Evolución de las ballenas y su
conservación a largo plazo

Luis Medrano González

Facultad de Ciencias UNAM

Correo electrónico: lmg@fciencias.unam.mx


Nor has this thy whale sunwards turned his dying head, and then gone round again, without a lesson to me.

Tampoco esta ballena tuya ha vuelto hacia el sol su cabeza moribunda y

luego la ha vuelto otra vez, sin dejarme una lección.

Melville, 1851.

Varias especies de ballenas fueron casi exterminadas durante los siglos XIX y XX. Como fruto de esa masacre, ahora en ellas se centra mucha de la preocupación mundial por conservar la naturaleza. Proteger a ultranza a las ballenas y hermanarse con ellas cumplen estándares de la decencia moderna cuyo sustento es en parte recocido de las ideas de superioridad racial que causaron la infelicidad y muerte de millones de personas.

 
La cauda de una ballena gris
 
Sobra tratar de los variados negocios que ahora explotan a las ballenas como símbolos que causan más angustias, simpatías y ganancias que los millones de seres humanos que mueren a diario de hambre, enfermedades y variadas formas de genocidio.

ƑNo es acaso evidente que los humanos no podremos ser justos con la naturaleza mientras no seamos justos con nosotros mismos?

La opción de regresar a la naturaleza podría realizarse si es en cuatro patas, pero eso tomaría varios cientos de miles de años si nos atreviéramos a renunciar a la civilización.

Una solución a nuestros problemas con el ambiente más bien reclama la creación humana que más ha alterado nuestro planeta: la ciencia. La naturaleza solamente puede conservarse con una perspectiva humanista y científica como la única solución al antagonismo cultura-naturaleza impuesto en la sociedad actual.

ƑCómo se puede conservar la naturaleza si ésta y nuestra relación con ella cambian contínuamente? Exactamente, Ƒqué es conservar?, porque cualquier acción sobre el ambiente es por sí misma una transformación cuyos resultados no pueden ser por completo predecibles y controlables.

Notemos que la naturaleza que buscamos proteger es la biósfera y que ésta es el producto de la evolución de la vida sobre la Tierra durante más de 4 mil millones de años. Esto significa que los humanos debemos minimizar nuestros efectos en la evolución biológica y que la conservación debe tener una perspectiva más amplia y de mayor plazo que el rescate inmediato de las especies y los ecosistemas. Por eso, además de humanista y científica, una conservación justa y efectiva debe ser evolucionista. Mucho de lo que sabemos de la evolución proviene del registro fósil y más recientemente del análisis del DNA y para tratarla, lo mejor es entrar a la materia de nuestro interés, las ballenas. Pero antes recordemos que el ácido desoxirribonucleico (abreviado DNA por convención internacional) es la molécula que contiene la información genética que heredan los padres a sus hijos. La información que se obtiene con su análisis se utiliza para determinar relaciones de similitud, parentesco, genealogía y filogenia entre los organismos.

Los cetáceos se originaron hace aproximadamente 55 millones de años en los márgenes del mar de Tethys cuyos remanentes son los mares Mediterráneo, Negro, Caspio y Aral. Los cetáceos fósiles más antiguos se han hallado en Paquistán y la India y se asocian a climas cálidos y semisecos parecidos a los de las riberas del Nilo. Los primeros cetáceos eran anfibios y vivían en ríos de modo muy parecido a los hipopótamos. De hecho, los cetáceos y los hipopótamos están cercanamente relacionados. Los primeros cetáceos se adaptaron a vivir en el océano y se dispersaron por todos los mares tropicales.

Hace como 35 millones de años, al iniciar el Oligoceno, nuestro planeta entró en un periodo de glaciaciones con las que se extinguió la mayoría de los cetáceos arcaicos. Algunos de estos cetáceos pudieron adaptarse a vivir en aguas frías y de ellos descienden los cetáceos modernos. En el Oligoceno, la Antártica se separó de los demás continentes y se movió al polo sur formando el Océano Austral que circunda todo el planeta con una procelosa corriente, en dirección Este, acompañada de fuertes vientos y de una gran productividad en la vecindad de los continentes.

La aparición de grandes masas de zooplancton durante el Oligoceno en el hemisferio sur hizo que algunos cetáceos se especializaran en alimentarse de krill. Al desplazarse al sur, esta productividad con la deriva de la Antártica, estos cetáceos tuvieron que dividir sus actividades en un ciclo anual en el que durante el verano se alimentan en zonas de altas latitudes y alta productividad, y durante el invierno migran o se dispersan en zonas más cálidas en las que se aparean y paren a sus crías. Éste es el origen de las ballenas y de su ciclo migratorio y los primeros fósiles de estos animales se remontan a 25 millones de años.

La evolución de las ballenas tuvo que ver con la especialización a distintas dietas y formas de alimentarse. Las ballenas francas (familias Balaenidae y Neobalaenidae) parecen descender de los etiocétidos y se alimentan nadando con la boca abierta sobre la superficie del agua y filtrando las presas que encuentran.

Los rorcuales (familia Balaenopteridae) embisten a sus presas y las engullen llenando su garganta con agua que luego desalojan con la lengua. Los rorcuales se originaron de los cetotéridos durante el Mioceno hace como 15 millones de años. La ballena gris (familia Eschrichtiidae) puede alimentarse de distintas formas pero es más común que capture su alimento filtrándolo del fango del fondo marino. El registro fósil de la ballena gris apenas se remonta a fines del Pleistoceno pero diversos análisis de DNA indican que ésta es una especie que se originó de los rorcuales entre el Mioceno y el Pleistoceno.

Las ballenas son utilizadas por los humanos desde hace miles de años y existen registros de cacería sistemática de varios siglos en diversos sitios del mundo. La cacería de ballenas tenía originalmente fines de subsistencia o de un comercio local. Despues de la revolución industrial, la cacería, especialmente cachalotes, ballenas francas y grises, se convirtió en una industria que significó en parte considerable la expansión del capitalismo en el mundo.

La invención del arpón disparado por un cañón y del buque de vapor a fines del siglo XIX permitieron la cacería de los rorcuales y de operaciones balleneras alrededor de la Antártica con lo cual decenas de miles de ballenas se mataron cada año hasta casi extinguirlas ya entrada la segunda mitad del siglo XX.

 
Madre e hijo
 
La Comisión Ballenera Internacional se formó en 1946 para regular la cacería de los grandes cetáceos, investigarlos y promover su conservación. Poco a poco se detuvo la caza comercial de estos animales y a partir de 1983 existe una moratoria para este tipo de captura. Como resultado, algunas especies de ballenas, como la gris y la jorobada, incrementan su abundancia pero otras, como las ballenas francas y la azul, no muestran señales de recuperación.

Este problema de conservación radica justamente en la biología evolutiva. Es crucial conocer cómo las poblaciones de ballenas han sido afectadas por la cacería intensiva, cuál es hoy el estado de su hábitat y cómo la interacción actual con diversas actividades humanas en el mar permite o limita la ocupación de zonas de distribución original y el crecimiento de las poblaciones.

El papel de México en la conservación de las ballenas es importante en dos aspectos. Primero, nuestro país tiene una tradición conservacionista que ahora se ha reforzado con la declaración de la zona económica exclusiva como santuario ballenero. Debe cuidarse que, siendo esta declaración importante en el ámbito internacional, ésta no se convierta en mera demagogia al no promover en México la investigación de las ballenas y los ecosistemas marinos y al descuidar el control de actividades humanas como la pesca, el desecho de residuos domésticos e industriales, el desarrollo urbano y el turismo irresponsable.

En segundo lugar, el Pacífico mexicano es una zona importante para la reproducción y la alimentación, en algunos casos, de ocho de las 11 especies de ballenas que hay en el mundo. En esta zona se congregan miles de ballenas provenientes de distintas regiones del Océano Pacífico.

Tal vez aun más importante es el hecho de que el Pacífico mexicano es zona en la que han ocurrido y ocurren procesos de dispersión y diferenciación poblacional de las ballenas que definen su potencial evolutivo. Por ejemplo, las ballenas jorobadas de los hemisferios norte y sur se han mezclado durante las glaciaciones a través de la costa pacífica de América entre las zonas de reproducción de Colombia y del Pacífico mexicano. Esta mezcla mantiene a las ballenas jorobadas como ballenas jorobadas; esto es, como una unidad evolutiva en todo el mundo que requiere estrategias de conservación a largo plazo.

En contraste, luego de la última glaciación que concluyó hace 10 mil años, en el Pacífico mexicano se han diferenciado una subpoblación costera de ballenas jorobadas y una subpoblación de las islas Revillagigedo, cuyas zonas de alimentación aún se desconocen. Ambas subpoblaciones representan dos unidades de manejo diferentes para fines de conservación a corto plazo.

Solamente las ballenas gris y de Minke se cazan actualmente en pequeños números para subsistencia de grupos aborígenes y para investigación. Pero para todas las especies de ballenas existen varios problemas de mortalidad por enmallamiento en artes de pesca y colisiones con barcos así como efectos poblacionales diversos por perturbación acústica y otras formas de acoso entre las cuales se encuentran actividades industriales, militares, de investigación y el turismo.

Otros problemas de conservación derivan de la degradación del hábitat por contaminación química y desarrollo urbano y de la competencia con los humanos y otros mamíferos marinos por alimento.

El cambio climático tiene efectos muy diversos en las ballenas y en su hábitat. Considerado por las Naciones Unidas el principal problema ambiental global (no necesariamente el problema más importante en escala regional), dicho cambio puede alterar toda la biosfera y con ello la evolución de los seres vivos. Podemos intuir cuál es la lección de la que trata Melville en el epígrafe y podemos cifrarla también de la literatura inglesa: No preguntes por quién doblan las campanas.