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Lunes 13 de diciembre de 2004
Jorge Santibáñez Romellón*
ƑDemocracia o errores políticos?
Los sucesos en torno a la aprobación del presupuesto federal de 2005 ponen en evidencia una buena cantidad de temas en torno a la realidad de la política actual sobre los que vale la pena reflexionar con más cuidado; no solamente porque el presupuesto se apruebe o no, lo cual sin duda ocurrirá tarde que temprano y con menos cambios que los anunciados, sino por la forma, tono y fondo que tiene este debate, sin duda singular en el contexto político mexicano.
Mucho se ha dicho que las escenas que hemos visto en nuestro Congreso, particularmente entre los diputados que se gritan e insultan, que toman la tribuna y que pierden el respeto por las formas más elementales, son hechos que, aunque los reprobemos, ocurren casi cotidianamente en países democráticos como Francia, España o Italia, y que en esa lógica, más que desplantes que ponen en riesgo la democracia, deberían ser vistas precisamente como lo contrario, ya que demuestran que nadie se impone a nadie y que las peores irreverencias son permitidas. Por supuesto, a nadie le gusta ni enorgullece, pero una cosa es que no gusten y otra muy diferente que deban reprobarse o prohibirse o, peor aún, que deban ser vistas como expresiones que atentan contra la vida democrática.
En esa misma lógica, que una propuesta de presupuesto, presentada por el Ejecutivo, sea modificada y transformada por los partidos de oposición no debería sorprender a nadie, como tampoco sería sorprendente que el Ejecutivo a su vez reaccione y recurra a todos los instrumentos a su alcance, incluyendo los recursos legales. Sin embargo, cuando el Ejecutivo tiene que recurrir a argumentos legales para sustituir la capacidad de gestión política, algo anda mal y debemos preguntarnos qué es.
El presidente Fox fue quien propuso y logró que el presupuesto se presentara a más tardar el 15 de noviembre, en vez del 15 de diciembre como se hacía anteriormente. Esta medida, a todas luces justificable, permitiría un mejor análisis y que las cosas, según se había hecho tradicionalmente en México, no se hicieran sobre las rodillas. Lo menos que podemos decir es que está probando una "sopa de su propio chocolate", ya que nunca se pensó, ni el Presidente ni nadie más, que ese tiempo adicional de casi un mes fuera aprovechado para analizarlo mejor, pero también para implementar cambios sustanciales y permitir, por no decir propiciar, un manoseo con fines poco claros. Finalmente, la metodología "priísta" era funcional, ya que al aprobar el presupuesto sobre las rodillas no se dejaba espacio a manipulación alguna y, aunque había debate, el 31 de diciembre ahí estaba el presupuesto aprobado.
El otro problema que se presentó en este proceso fue el de la gestión que realizaron diversos actores gubernamentales para cabildear directamente su presupuesto. Como en muchos otros temas, la medida de adelantarlo un mes es en principio buena y conveniente; sin embargo, eso presupone buena coordinación en el equipo gubernamental y el desarrollo de gestiones y estrategias paralelas que lleven a buen término el proceso y que de no hacerse, a la larga, empantanan más el camino.
Lo que sucedió en la práctica es que, de una u otra forma, casi todas las dependencias hicieron un cabildeo con los diputados, francamente desordenado, velando cada quien por sus intereses, sin un mensaje común, que fuera propio de un equipo de gobierno, tratando igual a los diputados del partido en el poder, es decir, en principio afines al gobierno del que forman parte, que a los de la oposición y convirtiéndose así en manjar para estos últimos, quienes de ninguna manera desaprovecharían la oportunidad de golpear al gobierno en turno. Dejarían de ser de oposición.
El asunto parece del primer curso de teoría política. Si usted fuera diputado de la oposición y lo visitara un secretario de Estado para pedirle una modificación presupuestal, ya que lo que pidió el Ejecutivo, del que en principio él depende, no le alcanza, lo menos que se puede pensar es que hay diferencias en el interior del equipo gubernamental. Si además eso lo hacen varios, por no decir todos los secretarios de Estado y titulares de dependencias paraestatales, el asunto adquiere carácter sistémico. Lo que siguió es bien conocido. Sin duda habrá presupuesto, pero es innegable que el gobierno, hacia fuera y hacia adentro de sí mismo, sale debilitado de un proceso de trámite o que por lo menos no debió causar tanto revuelo. Se muestra poca destreza política y la lección es que cuando no se está preparado para un proceso como el de adelantar los tiempos en aras de la eficiencia y transparencia, parecería que resulta más conveniente no impulsar cambio alguno. Malas noticias para la democracia.
* Presidente de El Colegio de la Frontera Norte
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