La Jornada Semanal,   domingo 22 de febrero  de 2004        núm. 468
El reflejo

Francisco Torres Córdova

Ilustración de Mauricio Gómez MorinSólo la vio caminar durante unos cuantos segundos. Estaba distraído, mirando el aparador de una papelería. Ella pasó detrás, reflejó su figura e inmediatamente después desapareció al doblar la esquina. La miró unos instantes: falda o vestido blanco o color crema, zapatos bajos, brazos desnudos, cabello oscuro, abundante, paso ágil y firme. No hizo el intento de seguirla. Siguió mirando sin fijar la vista los objetos detrás del vidrio. Luego volvió la cabeza hacia la esquina por donde ella había desaparecido. La gente iba y venía. Hasta entonces percibió el aroma de un perfume e inmediata e inexplicablemente le molestó no saber si era de ella. Jamás la volvería a ver o, en realidad, a verla verdaderamente. Dio unos pasos laterales y se inclinó para leer el precio de una cartulina con diseños vulgares. Lo leyó y lo olvidó enseguida. Luego empezó a mirar el reflejo de la gente que pasaba. Se dio cuenta de que no fue en la fría superficie del aparador donde vio el vestido. El reflejo era demasiado vago y fugaz. Tuvo que haber volteado instintivamente después de que ella pasó por detrás y sólo con el tiempo suficiente para verla doblar la esquina. La tela de su vestido o falda era, le pareció de pronto, muy ligera pero también fina pues estaba seguro de que se balanceaba con soltura, que le caía del talle con el peso preciso para marcar suavemente el ritmo de su andar femenino. Casi se encogió de hombros, casi la olvidó media hora después. Pero tenía una duda: su edad. No podía dejar de suponer o desear que era joven; pero tampoco –y eso le extrañaba mucho pues no podía sacárselo de la cabeza– dejar de intuir que no era tan joven. La duda iba y venía; a veces cobraba fuerza y lo obligaba a reflexionar durante largos minutos; otras, simplemente, cruzaba por su mente como una ráfaga de viento caliente que sin embargo lo dejaba en un momentáneo y desagradable estado de angustia. Para entonces ya habían pasado varias horas y se había alejado del sitio donde la vio o creyó verla. Se decía que no tenía importancia, pero por una extraña necedad también presentía lo contrario. ¿Qué?¿Quién?¿Ella? ¿La duda sobre su edad? Por fin entró en su casa, revisó papeles, de ésos eternamente pendientes, y se metió en la cama. A oscuras, con las manos detrás de la cabeza, recordaba la escena una y otra vez. A esas alturas la imagen se había reducido, se había constreñido a un ritmo específico que de todos modos no podía definir, y a una porción de falda o vestido cuya textura tampoco podía determinar. Y todo envuelto en la extraña atmósfera que le producía la duda sobre su edad. Pero ya no era sólo eso. Imperceptiblemente una parte de sí mismo había quedado atrapada ahí, en la vaga luz de un reflejo. Le empezó a inquietar tener una idea tan fija y ridícula a la vez. Con fastidio, con enojo, giró bruscamente sobre su costado, decidido a dormirse. Cerró los ojos. Los abrió poco después. Pero tuvo la impresión de que habían transcurrido varias horas, que ya era muy tarde y no había logrado descansar. Una noche de insomnio, como tantas otras, pensó. Era absurdo. La escena volvió a su memoria que, como si fuera ajena, primero acusó de cruel y luego de morbosa. Pero entonces también se maravilló de los ocultos motivos y mecanismos de la mente, de la extraordinaria fuerza que podía tener, aunque uno no entienda ni sepa por qué, un hecho aparentemente sin importancia, ocurrido un día común y corriente. Trató de encontrar algún otro elemento, un recuerdo, una persona, lo que fuera, con lo que pudiera asociar la escena y así poder explicarse su recurrente insistencia. No lo logró. Empezó a perder la paciencia. Le parecía que su mente había encallado y que cuanto más forcejaba para liberarse más se hundía en esas extrañas arenas. Pero en el momento preciso en que sintió que la rabia le subía a la cabeza, sonrió. Luego, como un caballo que cambia su paso al trote y del trote al galope, empezó a reír cada vez más fuerte, con una risa sonora e incontenible que le provocó aún más risa, que le sacó lágrimas y lo obligó a manotear sobre la cama y ovillarse bajo las sábanas, hasta que, de golpe, simplemente desapareció dejándolo con la respiración agitada, sudoroso e indefenso. El silencio de la habitación se irguió frente a él como una pared de acero. Una rígida mueca se incrustó en su rostro. Tuvo miedo y un mal presentimiento. Se enderezó. Puso los pies desnudos en el suelo. Con inusitada lentitud recargó su peso para ponerse de pie. Lo logró. Sus ojos vigilaban, se movían de un lado a otro; los labios secos, la boca entreabierta, las manos frías, un hormigueo en los dedos. La escena volvió a su memoria, ardiente, veloz, clarísima. No podía desecharla. Su razón se lo decía con una voz firme que le sonó peligrosamente lejana. Empezó a temblar. Tenía frío y náuseas. Se acercó a la ventana, la abrió y el viento nocturno le acarició el rostro. Todavía un poco mareado, se dijo repetidas veces que nada en realidad había ocurrido. Nada, nada... Estaba confundido; el trabajo, los problemas económicos, la mala comida, los pequeños excesos de una vida demasiado pendiente de sus reglas, en fin, sólo confundido, a cualquiera le pasa y no tenía importancia. Volvió a la cama. Las rodillas le temblaban ligeramente pero no quiso poner atención. Al acostarse percibió de nuevo el mismo perfume de la tarde frente al aparador, pero ahora sobre su ropa, en las manos, en las mejillas, en el pecho. Aterrado, tuvo el impulso de ir a lavarse, como si se tratara de un aroma sucio, pero, en el mismo instante, tuvo el impulso contrario. El perfume en realidad le agradaba; era un aroma sutil. Se olió las manos, la tela de la camisa, los antebrazos. Inhaló el aroma con los ojos cerrados. Y ahí, en la oscuridad de ese segundo enamorado y repulsivo, ya no supo qué hacer y tendió los brazos a los costados de su cuerpo como un luchador vencido. Se le nubló la vista, su mente se tropezaba, sonaba en su interior como una grabación defectuosa que deforma y corta las palabras y se va perdiendo conforma avanza con patética imperfección. Una falda o vestido, un aroma femenino y extrañamente seductor, una silueta, una sombra apenas. Nada. Todo, en ese momento, en esa noche arrancada de la continuidad del tiempo, de la segura y pastosa rutina de los días de su vida. Estaba demasiado agotado para quedarse dormido, demasiado inquieto para ordenar sus ideas. Se dejó llevar en ese flujo como en una balsa a la deriva. Por primera vez, sin preámbulo alguno pero sin violencia, sintió que el mundo no existía; que su peso, el de su propio cuerpo, había sido siempre una mera ilusión. El descubrimiento lo divirtió, pero no sin cierta ironía. Volvió a percibir el perfume. Era de ella, no había, no podía haber duda. Ya no se detuvo a preguntarse cómo ni por qué podía oler ese perfume en sus manos y en su ropa. Era de ella, y ella era una mujer joven, atractiva por supuesto, con quien podría tener una buena amistad, a quien quizá podría llegar a conocer y con el tiempo, por qué no, también amar. Imaginó sus labios, la forma de sus dedos, un lunar en el cuello, el peso de su cabeza, sobre todo eso, el peso de su cabeza en sus manos, y la fuerza de su voz, la línea de sus muslos, la expresión de su rostro dormido junto al suyo. No se movió durante horas. Tampoco se quedó dormido. El amanecer lo sorprendió. Algo estaba diciendo, moviendo apenas los labios. La luz lo obligó a fijar la vista en la pared que tenía enfrente. Al principio no la reconoció, pero cuando lo hizo sintió que una ráfaga de frío le cortaba el cuerpo. Miró a su alrededor. Trató de moverse pero los músculos entumidos lo obedecían causándole dolor. Llegar a amarla. La luz le lastimaba los ojos, su mente parecía pertenecer a alguien más, desconocido aunque cercano. Pero no, se dijo, no estaba enfermo. Llegar a amarla. Cerró los ojos. Se cubrió el rostro con las manos y lenta, profundamente, inhaló el perfume, como si esa fuera la última vez que sus pulmones recibieran el aire de este mundo.

Francisco Torres Córdova, México; poeta y traductor, es autor de La flauta en el desierto y La ranura en el ojo, entre otros.