El sistema campesino-indígena de producción de café

Josefina Aranda

IISUABJO*

Correo electrónico: esconde@prodigy.net.mx


Antecedentes

Cosechando café
 
Hace más de dos siglos, México empeñó gran parte de su futuro agrícola en el cultivo de plantaciones. Desde entonces, la producción de caña de azúcar, hule y café ocupa un importante peso en las economías del sur-sureste mexicano; este último cultivo, el más importante en términos sociales y económicos.

Desde entonces, esta región del país y la mayor parte de sus pobladores conviven con ciclos de auge y crisis económica y social, los cuales tienen su origen en el tipo de relación desarrollada desde que los pueblos pasaron de ser los asalariados y peones acasillados de plantaciones cafetaleras a campesinos indígenas productores de café.

El cultivo del café en México

México ocupa el noveno lugar mundial en la producción del grano, después de haber ocupado el cuarto. Este producto agrícola es uno de las principales fuentes de ingresos del sector primario en la economía nacional.

Los estados sureños productores de café no sólo son entidades políticas caracterizadas por un paisaje accidentado, sino un mundo de diversas culturas e idiomas, de pueblos autóctonos con una historia compartida de colonización y explotación. Colonizados por los españoles hace cinco siglos, hoy pueden observarse las consecuencias de dicha colonización. Igual que en otras partes de México, las comunidades indígenas resistieron al conquistador-colonizador; en muchas ocasiones se alejaron a los lugares más remotos y apartados, en un afán de rechazar el dominio y como una estrategia para mantener sus culturas.

Aunque el Estado mexicano ha desarrollado un sinfín de políticas hacia los pueblos indios, hoy es justamente allí en donde se encuentran los peores índices de pobreza, los más bajos índices de desarrollo y la mayor inequidad. La industria manufacturera, las comunicaciones y las grandes inversiones del "desarrollo" se han expandido en las regiones del norte, centro y occidente de México, mientras que en el sur-sureste los productos de exportación se limitan a materias primas, especialmente tropicales y forestales, y a la emigración de la mano de obra.

Las siguientes cifras muestran la distribución de la producción de café en México, el número de productores y la superficie dedicada a este cultivo.

Sobresale que más de la mitad de los productores y de la superficie cultivada se localizan en dos estados del país: Oaxaca y Chiapas, que casi el 40 por ciento de los productores poseen menos de media hectárea y que sólo el tres por ciento de los productores poseen predios de más de cinco hectáreas.
 
 

Cuadro 1.

Distribución por estados de la actividad cafetalera en México (2004)


 
Estados
Productores
Predios
Superficie
Querétaro
295
400
207
Colima
800
1,047
1,444
Jalisco
1,094
1,333
2,843
Tabasco
1,209
1,407
977
Nayarit
5,282
9,261
15,927
San Luis Potosí
16,920
25,749
12,844
Guerrero
21,087
26,970
38,328
Hidalgo
32,345
42,893
23,040
Puebla
45,273
61,563
66,126
Veracruz
84,725
128,814
140,931
Oaxaca
98,788
138,380
133,037
Chiapas
171,298
179,810
230,134
Total general
479,116
617,627
665,837

Fuente: elaborado con datos del Consejo Mexicano del Café, abril 2004.


Cuadro 2.

Distribución porcentual de los productores, predios y superficie según rangos de superficie cultivada con café (2004)

Rangos
Productores
Predios
Superficie
Hasta 0.50 hectárea
38
30
9
Más de 0.50 y hasta 1 hectárea
26
25
14
Más de 1.00 y hasta 5 hectáreas
33
40
49
Más de 5 y hasta 10 hectáreas
2
3
11
Más de 10 hectáreas
1
1
17
Total general
100
100
100

Fuente: elaborado con los datos del Consejo Mexicano del Café, abril 2004.



El sistema campesino-indígena de producción de café

Aunque tradicionalmente se ha identificado al sistema de producción de café en Chiapas, Guerrero y Oaxaca dentro del denominado "sistema rusticano" (o "de montaña" o "natural") en base a los criterios de estructura de los cafetales, manejo o técnicas de producción utilizadas, y la productividad de los sistemas, consideramos que debe denominarse como un "sistema campesino-indígena de producción de café" pues presenta las siguientes características:

Primera. Más del 95 por ciento de los productores de café en México son pequeños productores campesinos indígenas que cultivan el 73 por ciento del total de la superficie en parcelas menores a las cinco hectáreas.

Cafetaleros en el taller de capacitación  
Históricamente, los productores del sur de México han establecido una relación especial con el café, la cual se deriva en gran parte de las peculiares características de las culturas indias. Ejemplos de esto se encuentran en el uso de tecnologías tradicionales para mantener y preservar las plantaciones del grano, y en la aplicación de técnicas de bajos insumos que minimizan los daños ecológicos a los ecosistemas y a las cuencas hidrológicas.

Se puede afirmar que el café se produce bajo patrones culturales indígenas que "garantizan la calidad del suelo (evitando la erosión), la conservación del agua, la retención del gas bióxido de carbono y un ambiente sano sin sustancias agroquímicas".

Estas características permiten entender el histórico rechazo de los pequeños productores campesinos indígenas a paquetes tecnológicos altamente depredadores, basados en obtener una alta productividad con el uso de variedades mejoradas de café en plantaciones a pleno sol, que dependen del uso de agroquímicos. En cambio, permiten comprender la aceptación a transitar hacia paquetes tecnológicos basados en las normas orgánicas de producción, que se establecen en plantaciones de variedades criollas, bajo sombra, con labores culturales intensivas para cuidar y ampliar la fertilidad del suelo.

Segunda. La producción de café se lleva a cabo en el contexto de una economía doméstica campesina.

Con un promedio de seis personas por familia, la producción de café depende fundamentalmente de la fuerza de trabajo familiar, por lo tanto el proceso productivo de este cultivo incorpora a los varones y a las mujeres de todas las edades: adultos, jóvenes y niños, dependiendo del tamaño de la plantación y del paquete tecnológico (orgánico y convencional) utilizado. De esta forma, constituye un cultivo que autoemplea una proporción muy importante de las familias campesinas del país.

Además, no sólo las labores de cultivo -en especial la cosecha que es la que más requiere mano de obra- sino también el proceso de beneficiado húmedo se realizan familiarmente, dando como resultado la transformación del café cereza a café pergamino, que es mucho más fácil de almacenar y transportar que las cerezas frescas. Esto es importante, si tomamos en cuenta que la mayor parte de las huertas y comunidades productoras se localizan en parajes sumamente incomunicados y remotos.

La producción de café de los pequeños productores se realiza bajo una lógica económica campesina, donde también se cultiva la milpa y otros productos de autoconsumo, así como una diversidad de actividades agropecuarias en el traspatio de las viviendas rurales. En esta lógica no predomina la búsqueda de la ganancia sino la del bienestar: "se articulan producción, consumo productivo y consumo final, en evaluaciones unitarias donde las necesidades, aspiraciones y calidad de vida de la familia son factores decisivos".

Asimismo, encontramos que en la economía doméstica campesina es diversa la generación de ingresos monetarios. Aunque el café es el cultivo comercial que aporta los mayores ingresos a la economía doméstica (esto depende del precio final), se complementa con el trabajo de los miembros de la familia en el jornaleo, con remesas de emigrantes, con diversos apoyos gubernamentales para la producción agrícola y subsidios de programas de combate a la pobreza, con la venta de algunos de los productos de traspatio, etcétera.

Tercero. La producción de café se da básicamente en comunidades y regiones que poseen severas carencias en la dotación y funcionamiento de todo tipo de servicios y de infraestructura básica.

Las zonas cafetaleras coinciden totalmente con el mapa de la pobreza extrema nacional. Las regiones de atención prioritaria definidas por el gobierno (microrregiones) son las mismas que producen el café campesino en México. Por ello, la producción del aromático y las familias cafetaleras enfrentan cotidianamente múltiples necesidades en todos los rubros: salud, educación, comunicación, transporte, las cuales también encarecen y condicionan su forma de vida.

Cuarta. Los productores de café poseen un fuerte espíritu comunitario para el trabajo y para la organización.

No se puede entender la forma en que se organizan los productores cafetaleros en el sur del país, sin hacer referencia a su cultura y a sus ancestrales formas de organización social; éstas impactan y le dan forma a varios aspectos de índole organizativa: la distribución de las responsabilidades, las actividades y los compromisos de trabajo entre los miembros de un grupo o de una organización cafetalera, la manera en que se toman las decisiones, los usos y costumbres que rigen para elegir y delegar autoridad y representación, y la fuerte identidad colectiva que se adquiere al formar parte de un determinado grupo o asociación.

Todos estos aspectos organizativos se basan en prácticas comunitarias que se desarrollan cotidianamente desde hace cientos de años y permiten entender el por qué en México una de las ramas de la producción agropecuaria del sector campesino más organizadas sea precisamente la del café.

¿De mal en peor?

Después de soportar un sinnúmero de políticas anticampesinas de parte del Estado mexicano, las familias de pequeños productores de café no sólo han sobrevivido, sino que han podido mostrar la viabilidad de su sistema campesino-indígena de producción. Además, ante la crisis profunda que se vive en el sector cafetalero, han generado una respuesta social creativa e independiente.

Prácticas de campo  
De este modo, no solamente cuidan el ambiente e impiden su deterioro, se autoemplean y generan sus ingresos. Además, a partir de su lucha organizada, han elaborado propuestas de políticas públicas para defender al sector y han puesto en marcha novedosas formas de producción y comercialización de su producto.

Contra las afirmaciones de quienes dicen que los pequeños productores de menos de una hectárea "no son rentables" -que por cierto se refieren "solamente" al 64 por ciento de los productores censados de este país-, los campesinos indígenas han construido y demostrado que es posible la producción cafetalera sustentable. Pero esto ha tenido un costo y quienes lo han pagado son ellos mismos.

En efecto, desde hace quince años con la aplicación de las políticas de ajuste estructural que llevaron a la desaparición del Inmecafé y al abandono del sector cafetalero por parte del gobierno, todos los costos asociados al desmantelamiento estatal y a la transferencia de funciones y activos a los diversos sujetos involucrados en la cafeticultura cayeron exclusivamente sobre las espaldas de aquellos que iniciaron nuevos procesos de coordinación y organización para confrontar la crisis: los pequeños productores campesinos organizados.

Con sus recursos y esfuerzos han logrado construir nuevos mercados de especialidad y alternativos. Es el caso del mercado de Comercio Justo, que supone levantar fuertes enlaces con el resto de la cadena de café y con los consumidores finales para dar paso a lo que actualmente se conoce como el pago de precio justo, calculado sobre la base de que los productores puedan no sólo recuperar sus costos de producción, sino también tener una vida digna.

En cuanto al renglón de las políticas públicas, podemos enumerar un sinnúmero de propuestas surgidas en el seno de las organizaciones cafetaleras, algunas de las cuales, a fuerza de golpes de argumentos y de movilizaciones campesinas, han podido instrumentarse.

Sin embargo, recientemente el gobierno se ha vuelto en contra de varias de las políticas instrumentadas en los últimos años y que representan un logro en la lucha de los pequeños productores.

Tal es el caso de la política de fomento: el año pasado se aplicó otorgando subsidios diferenciados que fueron calculados según el paquete tecnológico empleado por los productores -café orgánico, café convencional con y sin fertilización-. De este modo se reconocía el esfuerzo de los productores que se han empeñado en lograr una cafeticultura sustentable.

Pero este año, la Subsecretaría de Desarrollo Rural de la Secretaría de Agricultura (Sagarpa) y el Consejo Mexicano del Café, haciendo caso omiso de todas las organizaciones cafetaleras, decidieron unilateralmente que es mejor promediar ese subsidio para todos, independientemente del paquete tecnológico utilizado, porque "quien tiene que diferenciar el pago de estos cafés es el mercado".

En el fondo, en el gobierno prevalece la idea de que los pequeños productores no son rentables y que los subsidios no son para fomentar y apoyar una política cafetalera y el esfuerzo productivo, sino que más bien son un regalo o una caridad del Estado para que se entretengan.

Con medidas como la descrita se muestra de nuevo una política estatal anticampesina, que pretende desarticular la estrategia de los pequeños productores por sobrevivir y sostener una actividad cafetalera sustentable (en lo económico, en lo social y en lo ecológico).

Es importante destacar que, aunque México ha caído en el rango de productores mundiales de café, todavía es el principal productor mundial de café orgánico, y que la mayor parte de éste es comercializada bajo el esquema del mercado justo. Cabe preguntarse, ¿quiénes y cómo producen este café?, ¿tendríamos que apoyarlos?

Es increíble que por insensibilidad y falta de congruencia de unos cuantos poderosos se abandone e ignore una vez más a los pequeños productores en su lucha por mantenerse como tales y ser útiles, de paso y no en menor medida e importancia, como preservadores del medio ambiente.