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México D.F. Miércoles 28 de abril de 2004

Robin Cook *

Bush le dio gato por liebre a Blair

Ni con el diccionario de sinónimos en la mano sería fácil encontrar palabras que hagan justicia al desafío expresado este lunes por diplomáticos profesionales. "Inédito" sería un término adecuado, pero no captura la naturaleza dramática del amotinamiento. Recordemos que se trata de personas que se han regido durante toda su carrera por un código de discreción que valora el secreto, que mira con disgusto a la publicidad y tiene por norma el uso de un lenguaje mesurado. El solo hecho de que sintieran el impulso de formular una declaración pública es testimonio elocuente de su frustración con la política actual.

A juzgar por las normas de los comunicados diplomáticos, su declaración rebasa la escala de Richter. Tampoco es concebible que se hubiera logrado el consenso de ex diplomáticos sobre un texto común sin que sus puntos de vista gozaran de amplia simpatía entre los embajadores que los han remplazado. La Oficina del Exterior es poco común en el mundo moderno en cuanto que es una elección de toda la vida y, en consecuencia, los miembros del servicio diplomático se conocen bien entre sí porque han pasado décadas trabajando juntos. Aún después de jubilarse se reúnen para cenar y tomar la copa, y también con sus sucesores. Y charlan. No creo que tantas diplomáticos en retiro se habrían reunido para adoptar una postura pública si hubieran sospechado que sería mal recibida entre amigos y colegas que aún están en activo.

Resultó deprimente, en cambio, ver desfilar por las cabinas de radio y televisión a funcionarios leales al gobierno que intentaban descalificar a quienes figuraban en la impresionante lista de nombres del servicio exterior tildándolos de "arabistas". Que la palabra "arabista" se use como insulto es otro signo de hasta dónde nos hemos dejado arrastrar en la confrontación con el mundo islámico.

En cualquier caso, el epíteto ni de lejos hace justicia a la amplitud y antigüedad de los nombres que suscriben la declaración, entre ellos antiguos embajadores en Estados Unidos, Rusia, Alemania, Australia y, sí, también Israel. Quien opte por desdeñar su mensaje también está rechazando la visión colectiva de diplomáticos que han representado a Gran Bretaña en cinco continentes.

Eso sí, la lista de firmantes es rica en experiencia en Medio Oriente y específicamente incluye a dos ex embajadores en el propio Irak. En un mundo racional su conocimiento de primera mano de la región sería respetado como fuente de autoridad y no como causa de sospecha.

Lo cual nos lleva a la causa fundamental de su ruptura con Downing Street. Gran Bretaña se encuentra ahora uncida a un enfoque de la Casa Blanca hacia Medio Oriente que no es producto de un conocimiento de su complejidad ni de un entendimiento de su cultura, sino resultado de una ideología simplista y fundamentalista de los neoconservadores que ejercen influencia sobre Bush. Tanto Medio Oriente como el Reino Unido son víctimas de la política exterior basada en la fe que aplica el gobierno de Washington.

Uno de los resultados más positivos de la presidencia de Bush es que ha provocado un alud de libros de antiguos miembros de su gobierno que hacen explícita lo asfixiante que era la vida en el interior. No se necesita más que hojear esos libros para entender el incurable romanticismo del primer ministro británico al imaginar que podría influir de manera fundamental en un régimen poseído por tan magníficas obsesiones.

Paul O'Neill, el antiguo secretario del Tesoro, recuerda que Bush resumió una discusión temprana de la política económica en una frase de alarmante irracionalidad: "Hasta que no nos libremos de Saddam Hussein, no nos libraremos de la incertidumbre económica". También revela que, pese a las protestas de Colin Powell, la decisión de "inclinarse de nuevo hacia Israel" fue tomada desde la primera reunión del Consejo de Seguridad Nacional.

El error de Tony Blair fue imaginar que podía comprar influencia sobre la política exterior de Bush. La tragedia para nuestro primer ministro es que trataba con un gobierno estadunidense impulsado por la creencia de que el unilateralismo es una virtud, y depender de los aliados, una debilidad. La consecuencia inevitable es que ha sido incapaz de demostrar cualquier influencia significativa sobre la determinación de la Casa Blanca de invadir a Irak, sobre su conducta en la ocupación subsecuente o sobre su manejo del proceso de paz en Medio Oriente. En cambio se ha visto reclutado como apologista de políticas sobre las cuales no ha tenido influencia discernible.

Al parecer, fue la traición de Bush a nuestra postura común sobre el proceso de paz lo que impulsó al cuerpo diplomático en el exilio a expresar su postura. Al respaldar en público las demandas de Ariel Sharon para cualquier acuerdo definitivo, el presidente Bush se apartó de cuatro décadas de esfuerzos hechos por diplomáticos estadunidenses y británicos, muchos de ellos incluidos en la lista de esta semana, para actuar como impulsores honestos de un acuerdo negociado. Lo que Bush resolvió en privado parece haber sido aún más alarmante, si hemos de creer la afirmación de Ariel Sharon de que ya no está obligado a cumplir la promesa hecha al presidente estadunidense de no matar a Yasser Arafat. Si esto es cierto, resulta aún más extraordinario que Bush haya salido al Jardín de Rosas a entregar a Ariel Sharon todo lo que pidió.

Ahora el gobierno británico está metido en su propia trampa. No puede disentir en público de las políticas del presidente Bush sin proclamar que ha sido incapaz de influir en él y, por lo tanto, sin socavar toda la argumentación con la que justificó su participación en la guerra contra Irak. En consecuencia se ha refugiado en la negativa, y en sostener que no hay verdadera diferencia entre lo que dijo Bush cuando apoyó las propuestas de Ariel Sharon y lo que había dicho cuando acordó con Tony Blair el mapa de ruta, según el cual esas mismas propuestas supuestamente iban a negociarse en la fase final. Esta imaginativa interpretación no ha logrado convencer a los diplomáticos rebeldes, y sospecho que tampoco le parecerá convincente a Ariel Sharon, cuyo objetivo al ir a Washington era descarrilar el mapa de ruta.

Hubo al menos un atisbo de equilibrio en la postura de Tony Blair cuando fue a la guerra. Reconocía que una invasión sin la autoridad de la ONU se prestaría a controversia ante la opinión árabe, pero ofreció la promesa de que allanaría el camino para presionar a Israel a avanzar en el mapa de ruta. Un año después se encuentra con que Bush espera que prepare a las unidades británicas para una ocupación de Irak mucho más violenta de lo que ambos preveían, y al mismo tiempo que se trague el apoyo en vez de la presión a Israel en el proceso de paz.

Blair tenía razón en su intento de influir sobre Bush y en su reconocimiento de una transacción que implicaba brindar su apoyo público a cambio de obtener acceso privado. Su error no radicó en hacer el intento, sino en negarse a reconocer que el presidente Bush no escuchaba. A nuestro primer ministro le dieron gato por liebre en la negociación, y Gran Bretaña está en peligro de ser dañado por una relación especial en la cual el presidente Bush se ha vuelto una calle de un solo sentido.

Estados Unidos aún impondrá respeto y se saldrá con la suya porque es una hiperpotencia. El pueblo estadunidense puede tener la sensatez de facilitar esa tarea eligiendo a otro presidente que pueda comenzar de nuevo. Pero Gran Bretaña no es una superpotencia. Necesitamos socios, aliados y buena voluntad para impulsar nuestros intereses en el mundo. La verdadera advertencia en la declaración de nuestros diplomáticos en retiro es que no podemos esperar buena voluntad del resto del mundo si nos apegamos más de la cuenta a un presidente de Estados Unidos que es demasiado afecto a la confrontación con sus enemigos y está muy poco interesado en escuchar a sus aliados.

* Robin Cook fue ministro del Exterior de Gran Bretaña y el año pasado renunció a su puesto como presidente de la Cámara de los Comunes en protesta por el apoyo que el gobierno de su país dio a la guerra contra Irak.

© The Independent Traducción: Jorge Anaya

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