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Nada
que ver
Luis
Tovar
Sale
del trabajo y no parece haber nada en especial que haga relevante el hecho,
se trata solamente de volver a casa con hambre, apurando el paso para llegar
a comer cualquier cosa lo antes posible, ya que a esas horas la sed y el
calor y nada en verdad fuera de lo común, como si lo sobresaliente
tuviera que ser a fuerzas una procesión de hormigas enormes deteniendo
el tránsito, una multitud de niños enloquecidos gritando
a coro, una estrella que a plenas dos de la tarde se viene abajo hecha
pedazos, un ángel de alas demasiado pequeñas que se desploma
o cosa parecida, como si el acto de caminar desde la salida del metro hacia
la esquina donde pasa el pesero para ir a casa, porque vaya que cala el
hambre, no tuviera nada de especial, ir viendo la calle pero esta vez no
como siempre, a la altura de los ojos todo el tiempo, la perspectiva que
va empequeñeciéndose sino de otra manera, mirando la calle
desde arriba o como si estuviera en otro sitio la cabeza que se hace grande
conforme sube cada uno de los escalones de la salida del metro, hasta que
llega al nivel de la banqueta y cambia de dirección, un viraje a
la izquierda al momento en que la mirada desde arriba cede un poco y desde
su nueva posición distingue la parte inferior de la calle que no
se pierde tan drásticamente como pudo haber pensado, en una sola
dirección y difuminándose a lo lejos, como de ordinario,
y en lugar de eso acepta el conjunto de objetos que observa al recorrer
la parte del trayecto que falta para llegar a la esquina de la calle para
tomar el camión para ir a casa para comer para resignarse a todo
eso pero al mismo tiempo hay un fragmento del camino ya recorrido, sucesivos
segmentos de banqueta que van quedándose atrás y con ellos
las puertas de casas y comercios, y todo se renueva conforme se acerca
la esquina de la calle, y la vista ya casi de regreso en el nivel que los
ojos acostumbran incluye completas ahora las paredes, fachadas verdes y
rojas y blancas y alguna que otra combinada, incluyendo al otro lado los
coches que no muestran el toldo en primer plano sino que lucen los costados,
una o dos portezuelas, molduras, ocupados únicamente por el conductor
o llenos de gente o con un solo acompañante o cualquier otra de
las posibilidades perceptibles en ese nivel de la vista que en su movimiento
roza el suelo y de súbito la punta de un zapato, luego la del otro,
de nuevo el primero, de nuevo el segundo porque la marcha no se detiene
y es preciso llegar a la esquina para esperar y luego subirse al pesero,
mientras el resto de la gente camina quizá en circunstancias parecidas
o quizá con menos hambre y por consiguiente menos prisa y mayor
atención a las calles medio cubiertas de basura y al coche que sale
de una calle perpendicular a la que conduce a la parada, que pasa rozando
apenas y el chofer grita un insulto pero hay que ignorarlo porque es preciso
ver a los demás que también caminan hacia el metro, hacia
la esquina, seguramente con su particular grado de hambre y de puntas de
zapato huyendo y de mirada que quiere mantenerse fija al frente, como si
mirando así la marcha fuera a acelerarse, como si el desdén
hacia lo que está detrás o lo que se queda a los lados ayudara
a emparejarse con los que caminan más aprisa, como si no importara
todo lo que se queda en las calles, principalmente del lado izquierdo,
al atravesar la última perpendicular abierta al tránsito
de vehículos que hay antes de llegar a la parada, sobre todo de
ese lado, donde la banqueta en la que camina dobla y se pierde en una enorme
explanada en la que cuatro niños aparecen de repente aunque eso
no sea más que una ilusión porque ya estaban allí
cuando se llega a la última calle antes de alcanzar a verlos de
pie cada uno frente a los otros, formando algo semejante a un Consejo y
diciéndose algo importante a juzgar por sus rostros que de momento
no sonríen y tienen toda la gravedad de un juego que quizá
no lo sea tanto y se trate de otra cosa porque el mayor de ellos habla
y gesticula, todos voltean a ver una llanta vieja tirada sobre el pavimento
que da la impresión de ser un perro echado durmiendo por el calor
tan fuerte, aunque no hay manera de saber si a los niños, al clan
que decide y se alista le parecerá exactamente un perro atarantado
por la intensidad de los rayos del sol que a esa hora provoca que todos
caminen muy aprisa, pensando al ver a unos niños que se dedican
a estudiar detenidamente algo que probablemente se imaginen como un perro
durmiendo que parece una llanta tirada, que tal vez eso forme parte del
juego quizá más importante que el hecho de caminar apresurado
por el hambre y el calor y las ganas de llegar a casa, en medio del apremio
y resistiendo la presión de seguir andando sin distracciones, girar
el cuello para dirigir una última mirada al clan que pareciera ser
lo único que no tiene nada que ver con tantas apuraciones y tanto
moverse y la prisa que se empecina en jalarlo hacia adelante y la mirada
que se escapa de nuevo hacia atrás, pensar por un instante que aquello
es una clave para finalmente poder, una especie de estrella que cae, de
procesión de hormigas enormes, un lunar o islote en el que surja
un deseo de permanecer, un deseo que tiene la forma de la necesidad, con
tanto calor y apuraciones y desesperarse y hambre; la necesidad de quedarse
pero no, es imposible, hay que volver la vista al frente porque la gente
empuja, se molesta y los niños también volverán a
casa o puede que todavía no y entonces sí pongan manos a
la obra, puede que el pesero pase pronto y no tenga que esperar demasiado
tiempo en la parada a la que por fin ha llegado.
Luis Tovar, México;
narrador y crítico de cine, autor de Amor que crece torcido
y Cinexcusas, cine mexicano 1999-2003. |