La Jornada Semanal,   domingo 22 de febrero  de 2004        núm. 468
Sueños rotos

Jesús Ramírez Cuevas

Ilustración de Maries MendiolaMiguel Ángel alzó los brazos, desplegó sus majestuosas alas, las agitó con fuerza y caminó hacia la orilla del tejado. Con un pequeño impulso se lanzó al vacío dando un abrazo al viento. Enderezó el vuelo con destreza y en un segundo fue engullido por la oscuridad.

Surcó libre un mar oscuro de misterios, el aire acarició su rostro con la suavidad de una flor, su cuerpo navegaba suspendido con plácida felicidad. Él se dejaba ir como un barco a la deriva en medio de la nada. Al virar, un cambio de viento se agitó debajo suyo. Sintió un escalofrío en las profundidades de su existencia, sus carnes temblaron. Con el estremecimiento empezó a perder altura y se hundió en la agitada negrura. Su navío cayó en un pozo oscuro que parecía no tener fin, se derrumbaba hacia ninguna parte. Sintió miedo, un miedo negro y espeso. Se hallaba perdido en la inmensidad de un mar de sueños rotos y agitados.

El corazón amenazaba con salirse de su pecho cuando se despertó.

Abrió los ojos y se dio cuenta que había caído en un cuarto helado y deshabitado. Notó su cuerpo frío, inanimado, como un cadáver a la espera del último viaje. El frío se hizo más cruel cuando intentó mover las piernas y su cuerpo gritó como si le clavaran agujas en la piel. Él apenas abrió la boca sin decir una palabra, apenas un aire gélido que le dejó perplejo. El dolor y el frío lo hicieron temblar por dentro. Su corazón volvió a palpitar con el estrépito de una cascada, en cada latido se agolpaba un sentimiento de ausencia, de pérdida. Entre escalofríos, fríos y abandonos, salió así del letargo de una noche de esperanzas perdidas.

Escuchó las ráfagas del viento soplar por la ventana con un sonido lastimero y triste. Intentó acomodarse de nuevo y regresar a su placentero viaje, pero la aspereza del lecho y el clima invernal lo hicieron desistir.

–Maldita sea –masculló Miguel, adormilado todavía. Antes de proferir alguna otra palabra, percibió un agrio olor a tabaco y alcohol.

Con dificultad levantó la cabeza y un dolor triste asomó en su vientre recordándole que no era un sueño. En esa brumosa soledad, se sintió más solo. Se quedó un rato viendo el techo sin mirar nada. Intentó recordar quién era, que hacía ahí tirado como un mueble hecho pedazos.

Se incorporó y quedó sentado sobre el colchón manchado y raído. Se miro la ropa y los zapatos polvosos que traía puestos. Miró a su alrededor, recorrió con la vista aquel paisaje abandonado, las paredes descascaradas, el suelo sucio poblado de periódicos arrugados y dispersos, cajetillas de cigarros aplastadas, latas de refresco quemadas y envases de licor vacíos. No había nada más, ni un mueble, ni siquiera una silla. Sólo el desvencijado colchón y la basura que lo rodeaba.

–Nooo mames... ¿qué me pasó? ¿Qué hago aquí? –dijo en voz alta para escucharse a sí mismo y romper la desolación que lo envolvía. Se llevó la mano a su pelo azabache y escuchó el interminable y lejano tañido de una campana taladrando su cabeza. El malestar lo hizo levantarse del todo y se dirigió al baño para descargar las ansias que devoraban su cuerpo.

Se miró en el espejo estrellado, una imagen taciturna y rota que lo devolvió a la realidad.

Recorrió de nuevo la habitación vacía y recordó a su mujer y a su hija, que lo habían abandonado hacía tiempo. Con el rostro desencajado, evocó los tiempos en que vivía en familia, cuando el lugar estaba poblado de voces y sonrisas. Le vino a la memoria el modo en que lo había perdido todo: a sus seres queridos, los momentos cálidos de la compañía, su ropa. Recordó los cuadros que colgaron un tiempo en las paredes, los muebles que poblaron lo que fue un hogar. 

–Qué tonto he sido –pensó. Todo lo había perdido por esa tonta vanidad de sentirse bien, por aquella pasión inconsciente de perderse con ella, su verdadero amor en el último año, su única compañera. Ahora toda su vida giraba en torno a ella; trabajaba y se desvivía por ella; y ella, ingrata, apenas lo hacía feliz a ráfagas, instantes tras los cuales volvía a sentirse solo, ansioso, con ganas de volver a su regazo para perderse de nuevo en los paraísos artificiales de sus influjos.

No se dio cuenta en qué momento se enganchó a sus encantos que disfrutaba extasiado.

Rememoró el momento en que llegó a ella. Huyendo de las grandes mentiras del mundo, se había zambullido en otra, maravillosa y placentera mentira. Buscando la liberación que ella le dio al principio, el gozo infinito, pasó rápidamente al infierno de una absurda esclavitud de depender de ella, la misma que ahora gobernaba y mandaba en su vida como una tirana, como un Moloch insaciable que exigía un nuevo sacrificio en cada encuentro, la entrega de su vida toda. 

Apenas se abandonaba al placer de sentirla en su cuerpo y ya se sentía prisionero de la ansiedad. Encendía de nuevo su deseo y volvía a perderse en aquella sensualidad vacía.

Vivía para ella, sabía que no había forma de dejarla, cosa que por demás, no quería. Ella siempre estaba presente, siempre el ansia de tenerla, de poseerla y gozarla. Se volvió goloso y estar con ella era lo único que le importaba. Era un deseo irrefrenable que lo emborrachaba y sentía una angustia incontrolable cuando estaba sobrio.

–Ya llegará la hora de liberarse –se dijo–. Ya llegará –volvió a pronunciar.

Supo entonces que no podía evadirse más, que había llegado la hora de enfrentarse a ella y de alejarse para no verla nunca más. Para recuperar su vida tenía que ver las cosas como son, sin ninguna clase de autoengaño o de ilusión.

Tembló al volver al sentir un hueco en su interior. Tuvo el deseo de recuperar todo lo perdido. En ese instante decidió, como quien va al encuentro con su destino para dominarlo, desvelar toda la verdad de las cosas.

–Todo es una mentira, el mundo es una vil mentira –se volvió a decir. Mientras escuchaba el eco de sus palabras, se dio cuenta que había caído a un abismo que no tenía fin; que había dejado lo mejor de su vida por ella. En contrapartida, le ayudaba a olvidar el mundo, su atormentada niñez, el hambre crónica que padecía, la violenta sonrisa de su padre después de lastimar a su madre, la imposibilidad de sentirse feliz del todo.

Pero de tanto olvidar el mundo, el mundo se había olvidado de él por completo. Y sí, ahí estaba en medio de ese cuarto lóbrego sin nada y sin nadie.

El color del sol entró por la ventana, transparente y dorado. La calidez rompió el siniestro recuerdo de lo perdido, de los sueños rotos, del amor abandonado, de la vida arrostrada por una negación disfrazada de placer.

Tuvo ganas de disfrutar la mañana como se mira la yerba crecer que siempre reverdece y se marchita sin darse uno cuenta, sólo sucede; como se contempla el amanecer de un nuevo día y uno sabe que así es la vida, sin saber por qué ni cómo, pero que existe.

Una sonrisa escapó de sus labios y sus ojos brillaron de nuevo.

En ese momento supo que nunca más volvería a caer en las trampas de ella; o mejor dicho, que nunca más se consumiría en el abismo como si fuera aquella piedra quemada en una lata, cuyo humo trae consigo la alegría oscura que llena los corazones de sueños que se rompen en el espejo del alma.

Jesús Ramírez Cuevas, México; narrador y periodista, actualmente labora en el suplemento Masiosare, de La Jornada.