|
bajo el imperio del zar Azar y su corte de concomitancias fortuitas Jorge Castro
Desde la perspectiva que le da la cúspide, Carmela observa con disgusto la calvicie precoz que corona a su acompañante y en la que nunca antes reparó. Desde su asiento, él la mira eclipsado por su radiante rostro que cubre a un sol crepuscular. Como cualquier zángano sólo piensa en casarse y en las delicias de la luna de miel. El muchacho disfruta la linda cabellera de su chica que ondea en el aire del atardecer como una parvada de golondrinas rubicundas o un enjambre de abejas. Parece que la mujer va sobre las nubes, envuelta en un sueño de pieles de armiño inmaculado o de algodón y almíbar. Empalagado con tanta frivolidad, Felipe baja a "su alteza" de la fantasía etérea en la que respira, jalándola del cinturón del vestido como a un globo de feria. La sienta de golpe en una realidad más ergonómica, la rígida butaca del auto que tanto la incomoda. Eres un insecto, le grita Carmela, envenenándole la sangre a su amante. Él jala con fuerza el cintillo de seguridad del copiloto y lo coloca sobre el generoso pecho de su novia del mismo modo en que se ciñe la banda a una reina de belleza. Acelera y se desliza a gran velocidad sobre la cinta asfáltica. No quiere llegar tarde a la ceremonia en la que Carmen cortará el listón inaugural de la feria. Felipe viene distraído, pensando en el lazo de matrimonio y en el atado de flores que portará su futura esposa. Por un momento fatídico, el hilo conductor de su conciencia se hace nudo con la maraña de sus demás pensamientos y el joven no logra esquivar el infortunado accidente. Lo más trágico es que ni siquiera se percata del siniestro y continua manejando, como si nada hubiera sucedido. Aquel rostro era muy bello para su especie, digno de una monarca. La abeja reina que se estrelló en el parabrisas del vehículo, lucía grandes ojos iridiscentes y una lengua larga y espigada. La faz de Carmen es igual de hermosa en su género y le debe gran parte de su tersura a un cosmético naturista producido con jalea real. Como es deseable en un ápido de su tipo, la cabeza era del mismo ancho que el tórax. Noventa, sesenta, noventa son las dimensiones de Carmen, su pecho mide lo mismo que sus caderas. Aún se alcanzan a apreciar las patas cortas y potentes, los gruesos y dilatados pelos y la cintura breve del regio insecto. La chica no tiene qué envidiarle, ella goza de unas piernas largas y bien torneadas. A diferencia de Carmen la abeja reina tenía un aura, era virgen y fue alcanzada por el parabrisas durante su vuelo nupcial. La esperaban miles de obreras y cientos de zánganos para inaugurar la nueva colmena. La bienvenida también debió ser tumultuaria y apoteósica igual que la de Aguascalientes. A causa del bochorno el rostro de Carmen se torna carmín. Mecida en sus aires de grandeza se da vuelo con el diario, a modo de abanico, hasta que lo hace zumbar como si se tratara de una colmena colmada de letras. Carmen posa sus ojos en el encabezado de la primera plana. "Apicultores hidrocálidos, cierran caminos en protesta por falta de apoyo del gobierno", reza el titular que corona al periódico. En paralelo, dan la misma noticia por la radio. Como un eco inesperado o un espejismo carretero común, observa su imagen impresa a todo color. "Entronizada Carmen Carmona, como la más mona. Lisa será la suplente y Gioconda el segundo lugar" se lee en el texto postrado al pie de foto de sus tres majestades. Ambas princesas observan a la ganadora y sonríen apenas de un modo enigmático. Felipe echa un vistazo al reloj y se percata del raudo aleteo de las manecillas. Una vez más, pisa la retícula de hexágonos del acelerador. Se engolosina con la velocidad y el vértigo mientras bordea un cerro. Visto a lo lejos, el compacto es como un abejorro volando en torno a un panal y el camino la estela de su órbita. El chamaco trae el ceño fruncido y no alcanza a advertir la nube de abejas que los persiguen con gestos fieros. Van tras las huellas de las llantas, atraídos quizá por el dibujo con forma de celdillas. Fieles a los patrones de su instinto los bichos también aceleran a fin de dar alcance a los agresores y rescatar el cuerpo inerte de su soberana para las grandilocuentes exequias. Una vez que sobrevuelan el coche atisban las dos cabezas a través del quemacocos abierto. Las nucas de ambos se reflejan, con toda su redondez, en cada uno de los ojos multifacéticos del multitudinario ejército de obreras. La ostensible calva de Felipe es su diana. A la mitad del camino se arrepienten. Han reparado en la belleza de Carmen, que es como una flor, y en su perfume irresistible. La conciencia del enjambre revolotea en el convencimiento de que aquella también es una reina. Su venganza será tan perfecta y dulce como el rostro deshecho de su soberana o el de su nuevo blanco. Las abejas entran por el quemacocos y se lanzan sobre su objetivo, la testa sin corona de Carmela. Ella viene pensando en su banda majestuosa y en el cinturón de seguridad que comienza a asfixiarla. Va con la mirada perdida en la larga cinta asfáltica y, más allá, en el listón inaugural de la feria. De manera abrupta, se rompe el frágil cordel de su pensamiento. Las abejas la picaron en la cabeza, una tras otra, como engarzadas por un filamento misterioso. Sólo un par de éstas le conceden indulto a la reina. Prefieren libar de una lata vacía de refresco que está sobre la consola. La huella carmesí que dejaron los labios de Carmen atrajo su atención como si se tratara de un capullo recién abierto. Nunca debimos salir de casa hoy, le dicen las abejas a su reina y Felipe a la suya, al unísono. No hay retorno, los destinos de ambas monárquicos y fatales ya están entrelazados de un modo indisoluble. La ponzoña de las abejas transita a toda velocidad por el sistema circulatorio de Carmen. Azuzado por el espanto, el muchacho pretende acelerar al parejo de los síntomas de envenenamiento y de la vertiginosa reacción alérgica. En su interior, la garganta de Carmela empieza a inflamarse y cerrarse. A la par, el cogote de Felipe se va bloqueando a causa de la angustia extrema. Sumido en la desesperación, intenta acelerar aún más. La carretera también comienza a congestionarse con todo y sus arterias aledañas. Un enjambre de autos se encamina hacia la feria concentrándose con rapidez. El mitin de apicultores entorpece el tránsito. Al mismo tiempo, el veneno continúa su dispersión sin obstáculos. La garganta de Carmen se obstruye cada vez más y el aire transita cada vez menos. El tráfico aumenta sobre el caño de la carretera y con éste se cierran las posibilidades de salvación. La saliva pasa con mayor dificultad por las gargantas de Felipe y su novia que están hechas un mismo nudo. De súbito, el veneno se desvía y cruza por un puente: el frágil cordón umbilical que la une al feto indefenso. El automóvil entra a un largo túnel, plagado de vehículos. No hay manera de escapar. El pescuezo de ella se inflama aún más por dentro, hasta que se bloquea del todo. La tráquea del túnel también se obstruye. Carmen no logra respirar y el coche no puede moverse. La criatura tampoco. Finalmente ambos corazones junto con el del auto se detienen por completo, al unísono, después de un último y casi ingrávido zumbido en el panal del radiador. Jorge Castro,
México; narrador.
|