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México D.F. Sábado 11 de diciembre de 2004
Howard Zinn*
Concentremos esa rabia
En los días posteriores a la elección presidencial
estadunidense, parecía que todos mis amigos estaban deprimidos o
furiosos, frustrados o indignados, o sencillamente disgustados. Vecinos
que nunca me habían dicho nada más que "hola" me detenían
en la calle para endilgarme pequeños discursos apasionados que me
hacían pensar que acababan de escuchar una retransmisión
de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en la cual poderosas
criaturas llegan a la Tierra para apoderarse de ella.
Pero luego reconsideré: no habían escuchado
a H. G. Wells: era verdad que extrañas y poderosas criaturas acababan
de ocupar Estados Unidos y ahora deseaban capturar el resto del mundo.
Sí, Bush fue relecto presidente y, sea que hubiera habido fraude
electoral o no, John Kerry rápidamente lanzó la toalla. El
pececito rogó al cocodrilo que se reconciliaran.
En son de triunfo, el relecto Bush anunció que
contaba con la aprobación de la nación para llevar adelante
sus planes. No hubo ninguna señal de oposición del que se
supone que es el partido opositor. En pocas palabras, los miembros del
club, después de una breve escaramuza en la arena electoral (que
costó en total mil millones de dólares o cosa por el estilo),
volvieron a sentarse a tomar la copa en el mismo bar. Cuando, a mediados
de noviembre, la biblioteca presidencial de Bill Clinton abrió sus
puertas, ex presidentes demócratas y republicanos, junto con el
Ejecutivo actual, se sentaron lado a lado y declararon su ferviente anhelo
de unidad.
Sin embargo, alguien se quedó al margen de la celebración,
de esta insistencia en que todos formamos una familia feliz que acepta
al presidente por otros cuatro años: el pueblo estadunidense no
estuvo de acuerdo en absoluto.
Consideremos lo siguiente: Bush recibió 51 por
ciento de una población formada por sólo 60 por ciento de
los votantes elegibles, lo cual significa que obtuvo la aprobación
de 31 por ciento de esos electores. Kerry recibió 28 por ciento.
El 40 por ciento que no emitió su sufragio dio a entender que no
había un candidato que mereciera su aprobación. Sospecho
que un alto porcentaje de los que votaron pensaban igual, pero votaron
de todas formas.
¿Es una victoria decisiva? ¿Se acató
la voluntad del pueblo? (Si en verdad fuéramos democráticos,
tal vez ese 40 por ciento de no votantes que formaban la pluralidad habrían
obtenido lo que deseaban: ningún presidente.)
El presidente puede insistir en que tiene "un mandato",
pero a todos los demás nos corresponde decir con firmeza que no
es así. Cierto, tuvo más votos que su opositor demócrata,
pero para la mayor parte del electorado ese candidato no constituía
una opción real. Más de la mitad del público, según
encuestas de opinión realizadas a lo largo de los seis meses pasados,
había declarado su oposición a la guerra. Ninguno de los
principales candidatos representaba su punto de vista, así que se
desconectaron del proceso.
¿Qué hacer ahora? Concentrar esas emociones
de furia en reacción a la elección. En esa rabia, ese desencanto,
esa dolorosa frustración radica una enorme energía combustible,
que, si se pone en movimiento, puede revigorizar un movimiento antibélico
que se ha visto amenguado por una campaña electoral que lo absorbió
todo. Es parte de la naturaleza de las campañas electorales "embotellar"
la vitalidad de personas imbuidas de una causa sentida de corazón,
diluir esa causa y verterla en la dudosa empresa de impulsar a cierto candidato
supuestamente mejor hacia un cargo. Pero ya con la elección terminada
desaparece la necesidad de contenerse, de hacer lo que tanta gente bienintencionada
hizo, que fue seguir de manera acrítica los pasos de un candidato
que esquivó casi todos los temas importantes.
Liberados de los sórdidos confines de nuestro antidemocrático
proceso político, podemos ahora dedicar todas nuestras energías
a hacer lo que nuestro sistema electoral desalienta: hablar con audacia
y claridad de lo que se debe hacer para dar un giro total a nuestro país.
Y no nos preocupemos por ofender a ese 22 por ciento de la nación
(no sabemos la cifra exacta, pero sin duda es una minoría) formado
por fundamentalistas religiosos y políticos que invocan a Dios mientras
llevan a cabo la tarea del asesinato en masa y la conquista imperial, que
desprecian el mandato bíblico de amar al prójimo, convertir
las espadas en azadas, cuidar al pobre y al desvalido.
La mayoría de los estadunidenses no quieren guerra.
Quieren que la riqueza del país se use para atender necesidades
humanas: salud, trabajo, escuelas, niños, vivienda decente, un ambiente
limpio, y no para submarinos nucleares de miles de millones de dólares
y portaviones de cuatro mil millones. Pueden ser desviados de sus creencias
esenciales por una batería de propaganda electoral, repetida obedientemente
por la televisión, la radio y los principales periódicos.
Pero se trata de un fenómeno temporal y, a medida que la gente se
da cuenta de lo que ocurre, surge su instinto natural de empatía
con otros seres humanos. Lo vimos en los años de Vietnam, cuando
al principio dos terceras partes de la nación, que confiaban en
el gobierno y a las cuales los medios complacientes no les daban ninguna
razón para el escepticismo, apoyaban la guerra; pero unos años
después, cuando la realidad de lo que hacíamos en Vietnam
empezó a mostrarse -cuando las bolsas con restos humanos se acumularon
aquí y las imágenes de niños quemados con napalm aparecieron
en las pantallas de televisión, y el horror de la masacre de My
Lai, al principio ignorado, finalmente salió a la superficie-, la
nación se volvió contra la guerra.
Cada vez más, la realidad de lo que ocurre en Irak
se hace visible entre la nube de propaganda oficial y timoratez de los
medios. No puede menos que conmover el corazón de los ciudadanos
de este país, al ver a sus soldados marchar a Irak inocentes y volver
embrutecidos por la guerra, cometer actos de tortura contra prisioneros
indefensos, matar a tiros a personas heridas, bombardear casas y mezquitas,
reducir ciudades a escombros y lanzar a las familias de su casa hacia el
campo despoblado.
La ciudad de Fallujah ha quedado en ruinas por una feroz
campaña de bombardeos. Comienzan a aparecer fotografías (aunque
todavía no en los principales medios, así de cobardes son)
de niños baldados, de un infante tendido en una camilla al que le
falta una pierna. Es la clásica historia de una potencia militar,
dotada de las armas más avanzadas y letales, que trata de someter
a la población hostil de un país pequeño y débil
mediante la pura crueldad, la cual sólo aumenta la resistencia.
La guerra en Fallujah no puede ganarse. No debe ganarse. El movimiento
en Estados Unidos contra la guerra debe enfrentar el horror de la situación
mediante una variedad de acciones valientes.
Tomaremos los instrumentos clásicos de los ciudadanos
en la historia de los movimientos sociales: manifestaciones (está
programada una enorme en Washington para el día de la toma de posesión),
vigilias, piquetes, desfiles, tomas pacíficas, actos de desobediencia
civil.
Apelaremos a la buena conciencia del pueblo estadunidense.
Haremos preguntas: ¿en qué clase de país queremos
vivir? ¿Queremos que el resto del mundo nos aborrezca? ¿Tenemos
derecho a invadir y bombardear otros países, arguyendo que los salvamos
de la tiranía y matándolos a millares? (¿Cuál
es la cuenta real de muertos en Irak hasta ahora? ¿30 mil, 100 mil?)
¿Tenemos derecho a ocupar un país cuando la población
de esa nación obviamente no nos quiere allí?
Los resultados electorales nos engañan al registrar
las creencias diluidas y poco firmes de una población forzada a
reducir sus verdaderos anhelos a las estrechas dimensiones de una boleta
electoral. Pero no estamos solos, ni en este país ni sin duda en
el mundo (no olvidemos que 96 por ciento de la población de la Tierra
reside fuera de nuestras fronteras).
No tenemos que hacer la tarea solos. Los movimientos sociales
siempre han tenido un aliado poderoso: la inexorable realidad que opera
en el mundo, impermeable a las miras de quienes gobiernan sus países.
Esa realidad opera ahora. La "guerra al terror" se está volviendo
una pesadilla. Denunciantes dentro del propio gobierno comienzan a revelar
secretos. (Un alto funcionario de la CIA escribe sobre la "arrogancia imperial"
y luego renuncia a la agencia.) Los soldados cuestionan su misión.
La corrupción subyacente en la guerra -los contratos multimillonarios
de Halliburton y Bechtel- comienza a aflorar. El gobierno de Bush, altivo
y arrogante, que se adhiere a la regla del fanático -redoblar el
paso cuando se va en la dirección incorrecta-, se dará cuenta
demasiado tarde de que avanza hacia el precipicio.
Si los líderes del Partido Demócrata no
entienden esta realidad y no responden directamente a los anhelos de las
personas en todas partes del país (olvidémonos del rojo y
el azul, esas absurdas generalizaciones que pasan por alto las complejidades
del pensamiento humano), se hallarán uncidos al vehículo
de Bush en el camino hacia el desastre.
¿Encarará el Partido Demócrata, tan
cobarde y poco confiable, una revuelta desde la base que sea capaz de transformarlo?
¿O dará paso (dentro de cuatro, dentro de ocho años)
a un nuevo movimiento político que declare con honradez su adhesión
a la paz y a la justicia? Tarde o temprano el cambio profundo llegará
a esta nación hastiada de la guerra, cansada de ver su riqueza dilapidada
en tanto las necesidades básicas de las familias permanecen sin
atenderse. Estas necesidades no son difíciles de describir. Algunas
son muy prácticas, otras son requerimientos del alma: atención
a la salud, salarios con los que se pueda vivir, sentido de dignidad, sentido
de ser uno con nuestros semejantes en esta Tierra. El pueblo de este país
tiene su propio mandato.
* Autor de A People's History of the United States
y columnista de The Progressive.
Traducción: Jorge Anaya
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