María Eugenia Mata
Correo electrónico: matamaru@prodigy.net.mx
Nacemos de la raíz profunda
del maíz que da la vida
fruto del tiempo somos
y del canto del sol
Himno al movimiento indígena mazahua
Introducción
"La cotidianeidad campesina tiene también un gran sabor a maíz, pues éste es no sólo el cultivo y el alimento más importante y de todos los días, sino que requiere un gran número de actividades que conforman parte de la vida diaria de los campesinos. Secar las mazorcas, desgranarlas, cocer y moler el grano y echar las tortillas, todo por la mujer...", nos dicen Arturo León y Luz María Espinosa en un trabajo (del que fueron coordinadores) sobre seguridad alimentaria en México.
El epígrafe y la cita reflejan no solamente la importancia que tiene el maíz en la identidad de los pueblos en México, sino también la indisoluble relación entre maíz y mujer en la vida cotidiana.
En éste y los demás trabajos que se incluyen en este número de La jornada ecológica se busca poner el tema del maíz como un asunto de identidad, autonomía y sobrevivencia alimentaria, además de analizar los problemas y aspectos que contribuyan a la toma de conciencia y aprendizaje sobre los mismos por parte de la sociedad en su conjunto.
Uno de esos asuntos es precisamente la perspectiva de género. Me atreveré a hablar de aspectos que, sin ser experta en todos los ámbitos que se abordan, pretenden ofrecer elementos de reflexión que permitan encontrar enseñanzas y caminos que lleven al cambio. Por ello, hablaremos de la relación entre las mujeres y el maíz desde las visiones antropológicas, políticas y sociales.
Una mirada desde la cultura
La relación maíz-mujer es aún intensa, inclusive no es casual que la tierra -la Madre Tierra- y la fertilidad de la misma hayan sido asociadas por las culturas mesoamericanas con la figura de la mujer. Aunque la relación tiene diversas formas de aproximación de las mujeres según su contexto social, económico y étnico, la mayoría de ellas tiene en el maíz el alimento más preciado.
Dentro de los pueblos indígenas, la tierra es madre, es sagrada porque da de comer a hombres y mujeres, está llena de bondades y ayuda a reafirmar la pertenencia de sus hijos e hijas. Es indudablemente esta cosmovisión lo que ha conservado por miles de años la posibilidad de subsistencia y reafirmación de identidad de los pueblos indios.
El ejemplo de dos culturas indígenas
El pueblo azteca. Citando a Alfonso Caso, a la diosa azteca del maíz se le denominó Chicomecóatl que en lengua náhuatl significa "7 serpiente", la diosa de las cosechas y de la subsistencia. Aparece en los códices con el cuerpo y el rostro pintados de rojo, y una especie de mitra de papel decorada con rosetones del mismo material. Adorno con el que aparece en las esculturas, portando en cada mano una doble mazorca de maíz.
Como el maíz era la planta más importante para los aztecas, tenía una serie de dioses que lo representaban. Es el caso de Centeótl, que literalmente quiere decir dios del maíz (centli, maíz y téotl, dios), y que como otras deidades aztecas, era dual, hombre y mujer.
Sin embargo, la semilla misma se concibe como una mujer que va creciendo, representando con esto el desarrollo de la mazorca. Así, Xilonen (madre del maíz tierno) es la mazorca tierna o en "jilote"; mientras que Ilamatecuhtli (la señora de la falda vieja) es la mazorca ya madura, cubierta por hojas arrugadas y amarillentas.
En nuestro segundo ejemplo, el pueblo maya, existen también diversas creencias donde se refleja su cosmovisión, las diversas deidades femeninas vinculadas a la naturaleza, a la agricultura y, en este caso en particular, al cultivo del maíz.
Una de ellas tiene al maíz como la base con que fueron creados los primeros hombres. Según la leyenda, la doncella Ixquic quedó preñada por la calavera de Hun-Hunapú que pendía de un árbol. Al buscar Ixquic a la madre de Hun Hunapú, es sometida por ésta a una prueba para comprobar que es su nuera, en la que le pide cosechar una red grande de maíz. Ixquic pide ayuda a tres diosas vinculadas al culto del maíz: "Ixtoc, Ixanil e Ixcacau, que cuecen el maíz"; consigue pasar la prueba y recibe el reconocimiento de su suegra.
Esto denota la vinculación entre los símbolos de la vida humana y el maíz que hace la cultura maya, como lo apunta López Austin (1994). Asimismo, se plantea la manipulación del maíz cultivado por la mujer.
Las dimensiones político-sociales del maíz
Nadie puede negar que, en especial la última década, se observa un ascenso de la participación de la mujer rural en el ámbito socio-económico y político; no obstante, su participación productiva tiene todavía serias limitantes y obstáculos que no sólo la desaniman sino que impiden un verdadero desarrollo comunitario o regional.
Según un estudio de la Unión Nacional de Organizaciones Campesinas (Unorca), en la práctica apenas el 15 por ciento de los titulares de estos derechos ejidales son mujeres. Y si hablamos de la "parcela de la mujer", sólo el 24.4 por ciento de los núcleos agrarios cuentan con la debida certificación.
En lo que respecta a la mujer en los órganos de representación, de los treinta mil núcleos agrarios existentes, sólo el 10.3 por ciento tienen al menos a una mujer que ocupa un cargo de representación. Llama la atención, sin embargo, que el porcentaje de su participación es mayor en los puestos de secretaría y tesorería, más que en las presidencias, donde sólo es el 10 por ciento las que están al frente. El que se les encargue de los asuntos que tienen que ver con el manejo del dinero seguramente puede interpretarse como un voto de confianza a la mujer por su honestidad y eficiencia en el manejo de los fondos económicos de los núcleos agrarios.
Más allá de lo que alimenta y nutre en todos los sentidos, no podemos abstraernos de la compleja realidad y dificultad que viven los campesinos e indígenas, y en especial las mujeres, para poder vivir en condiciones dignas y de calidad de vida. No olvidemos que fundamentalmente en las zonas rurales es donde se observa lo que se ha llamado la "feminización de la pobreza".
Esto implica levantarse al amanecer, poner el fogón -leña-, conseguir agua, moler y cocer el maíz junto a la preparación de frijoles, y poner chiles o algo de salsa. La operación se repite según los alimentos diarios que tome la familia. El trabajo se incrementa en fiestas, donde buena parte de los alimentos rituales y festivos se preparan en base a maíz. Por otro lado, dada la alta migración de los hombres hacia el norte del país o a Estados Unidos y Canadá para conseguir recursos de manutención para su familia, la mujer es quién se tiene que hacer cargo de la educación de los hijos, del cuidado de la casa y de conseguir el alimento.
Vale la pena recuperar una parte del texto de un folleto elaborado por mujeres indígenas y que es ilustrativo de cómo ellas perciben su propia acción: "En nuestras comunidades estamos presentes y somos parte importante de diferentes formas: en la tierra y comunidad porque trabajamos la Madre Tierra. Participamos en la siembra del maíz y en la siembra de hortalizas para tener alimentos. Porque hemos luchado y participado en la recuperación de la tierra que nos habían quitado los caciques. Porque también somos parte de la comunidad. En la cultura, porque nosotros organizamos en la comunidad. Celebramos nuestras fiestas. Danzamos la alabanza y la costumbre. Preparamos el pan, el mole y echamos las tortillas. Hacemos presentes nuestras creencias, nuestras costumbres, nuestra lengua, nuestro modo de vivir, nuestro modo de ser".
Lo que es necesario tomar en cuenta son las condiciones bajo las cuales se encuentran actualmente las tierras. Muchos de los terrenos se ubican en zonas de altiplanicie, en laderas, lo que dificulta su acceso, además de la cada vez mayor escasez de agua, empobrecimiento de la tierra y encarecimiento de los insumos agropecuarios.
Para el trabajo de la tierra, la mujer participa de lleno en la cosecha y muchas veces también en la siembra. Tiene un papel fundamental en su almacenamiento y, sobre todo, en su administración. En la transformación del maíz, realiza un ejercicio fuerte en la molienda cuando no tienen acceso a un molino público por no tener recursos para llevar a diario su nixtamal, así como en lo que es echar tortilla con la exposición diaria al humo del fogón que es un problema de salud muy serio en la mujer campesina. Es quizá el incremento de la organización de las mujeres para establecer los molinos de nixtamal una explicación de por qué están tratando de aliviar las cargas del trabajo que realizan a diario.
Es tal la identificación de las mujeres con el maíz, que en las organizaciones existentes se utilizan nombres alusivos a él como es el caso de la red "Mujeres de Maíz en Resistencia" que aglutina a diez cooperativas de mujeres artesanas en los municipios de: Taniperlas, Chenalhó, San Juan Chamula, Yajalón, Tila, Tenejapa y Altamirano en el estado de Chiapas.
Repercusiones en la salud de las mujeres
Retomando el aspecto de salud, abstrayéndose de la parte mística y cultural de la mujer con el maíz, hay que recordar que el fogón como lo usaban ancestralmente las abuelas, se coloca en un rincón de la casa. Consta de tres piedras y un comal de barro arriba de ellas. Ese fogón lo fabrican las propias mujeres y se ponen de cuclillas y cuecen en él o calientan las tortillas de maíz y otros alimentos.
Otro aspecto en la salud tiene que ver con la posición para amasar y echar tortilla tantas horas, lo que supone un serio deterioro en la columna vertebral. Las cocinas tradicionales por miles de años han tenido pocas modificaciones y por muchos son consideradas como una manera "natural" de vivir e, incluso, se le califica como parte de nuestra idiosincrasia; sin embargo son un riesgo para la salud. Quizá este problema no ha sido suficientemente investigado debido a que las afectadas son šprincipalmente mujeres!
Sin embargo, no habría que caer en la explicación fácil de considerar que es necesario "modernizar" el sistema de producción de los alimentos por medio de las estufas con gas y así evitar la depredación del bosque por la leña que se utiliza como una solución última, de subsistencia. Si bien es necesario encontrar salidas tanto para la salud física como ambiental, no todas las comunidades cuentan con las condiciones materiales ni económicas para utilizar el gas; en pleno siglo XXI, me tocó estar en una comunidad en los Altos de Chiapas donde iban a instalar por primera vez la luz eléctrica.
También es necesario mencionar el peso de los comportamientos culturales trasmitidos de una generación a otra que ocasionan resistencia al cambio, sobre todo cuando tienen que ver con papeles tradicionalmente establecidos, como el saborear y consumir una rica tortilla hecha a mano.
Pero, insisto, son las condiciones que social, económica y políticamente están creadas en nuestro medio, en la sociedad, para que las mujeres realicen su trabajo. La mujer rural, sin que por ello olvidemos las cargas de trabajo que también tiene la mujer urbana, emplea hasta 16 horas al día produciendo, elaborando, vendiendo, preparando alimentos, acarreando agua para el hogar además de otras más, tradicionales, como es el cuidado de los hijos, la familia ampliada y los animales de traspatio.
De lo que estamos hablando en resumen y según datos proporcionados por el Instituto Nacional de las Mujeres, en su documento Diagnóstico y desafíos del programa nacional para la igualdad de oportunidades y no discriminación contra las mujeres 2000-2006", es que en la actualidad las mujeres representan el 25 por ciento de los sujetos con derecho a tierra, sea como ejidatarias, poseedoras o avecindadas. Por otra parte, conforman el 43 por ciento de la fuerza laboral en servicios, el 23 en comercio y el 20 en la industria, Y muy especialmente las más jóvenes (53 por ciento) están adquiriendo una presencia cada vez más significativa en la migración tanto nacional como internacional. Esta creciente presencia en los últimos 30 años se caracteriza por la informalidad y/o la precariedad de ingresos y condiciones laborales en sectores intensivos muy desprotegidos legalmente.
No se trata de mostrar competencia entre géneros, ya que la pobreza afecta tanto a hombres como a mujeres, solamente recalcar y no olvidar que el 60 por ciento de las personas que viven en pobreza extrema, son mujeres.
Pero además hay que insistir en que la inequidad de oportunidades entre los sexos no solamente se refiere al número de mujeres pobres, sino también a las características que asume esa pobreza, las dificultades que enfrentan para subsistir, sus efectos en la calidad de vida y en las oportunidades de todo el grupo familiar.
A manera de conclusión
Todo lo anterior no busca formar un rosario de lamentos; ni siquiera se trata de decir que no hay riqueza y valores en la manera como los pueblos indios, y en particular las mujeres, se acercan al maíz. Tampoco se trata de un enfrentamiento entre géneros; es más bien proponer algunas acciones que fortalezcan a los hombres y mujeres mexicanas a fin de que, con el vigor de nuestra cultura ancestral, ayuden a eliminar toda forma de discriminación:
El ocupar cada vez mayores niveles de participación en instancias de decisión exige impulsar la educación y la capacitación y abrir cada vez más las posibilidades de atención a las necesidades específicas de género, como guarderías, hospitales, vivienda digna, ingresos, entre otras muchas.
Para terminar quisiera dejar en el ánimo de los lectores lo que espléndidamente indica un párrafo del folleto La mujer, derechos de los pueblos indios: "ƑPor qué razón somos fuertes aunque el tiempo no nos favorezca? Porque somos parte de nuestra Madre Tierra que nos pide que no nos rindamos. Que sigamos en pie de lucha por nuestros derechos como mujeres. Por nuestros derechos como pueblos indígenas. Por una vida justa y digna que nos permita sentirnos vivas".
Está por un lado la mujer urbana de las colonias marginadas de las ciudades, que va a comprar las tortillas en las mañanas o al medio día, pero también están las campesinas o indígenas que ayudan a sembrar el maíz en sus terrenos para poder transformarlo en alimento. O de las que, organizadas, impulsan proyectos para instalar molinos de nixtamal como una forma de obtener en conjunto una pequeña ganancia a la vez que les sirve para estar organizadas y reconocidas en sus derechos como mujeres de una comunidad.
Sin ánimo de atosigar con datos estadísticos, nos encontramos que para trabajar la tierra la mujer no tiene suficientemente garantizados en la ley y en la práctica su derecho a poseerla y poderla trabajar. La mayor parte de las mujeres acceden a la tierra como viudas de las ejidatarios, lo que ocurre normalmente a una edad avanzada. En este sentido, la mayoría de las mujeres puede desempeñar más bien el papel de eslabón en la transmisión de la tierra entre padres e hijos. A nivel generacional, por ejemplo, las hijas son sucesoras en 8.6 por ciento de los casos, los hijos lo son en 38.8 por ciento. Es decir, que por cada hija beneficiada, lo son 4.5 hijos.
Estas operaciones generan, como lo hemos visto en muchos hogares, humo al interior de la cocina, ahumando todo el cuarto, además de la utilización de leña en cantidades importantes. Este humo contiene componentes venenosos en forma de partículas muy finas y monóxidos de carbono. En una investigación que realizó una organización de mujeres en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, la Secretaría de Salud no consideraba alto el índice de mujeres con cáncer, debido a que éstas no fuman. Pero en cambio no tuvieron en cuenta que su forma de "fumar" es precisamente a través de los fogones, lo cual causa serios problemas a la salud, en especial al aparato respiratorio y al sentido de la vista.