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J. M. Servín
Bill tenía tiempo vigilando los pasos de Eddie hasta que se aseguró que todos los viernes, sin falta, iba a bailar salsa a un club de Manhattan, en el Harlem. Poco antes de la medianoche, a pie, fue hasta el domicilio de Eddie al final de Alexander Avenue, en el Bronx, al norte. Subió la capucha de su chamarra y se instaló unas gafas oscuras. Parecía llevar incrustadas dos cuencas vacías balanceándose con su paso apresurado. A la entrada del domicilio de Eddie, arrojó una molotov. El proyectil rompió una de las ventanas del sótano. Fue un ruido sin eco, como muchos otros que intermitentemente advertían de alguien rondando por ahí. Bill corrió algunas calles en zigzag hasta una estación del metro de la línea 6, en la avenida Concourse. De ahí viajó al extremo de la ciudad, a la terminal en Brooklyn, donde sin abandonar el vagón, recorrió ida vuelta toda la ruta hasta el amanecer, cuando decidió regresar a casa no sin antes tirar el encendedor a las vías. Esa misma noche, Eddie fue a la gasolinera a llenar un garrafón de plástico de a galón. Al poco rato esperaba escondido tras un teléfono público a que Bill saliera de su domicilio en una construcción vertical de ladrillos rojos y ventanas cubiertas con plástico adherible verde. Observó cómo Bill subía el cierre de su chamarra con capucha, cubría con ésta su cabeza, limpiaba unos lentes oscuros y metía en la bolsa de su chamarra algo que a lo lejos parecía una botella cubierta por una bolsa de plástico. Eddie se preguntó para qué se pondría esas gafas cuando faltaba un cuarto de hora para que dieran las doce de la noche. Se cercioró que en la bolsa de su camisa estuvieran los cigarros y el encendedor desechable. Antes de dirigirse a casa de Bill, dejó que se alejara caminando despreocupado en dirección a una gasolinera, en la avenida Concourse. Eddie fumó dos Newport mentolados mientras caminaba por los alrededores, atento a los movimientos de los coches que ocasionalmente doblaban la esquina y de los peatones que entraban en algún edificio o se perdían sin rumbo definido. Al fin se convenció de que nadie conocido pasaría por ahí. Sólo esperó a que una tienda de abarrotes en la esquina bajara la cortina y los empleados caminaran rumbo al metro. Esa noche de viernes cerraba una hora más tarde que de costumbre para aprovechar el extraordinario consumo de cerveza y cigarrillos de los vecinos. Descendió las escaleras exteriores que conducían al sótano de la casa de Bill y sin problemas abrió la puerta que daba a la calle. Era una de esas casas estilo "Don Gato y su pandilla" habitada por muchos trabajadores de cocinas y bares que se repartían los cuartos y las áreas comunes. Tardarían por lo menos cuatro horas más en regresar. Nadie se molestaba en cerrar con llave la puerta principal ni la del sótano porque todos mantenían macizos candados en sus cuartos y en la hielera común. Eddie reconoció la enorme caldera que proporcionaba agua caliente y calefacción al edificio. Con una navaja hizo pequeños orificios en los conductos de gas, luego abrió la escotilla de la caldera. Subió al piso principal y en medio del pasillo que conectaba las áreas comunes, dejó el tambo de gasolina con una estopa prendida. Bajó de nuevo al sótano y salió de la casa como entró: sin problemas. En la calle no había un alma y el sonido más cercano venía del tren que pasaba bajo un puente de la Concourse, algunas calles al noreste. Caminando aprisa echó una última mirada a la casa de Bill y se alegró de que el gas todavía no llegara al pasillo. Tendría suficiente tiempo para alejarse otro poco. De pronto lo inquietó descubrir una tenue luz en la ventana más alta y se preguntó si habría alguien ahí. Tomó el metro cerca de Hostos College, había caminado casi diez calles antes de llegar ahí y aún no escuchaba la explosión ni el sonido de sirenas de ambulancias, bomberos o patrullas. Cada una de ellas tenía su propio sonido y orden de aparición. Bajó en Manhattan, a la altura de la 110 y Broadway, en Harlem y fue al mismo club donde conoció a la mujer que luego lo cambió por Bill. No estaba ninguno de los dos. Malditos. Se tomó varias cervezas pero no sintió ánimos de bailar, sólo esperó sentado a la barra hasta que el cantinero le suspendió el servicio. Poco antes del mediodía, Bill y Eddie se encontraron detenidos en la delegación 41 de Alexander Avenue, declaraban sobre un incendio en sus domicilios donde ninguno de los dos supo decir si sabía de algún sospechoso que pudiera haberlo provocado. J. M. Servín, México; es autor de la novela Cuartos para gente sola y uno de cuatro autores de la colección de relatos Me ves y sufres. Con Periodismo Charter ganó el Premio Nacional de Testimonio 2001 INBA-Conaculta. |