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México D.F. Jueves 4 de marzo de 2004

Olga Harmony

Lear

Las noticias que llegaban, de que Rodrigo Johnson adaptaba la obra shakespereana alterando las escenas, en principio hicieron pensar en una especie de Sturm und drang, de Friedrich Maximiliam Klinger, que dio origen a la revuelta romántica contra los candados de los neoclásicos. Luego, ya aposentados en el teatro, nos enteramos de que la intención de Johnson era establecer un paralelo con La vida es sueño, de Calderón de la Barca, narrando la historia del desdichado rey desde el punto de vista de su locura que podía confundir realidad y sueño. La propuesta, por audaz, resultaba entusiasmante y nos remitía a esa cita de Macbeth que termina diciendo que ''la vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de sonido y furia...", pero por desgracia nos encontramos con que el sonido y la furia del rey loco estaban minimizados por la poca fuerza que el actor que encarna al protagónico, alejado de la majestuosa soberbia que el monarca arrastra a lo largo de la obra, mezclada con la desventura que le produce la traición de las hijas. El director y adaptador inicia con el momento de la tempestad en que Lear y su bufón se encuentran a merced de los elementos y que es una de esas escenas más codiciadas y difíciles para los grandes actores, pero lo que vemos es un viejito desvalido acompañado por alguien que puede ser su doble.

La escena que Johnson hace aparecer como inicial, es en efecto el punto de arranque del delirio de Lear, que se desdobla en su bufón para relatar a Edgardo, ya disfrazado como el pobre Tom, la historia en retrospectiva. Rodrigo Johnson no sostiene su excelente idea desde la estructura dramática, aunque haya eliminado a algunos de los personajes importantes, como es el duque de Albania que restituye al final el orden, terminando su adaptación en plena congoja. Pero ello no supone que lo que vimos haya sido un sueño, ya que el arranque de la representación se basa, justamente, en la cruel escena del abandono del rey y la retrospectiva nos muestra sus causas. Por otra parte, la fidelidad a la historia original -excepto ciertos cortes- y la presencia de Edgardo como tal y las razones de su disfraz, hace imposible esa interpretación porque de escucha atento pasa a ser personaje de lo escuchado. Es una lástima que el director haya traicionado una idea excelente por esa confusión que no permite conservar la convención que aparece en un principio y que es el sostén de toda su escenificación. Sobre todo, por la gran acogida de los espectadores, fundamentalmente jóvenes que agotan taquilla, deseosos de ver innovaciones en el teatro.

Lo mismo ocurre si nos olvidamos de Calderón e intentamos ver la historia desde el punto de vista de un Lear enloquecido: aquí también la presencia como personaje de Edgardo y su disfraz de pobre Tom en el desarrollo dramático anula la escena del desdoblamiento del rey y su bufón y la idea de que Lear narra al pobre Tom. Por donde se vea, la notable propuesta inicial no cuaja, a pesar de que la dirección apuesta por la estética de lo grotesco, sobre todo en momentos como el brutal en que a Gloucester le son arrancados los ojos y sale con esos globos oculares -a pesar de que uno ya saltó a escena- bamboleantes y detenidos por dos alambres o el bigote postizo del disfraz de Kent. Los diseños de Mónica Raya acentúan el grotesco, sobre todo por ese vestuario actualizado y con detalles de gran extravagancia (el de Gonerila y Regaña recuerda primero a dos cuervos y luego su corona de plumas, el de dos guacamayas) que se complementan por el maquillaje de Amanda Schmelz.

En una escenografía cóncava, con dos ventanas de diferente diseño y tamaño, una sobre la otra y una trampilla ovoide por la que entran y salen a veces los personajes, Rodrigo Johnson mueve a sus actores. Dos tubos horizontales y paralelos a cada lado permiten que los actores escalen las paredes cóncavas, pero el trazo por lo mismo se puede convertir en rutinario y pierde, al repetirse el escalamiento, su eficacia. A medio camino entre la grandeza de la tragedia shakespereana y el grotesco de vestuario y maquillaje, las actuaciones resultan más bien débiles, mejores las actrices que los actores. Aun al excelente Jorge Zárate el director, quizás movido por su simpatía escénica, le impuso chistosadas que poco tienen que ver con ese -estudiadísimo por los que saben- bufón crepuscular.

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