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México D.F. Lunes 22 de noviembre de 2004
Jorge Santibáñez Romellón*
Bush (Ƒel nuevo?) y la frontera
Una de las regiones del mundo más afectadas por la política de seguridad nacional que actualmente instrumenta el gobierno de Estados Unidos es la frontera que comparte con México. Uno de los significados más claros de los ataques terroristas del 11 de septiembre se expresa en el hecho de que el golpe y ofensa a nuestro poderoso vecino se realizó sobre uno de los pilares de esa nación y de su soberanía: su territorio. Esto, que podría parecer reflexión teórica, tuvo efectos concretos en nuestras fronteras. A partir de ese momento, el gobierno encabezado por Bush dedicó sus mejores esfuerzos a: aniquilar a los enemigos, reales o inventados, asociados con los mencionados ataques, en donde quiera que estén, y a cuidar su territorio.
Para el segundo objetivo de su estrategia de seguridad creó una poderosa secretaría de Estado (Homeland Security Department), que se encargaría de eso: cuidar el territorio. Para ello, una tarea fundamental es saber quién entra, quién sale y quién permanece en Estados Unidos, y utilizó como estrategia la vigilancia rígida de la frontera. Así, aunque conceptualmente resulte absurdo y contrario a la cotidiana interacción de las comunidades fronterizas, a la lógica de un mundo globalizado del cual Estados Unidos es el principal beneficiado e inclusive a las propias estrategias de los grupos terroristas u otro tipo de enemigos, para quienes el paso por la frontera no representa ningún problema, de manera clara el presidente estadunidense y su equipo apostaron a construir un muro virtual que registre y controle el acceso a su territorio, paradójicamente llamado U.S. Visit Program.
Este modelo, que tiene un altísimo costo para los contribuyentes "hace agua por muchos lados". A más de tres años de los atentados del 11 de septiembre, aún no se sabe, bien a bien, quién entra, quién permanece o quién sale de Estados Unidos, al menos no para los efectos de un control exhaustivo como se planteó en un principio. Por la frontera entre México y Estados Unidos siguen transitando año con año, cerca de 400 mil emigrantes indocumentados que el poderoso Departamento de Seguridad del Territorio no quiere o no puede detectar. En Estados Unidos residen actualmente, según las estimaciones de ese gobierno, cerca de 12 millones de indocumentados, que nadie sabe quiénes son (salvo los empleadores que disfrutan de esa mano de obra dócil y barata) y por la frontera terrestre se puede abandonar el país, sin ser sujeto de inspección alguna.
A pesar de ello, este modelo, insertado en un discurso de guerra al enemigo y vigilancia extrema del territorio, primero fortaleciera al actual presidente de Estados Unidos y después le dio votos a él y a su partido. Ganadas las elecciones de 2004, se presentaban varios escenarios. De manera quizá simplista los especialistas contemplaban dos. Uno sería el de la continuidad del modelo de vigilancia y seguridad como eje, y el otro el del cambio hacia cuestiones sociales y económicas, abandonando o por lo menos disminuyendo el gobierno de la (in)seguridad, toda vez que las elecciones ya se habían ganado, además con un margen de maniobra bastante holgado. Si este segundo escenario ocurre, entonces podríamos esperar un trato menos asociado a la seguridad en nuestra frontera, mientras que si se presenta el de la continuidad deberíamos esperar una frontera rígida y un manejo del tema migratorio asociado a la seguridad.
La verdad de las cosas, el segundo modelo, el del de-sarrollo es, en el caso mexicano, más un deseo que una visión realista. Aunque Bush ya no podría ser relecto, nada indica que vaya a modificar (o que le vayan a permitir hacerlo) la estrategia que lo fortaleció y lo hizo ganar holgadamente un proceso electoral que parecía difícil. La recomposición de su equipo así lo demuestra. Para nadie es un secreto que Colin Powell -hasta hace poco responsable del Departamento de Estado- fue del equipo cercano del presidente quien más se opuso a la guerra y a la lógica de la seguridad extrema como eje de la estrategia política de gobierno (en momentos importantes del proceso que concluyó con la decisión de atacar Irak, Powell fue excluido de varias reuniones) y que Condoleezza Rice, que sustituye a Powell, fue precisamente uno de los integrantes del equipo que más impulsó dicha estrategia.
Así las cosas, más vale irse preparando de manera realista para lo que viene: un tratamiento rígido para la frontera, abordaje del tema migratorio asociado con la lógica de seguridad que elimina la posibilidad de un acuerdo migratorio, toda vez que, bajo esa visión, el enemigo viene de afuera. Se buscará que los indocumentados que residen y trabajan en Estados Unidos "salgan a la superficie", pero sin arriesgar el capital político en un proceso de regularización al que Bush se refiere como amnistía. Si acaso habrá algunos programas de cruce rápido para ciertos sectores de las sociedades fronterizas, los que en opinión de nuestros vecinos no representen ningún riesgo (y que hoy es inferior a 5 por ciento de los residentes en estas comunidades) y un programa de trabajadores temporales que disfrace la migración indocumentada y continúe proporcionando los empleados que el mercado laboral estadunidense requiere y de paso propicie que algunos de los indocumentados se hagan visibles.
Creo que para México es mejor ver esa realidad que seguir insistiendo de manera obsesiva en un acuerdo migratorio, en el que ya nadie cree y que no va a llegar en un plazo razonablemente corto. *Presidente de El Colegio de la Frontera Norte opinion@colef.mx
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