358 ° DOMINGO 31 DE OCTUBRE DE 2004

 
El enviado de Bush a Irak
Un rey
del conflicto
de intereses

Naomi Klein*

El Grupo Carlyle, escribe la autora, intenta encubrir el evidente conflicto de interés entre la participación de Baker en la compañía y su puesto como enviado especial de George W. Bush en materia de deuda iraquí
 
 
Fotografía: AFP
MENOS DE 24 HORAS después de que The Nation reveló que el ex secretario de Estado James Baker y el Grupo Carlyle estaban involucrados en un acuerdo secreto para obtener ganancias de la deuda que tiene Irak con Kuwait, NBC informaba que el acuerdo había "muerto". En The Nation comenzamos a recibir llamadas de felicitación por haberle infligido un daño por mil millones de dólares al Grupo Carlyle, suma que la compañía hubiera recibido en inversión del gobierno de Kuwait a cambio de ayudar a sacarle 27 mil millones de dólares en deudas no cubiertas de Irak.

Nos halagaron (de cierta manera) hasta que nos dimos cuenta de que Carlyle acababa de llevar a cabo un gran golpe de relaciones públicas. Cuando la historia salió, el banco mercantil, notorio por su secrecía, necesitaba encontrar una manera de evadir todo un escándalo político. Escogió una estrategia audaz: Enfrentados a la aplastante evidencia de un conflicto de interés entre la participación de Baker en Carlyle y su puesto como enviado especial de George W. Bush en materia de deuda iraquí, Carlyle simplemente negó todo. La compañía emitió una declaración diciendo que no quiere estar involucrada en el acuerdo de Kuwait "de ninguna manera o forma y no va a invertir dinero recaudado con los esfuerzos del Consorcio" y, más aún, que "Carlyle nunca fue miembro del Consorcio". Un vocero le dijo a The Financial Times que Carlyle se había salido en cuanto James Baker fue nombrado enviado en materia de deuda, porque su nuevo puesto hacía que la participación de Carlyle fuese "indeseable". Misteriosamente, no hubo ningún documento que dejara evidencia –sólo la palabra de Carlyle de que había informado a sus socios de negocios "oralmente".

Admitámoslo: fue una movida audaz. En la filtrada propuesta de negocios del consorcio al gobierno kuwaití –presentado casi dos meses después de que Baker fue postulado–, el Grupo Carlyle es mencionado no menos de 47 veces; es la primera en la lista de las compañías involucradas en el consorcio; y su socio James Baker es mencionado al menos 11 veces. En entrevistas, otros miembros del consorcio, incluyendo la consultoría de Madeleine Albright, confirmaron que Carlyle aún estaba involucrada, también lo confirmó la oficina del primer ministro de Kuwait. Shahameen Sheik, director ejecutivo del consorcio, me dijo que cuando Baker fue nombrado, Carlyle fue "muy claro con nosotros de que querían restringir su papel a ser los administradores del fondo", pero añadió que la empresa aún era parte del trato.

Eso fue exactamente lo que me dijo el vocero de Carlyle, Christopher Ullman. También admitió que, si aceptaban la propuesta, Carlyle se quedaría con mil millones de dólares en inversión. Tras reportar estos datos, Ullman hasta me llamó para agradecerme que lo hubiera citado con precisión.

Así que cuando escuché que Carlyle se echaba para atrás, le llamé a Ullman para ver qué pasaba. Sentí como si estuviera hablando con uno de los personajes con el cerebro lavado del Candidato de Manchuria, la nueva versión de Jonathan Demme sobre una compañía al estilo Carlyle que conspira para poner a un candidato con la mente controlada en la oficina Oval. "Hoy nos enteramos que ni siquiera formamos parte de consorcio", me dijo Ullman, en un tono monótono. "Cuando hablé contigo ayer, no lo sabía".

Sorprendentemente, funcionó. La historia –que llegó a los titulares en todo el mundo– desapareció prácticamente al mismo tiempo en que apareció en la prensa en casa. The New York Times no ha publicado una sola palabra sobre el conflicto de Baker, a pesar de que cuando lo nombraron como enviado, publicó un editorial pidiendo que renunciara de Carlyle para poder "desempeñarse honorablemente en su nuevo empleo". El equipo de Kerry también ha mantenido el silencio, temeroso de que cualquier crítica se le revierta a causa de Albright. Esta fue la brillante puntada de Carlyle: cuando Baker fue asignado, el consorcio reclutó a Albright para llevar a cabo el acuerdo; cuando los cacharon, Carlyle negó toda participación en esta actividad "no deseable" y dejó a una prominente demócrata con la responsabilidad. Conforme desaparecía la historia gracias al embrujo de Carlyle, fue como si les hubieran implantado a todos los medios masivos estadunidenses chips de memoria manchurianos. Aquí había evidencia dura de que el Grupo Carlyle –el "club de los ex presidentes", se maneja tanto como una sociedad secreta que Charles Lewis, del Centro de Integridad Pública, una vez explicó que investigar a la empresa era como "boxear con la sombra de un fantasma"– había participado en una estratagema para usar a Baker y socavar la política estadunidense, posiblemente violando múltiples regulaciones en materia de conflicto de intereses. Carlyle se le estaba yendo otra vez.

***

La cuestión central permanece sin respuesta de la Casa Blanca: los intereses de Baker, ¿han comprometido su actuación como enviado en materia de deuda? Esa pregunta no se diluye simplemente porque mil millones de dólares permanecerán en los fondos de un rico emirato petrolero en vez del fondo de inversión de Carlyle. La semana posterior a que perdió el acuerdo, Carlyle entregó un pago récord de 6.6 mil millones de dólares a los inversionistas. "Son los mejores 18 meses que hemos tenido jamás", presumió el funcionario en jefe de inversiones, de Carlyle, Bill Conway, a The Financial Times. "Hicimos dinero y lo hicimos rápido".

En Irak, los pasados 18 meses han sido marcadamente peores, y lo que está en juego en la labor de Baker es considerablemente más alto. Esto fue subrayado el 13 de octubre, cuando el ministro de Salud iraquí publicó un espantoso reporte sobre la crisis de salud tras la invasión, incluyendo brotes de tifoidea y tuberculosis y crecientes tasas de mortalidad infantil y materna. Una semana después, Irak desembolsó otros 195 millones de dólares por reparaciones de guerra, sobre todo a Kuwait. Mientras tanto, el Departamento de Estado anunció que 3.5 mil millones asignados a proyectos de agua potable, sanidad y electricidad serán transferidos a seguridad en Irak, y aseguró que, según el secretario de Estado adjunto Richard Armitage, un alivio a la deuda está en camino.

¿Lo está? De hecho, Irak se está hundiendo en una deuda peor, con 836 millones de dólares en nuevos préstamos y subvenciones que ahora fluyen del FMI y del BM. Mientras tanto, Baker no ha logrado que un solo país se comprometa a erradicar las deudas iraquíes. Los acreedores de Irak saben que mientras Baker les pedía que fueran compasivos, su compañía le ofrecía a Kuwait empujar a Irak a pagarle. No es el tipo de noticias que suele generar generosidad y buena voluntad. El momento no podía ser peor: el club de París está a punto de definir un acuerdo final sobre la deuda iraquí.

Pero eso no pasará hasta el 12 de noviembre. Y si el 2000 tiene algo que enseñarnos, para entonces Baker ya podría tener negocios mayores. Si otra elección necesita ser robada, sigan a Baker con atención.

(Tradución: Tania Molina Ramírez. Copyright Naomi Klein 2004. Una versión de esta columna primero apareció en The Nation)