La Jornada Semanal,   domingo 7 de marzo  de 2004        núm. 470
Enrique Héctor González

Rubem Fonseca: 
la elegancia de la atrocidad

Cuando el narrador brasileño Rubem Fonseca vino a México, en mayo de 1993 –invitado a la celebración de los setenta y cinco años que habría cumplido Juan Rulfo de no haber muerto siete antes–, es probable que nadie, ni él mismo, hubiera sospechado la silenciosa afinidad que se manifiesta entre sus respectivas obras, idénticamente fieles a un principio inapelable: que no haya desperdicio en la página.

Nacido en Juiz de Fora, estado de Minas Gerais, en 1925, y dueño de una prosa cuya precisión hace pensar en la minuciosa paciencia del bisturí, Rubem Fonseca empezó a publicar un tanto tardíamente, casi cercano a cumplir los cuarenta años. Sólo desde la aparición de su cuarto libro, la novela El caso Morel (1973) –título de resonancias bioycasarescas que en absoluto tiene que ver con invenciones fantásticas–, su obra pudo traspasar la frontera del idioma.

En la década de los setenta, asimismo, el ahora ganador del Premio Juan Rulfo publicó dos colecciones de cuentos, Feliz año nuevo (1975) y El cobrador (1979), que legitimarían plenamente su literatura. No es fácil recordar historias tan provechosamente atareadas por la pasión de escudriñar en las entrañas más lastimosas de la sociedad: el mundo de los miserables, las prostitutas, la rapacidad y la vida al filo de una treta o una coartada. 

Feliz año nuevo tomó desprevenidos hasta a los políticos brasileños: no faltó quienes dieron la orden de retirar el libro de la circulación (apenas empezaba a difundirse en librerías) al toparse en sus relatos con un país menos cómodo y colorido del que les gustaría promover en las guías para turistas: intenso e inapelable como una bofetada. Más cercanos al carnaval que al festival, urdiendo en las entretelas del glamour que exporta del brasileño la imagen de un pueblo puro samba y futbol, los cuentos, como el que da título al libro, hablan de la pobreza que incuba la delincuencia adolescente, de trampas laborales y asesinatos a mansalva. Sólo después de un largo juicio, que sin duda requirió sus dotes de abogado de profesión, pudo el autor recuperar los derechos a la difusión del texto.

Su respuesta a tan bochornoso episodio de mendacidad mental fue, como lo asienta Romeo Tello en el prólogo a la impecable reunión de los cuentos de Fonseca que lleva por título Los mejores relatos (Alfaguara, 1999), estrictamente literaria: publica El cobrador con textos aún más concentrados en el retrato expresionista de personajes destrozados que hacen del terrorismo urbano un modus vivendi. A la manera de un thriller (la prosa de Fonseca es infinitamente filmable) lleno de homicidios espeluznantes, las historias le van siguiendo la pista a asesinos disfrazados de gente simple, de comerciantes sin escrúpulos, de suicidas desatinados. El Cobrador no mata porque sí: recauda lo que le deben: ropa, escuela, coños, autos, gestos, balanceos elegantes por las calles cariocas; en una palabra, las aficiones naturales de quienes tienen "el culazo blando de los parásitos". Se asocia con una joven rica de la buena sociedad y juntos emprenden una cacería que trueca la melancolía de la navaja y el hacha por la efectividad de los explosivos y las ametralladoras de alto poder.

Pero esta es sólo una de las vertientes de la narrativa de Rubem Fonseca. Desde los cuentos de los setenta y las novelas de los ochenta (alguna de ellas, Agosto, llegó a la pantalla en forma de miniserie) se presiente la obra mestiza de la última década, en la que el autor parece empeñado en publicar alternativamente cuento y novela, combinando asimismo las historias violentas con otra de sus predilecciones: el fino erotismo de una escritura llena de sugerencias. Si ya el protagonista de El caso Morel denunciaba que sus amores eran "breves pero fulminantes", la prosa de los noventa puede albergar a personajes tan sutiles como el que se enamora de los mariscos que come o, por decirlo mejor, que sólo se alimenta de peces a los que pueda mirar vivos previamente. Urbano hasta el último semáforo, el contexto natural de la obra fonsequiana atrapa el delirio del protagonista de "Mirada" en restaurantes distinguidos donde el personaje puede contar con que un sofisticado acuario, visible a los clientes, le permitirá elegir el pez adecuado. Sobra decir que tan desusado comensal termina por preparase conejos en su propia cocina con una deliciosa obscenidad en la que compiten la bestialidad del pornógrafo y la exquisitez del gourmet.

Además de la señalada tendencia de alternar cuento y novela, la obra reciente de Rubem Fonseca (La cofradía de los espadas, El enfermo Molière y una colección de textos de título bukowskiano: Secreciones, excreciones y desatinos) acusa una concisión aún más extrema y una suerte de desviación de los recursos narrativos en favor de la sonoridad y la imagen, como si su prosa transitara precavidamente hacia una pulcritud de ascendencia poética. 

Sería de desear que los traductores del autor aprovechen la ocasión del premio para trasladar a nuestra lengua los dos libros que en Brasil ha publicado la Companhia das Letras: los cuentos de Pequenas criaturas y la novela Diário de um fescenino. En todo caso, y mientras tanto, sus lectores pueden asomarse al portal de internet (www.literal.com.br) que, a últimas fechas, renueva cada quince días las colaboraciones en las que cinco notables escritores (entre ellos, por supuesto, Fonseca) reflexionan acerca de sí mismos y de su quehacer creativo. 

Un premio no está obligado a reconocer en la obra que habrá de recibirlo afinidades estrictas entre el autor elegido y el que ha dado nombre al certamen. No obstante, las prosas de Rulfo y de Fonseca celebran una sutilísima conversación que daría hasta para un estudio comparado. En ambas, la lengua desnuda sus facultades poéticas desde una visualidad estremecedoramente diáfana: si el autor de Pedro Páramo emprende la tarea de dibujar, con austera elegancia, la historia de un personaje atroz, el narrador brasileño retrata en su escritura un mundo injusto, cruel e íntimamente riesgoso en el que no faltan gentilezas desquiciadas y locuras adorables.