos a que por intereses particulares o de grupo el CT acepte todo lo que le propone la iniciativa privada y la autoridad laboral. šQué lástima que ante un gobierno pro empresarial, este organismo, sector obrero del PRI, acepte todo, aun cuando sean imposiciones negativas para la clase obrera!" Entonces, Ƒalguien podría explicarnos qué hace ahí?

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