Jornada Semanal, domingo 22 de febrero de 2004        núm. 468

ELOGIOS QUE MATAN

En la Feria del Libro de Guadalajara me encontré con un escritor tan convencido de su importancia suprema y de la extrema agudeza de sus ironías y sarcasmos que pontificaba a diestra y siniestra, consagraba o condenaba, ungía o degradaba, perdonaba o descalificaba con un gesto tajante y con una ironía de rinoceronte con faja y sostén. Lo escuchamos con paciencia y, de repente y sin que mediara acuerdo alguno, lo sujetamos a ese implacable sacrificio yucateco conocido con el nombre de cultivo, que es un poco más cruel que un empujón en el borde del cenote sagrado de Chichén Itzá. Uno de los vengadores, de origen maya por cierto, alabó el fino sentido de humor del rinoceronte de marras, repitió uno de sus sarcasmos y fingió un ataque de risa que lo puso al filo de la apoplejía. Otro lamentó que el humorismo, muerto Ibargüengoitia, anduviera tan de capa caída. "Lo único que nos salva es tu humor y tu voluntad de provocación y de enfrentamiento con la cultura del sistema", sentenció mientras palmeaba la espalda del "cultivado". Muchas cosas se dijeron: "líder de la contracultura", "espíritu chocarrero de las letras", "lengua ágil y saliva disolvente", "veraz e insobornable", "caudillo de la antisolemnidad..." El cultivado gozaba cada nuevo epíteto y lo agradecía con risotadas y paquidérmicos chistoretes. Para que el cultivo rinda todos sus frutos es necesario que dure varios días y que se reclute un buen número de cultivadores. Así se hizo y el humorista vivió días de gloria. Lo detenían en la calle y lo felicitaban por sus artículos demoledores; unas señoras le pidieron un autógrafo y dieron grititos y brincos de júbilo mientras lo rodeaban y lo tocaban como a un divo pop; en varios programas de radio se alabó su ingenio y fue llamado el Wilde de Coyoacán; le organizaron varias conferencias sobre el tema que le viniera en gana, pero le sugirieron que hablara sobre su visión irónica y demoledora de nuestro país. "Esta ciudad no te merece", le dijo un funcionario; "acaba con tanta superchería", le recomendó el dueño de un antro contracultural.

El cultivado comentó en su casa lo que estaba sucediendo y tanto su obtusa consorte como los hijos que tenían sobre su padre la opinión que debían tener, no entendían nada y prefirieron no meterse en líos. El buen hombre peleaba con su ingenio para preparar la conferencia consagratoria y seguía recibiendo homenajes tan excesivos que, en algún momento, se le prendió en la sesera una muy pronto apagada chispa de sospecha. Me lo encontré resplandeciente y lleno de energía, en un café frecuentado por intelectuales, pero no fui capaz de decirle nada. Esa mañana lo habían comparado en una columna de chismorreo social con Rabelais, Swift y Bierce. Ya era suficiente para ese día, aunque en eso del elogio excesivo no hay mucha medida. Recuerdo que, hace unos meses, un poeta local fue colocado junto a Sor Juana y López Velarde en la lista de los tres grandes de México. El elogiado aceptó sin chistar y ni retó a duelo ni le mentó la madre al autor de tan peregrina lista. Item más: el día de la entrega de los Premios Nacionales el presidente Fox aseguró que uno de los premiados formaba parte de los diecisiete (sí, diecisiete) sabios más grandes del mundo en los tiempos actuales. Me pregunto quienes serán los otros dieciséis. Vale la pena hacer una encuesta para desentrañar la afirmación sibilina de ese experto en sabidurías que es nuestro primer mandatario.

En esas cosas de la importancia, fama y prestigio, hay ejemplos muy curiosos. Algunos de mis jurásicos lectores y, por lo mismo, mis contemporáneos, recordarán a aquel señor gordo, vestido a la Churchill que era presidente de todo en los cuarenta. Presidía la Academia de la Lengua aunque era casi ágrafo, dirigía la Cruz Roja y toda clase de clubes y de asociaciones. Novo contaba que el importante y robusto personaje hizo un viaje a Roma para ver al Papa y traerse algunos kilos de indulgencias plenarias. Llegó a la capital del nuevo imperio el día en el cual Mussolini recibía a Hitler (recuerde el lector Una giornata particolare, la gran película de Scola). Al terminar la impresionante parada militar y los abundantes discursos, Hitler y el Duce se quedaron un rato en un balcón del Palazzo Venezia. Desde ahí se veía un fragmento de los jardines del Vaticano. Fue entonces cuando Hitler preguntó a su anfitrión señalando el jardín: ¿Quién es ese viejito alto, vestido de blanco que anda paseando con Alejandro Quijano?

La conferencia del cultivado fue un chubasco de chistes hechos, lugares comunes y tonterías retóricas. El final del cultivo fue verdaderamente feroz, pues no sólo no le aplaudieron sino que le chiflaron y lo pendejearon hasta la ignominia. No sé lo que pasó después, pero todavía, de vez en cuando, leo sus artículos, ahora serios y profundos, en algunas revistas culturales.
 

HUGO GUTIÉRREZ VEGA