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E C O N O M I A
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México D.F. Jueves 23 de septiembre de 2004

John Saxe-Fernández

La caja de Pandora

Al Qaeda sería uno de los principales beneficiados de una relección de Bush, ironizó hace dos días un conocido diplomático inglés. El "sin comentarios" de su gobierno ante esta incisiva declaración es comprensible, aunque ciertamente en torno a este asunto ya se ha presentado al público una escrupulosa exploración de un testigo privilegiado, como podrá comprobar quien revise el substancial libro Contra todos los enemigos (Taurus, 2004), de Richard Clarke, el ex zar antiterrorista de los gobiernos de Clinton y Bush.

Ahí saltan a la vista algunos de los aspectos más sensibles, relevantes y hasta ahora desconocidos por la opinión pública sobre las decisiones, inexplicables contradicciones y asombrosos fallos en materia de seguridad interna del gobierno de Bush, antes del 11-9, así como del papel de esos ataques terroristas en la campaña neo hitleriana para sacar ventaja político-electoral de la tragedia, formalizar por medio del acta patriótica la instauración de un régimen de excepción, incidir en la militarización de la ecuación cívico-militar y para justificar el unilateralismo, el belicismo y la guerra de conquista y ocupación contra Irak.

Clarke se manifiesta sumamente preocupado, desde el título y dedicatoria hasta las últimas páginas por la propensión de la camarilla de Bush de transformar al 11-9 en lo que el historiador Golo Mann, en referencia al Tercer Reich llamó "una máquina para la manufactura del poder". Defender la Constitución significa también defenderla "... de todo aquel que utilice la amenaza terrorista contra las libertades que la propia Constitución consagra. Dichas libertades se están viendo socavadas, y si en este país se lleva a cabo otro ataque terrorista del mismo impacto y gravedad se producirán nuevos asaltos a nuestros derechos y libertades civiles. Por tanto, es esencial (evitarlos) y que... protejamos la Constitución... contra todos los enemigos" (p. 14).

El título del libro se refiere a los enemigos externos, pero de manera significativa a quienes están prestos a explotar políticamente esta calamidad nacional y "para sacar adelante sus planes sobre Irak" (p. 51). En su intento por culpar a Irak de los atentados, Wolfowitz, segundo de Rumsfeld en el Pentágono, abrió una caja de Pandora al argumentar que el ataque fue "una operación demasiado sofisticada y compleja para haber sido llevada a cabo por un grupo terrorista", sin apoyos estatales (p. 51). Por eso llama poderosamente la atención la dedicatoria del libro: "a los asesinados el 11 de septiembre de 2001, incluidos los que intentaron evitarlo, como John O'Neill (...)".

Clarke aclara que O'Neill era su mejor amigo en el FBI y que sus iniciativas para localizar y desactivar las células de Al Qaeda en Estados Unidos "incomodaban" a su director Louis Freeh. Revela también que O'Neill era "un hombre decidido a acabar con Al Qaeda (...) hasta que le apartaron de esa tarea porque estaba demasiado obsesionado con esa red terrorista y no se andaba con chiquitadas en su afán de capturar a Osama Bin Laden". Agrega que "O'Neill no encajaba en el patrón reducido y limitado que el director quería para sus agentes".

Esta rara actitud de Freeh en su enfrentamiento con O'Neill es un claro ejemplo de por qué el "FBI no podía proteger nuestro territorio" y es parte de un cuadro general encaminado a negar recursos y aparentemente a desactivar la campaña antiterrorista a cargo de Clarke. Desde el arribo de Bush, pese a todas las advertencias del autor, de funcionarios del FBI, e incluso del director de la CIA -en un famoso memo del 6 de agosto de 2001 entregado al mandatario- en torno a la alta probabilidad de un ataque de grandes proporciones de Al Qaeda en territorio nacional, los analistas observan una tendencia de la cúpula gubernamental por devaluar sistemáticamente los instrumentos y presupuestos antiterroristas con las más variadas excusas. Es una pauta que se detecta en la Casa Blanca de Bush, Cheney y Rice, en el Pentágono de Rumsfeld y Wolfowitz, y en la fiscalía de Ashcroft, hasta el 11-9, misma que favoreció a los agresores tanto como la ventana de oportunidad que les ofreció la laxa vigilancia aeroportuaria (Clarke quedó "atónito" al enterarse de que a bordo de uno de los aviones secuestrados "había activistas de Al Qaeda cuyos nombres eran conocidos por el FBI") y la coincidencia del ataque, con Vigilant Warrior, ejercicio militar del comando aéreo estratégico (NORAD) realizado el 11-9, que dirigió la atención de las fuerzas aéreas de Estados Unidos, incluyendo los aviones radar AWACS, hacia un hipotético ataque ruso. Mientras, los atacantes hacían lo suyo.

Clarke nos informa que por su enfrentamiento con Freeh, O'Neill había dejado el FBI y acababa de ser nombrado director de seguridad del complejo del World Trade Center "la semana anterior" al ataque. Como a un soldado amotinador al que se castiga enviándolo hacia una muerte segura en el frente de batalla, John O'Neill murió en las Torres Gemelas el 11-9 aplastado por miles de toneladas de acero.

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