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Jueves 16 de diciembre de 2004

Soba, su segundo largometraje, ha participado en varios festivales internacionales

Hacer cine en México, sin palancas ni mecenas, es un arte: Alan Coton

Cuando Shopie Avernin, coproductora, ofreció la cinta del realizador mexicano a una distribuidora, la aceptaron pero con la condición de cambiar un diálogo o escena

TANIA MOLINA RAMIREZ

Hacer cine podría parecer un oficio lúdico, privilegiado, en el que uno da rienda suelta a la imaginación y se divierte. En nuestro país, debido a la falta de apoyo gubernamental y al monopolio de las salas de cine, hacer una película independiente, sin palancas ni mecenas, termina siendo un arte en el que uno se mete sólo estando un poco loco y teniendo una dosis de heroicidad. "Se realiza con todo en contra", cuenta en entrevista con La Jornada el director Alan Coton.

En México, dice el realizador, las productoras se rigen por dictados de las distribuidoras -en su mayoría estadunidenses-, que a su vez se rigen por las salas de cine, que en enorme medida están en manos de la industria cinematográfica del vecino país del norte ("unas, porque obtienen la mayoría de sus ganancias del material hollywoodense y otras por ser de capital estadunidense").

El negocio de las salas de cine está dominado por Cinemex, MMCinemas, Cinépolis y Cinemark. Son las ganonas de la industria cinematográfica nacional. "Los cines se quedan con cerca de la mitad de lo que deja una película", dice Coton.

Por otro lado, el gobierno prácticamente no apoya la industria cinematográfica nacional. "En la mayoría de los países, los gobiernos otorgan subvenciones a cada paso del proceso cinematográfico y las televisoras participan en 'precompras'. Aquí, mucha gente acaba haciendo cine con fondos propios", explica. Si uno no tiene asegurada la distribución, hacer una película puede dejarlo a uno lleno de deudas y con escasas posibilidades de recuperar lo invertido. Coton, por ejemplo, tuvo un alumno que vende pozole para poder hacer videos.

Pocos se arriesgan a invertir en el cine nacional. La productora, Sophie Avernin, cuenta que cuando le ofrecían a empresarios invertir en la película, "a muchos les hacía ilusión, se emocionaban, pero luego, inclusive antes de haber visto la cinta, les daba pánico y no le entraban". A pesar de la ola de popularidad en la que parece estar montada el cine mexicano actual, los empresarios "no le tienen fe", asegura Avernin.

Coton adjudica la desconfianza a la intangibilidad del séptimo arte: "No son zapatos".

Sin distribuidora en México para su largometraje

Ahora Soba, segundo largometraje de Coton, a pesar de haber sido seleccionada para participar en varios festivales internacionales, aún no encuentra distribuidora en México.

El cineasta relata las vicisitudes para sacar Soba. Para su realización, fundaron en 2000 la cooperativa 9.5 Grados en la Escala de Richter. Todos aportaron su trabajo y dinero, precisa. Cobrarán ("si hay algo que cobrar") hasta que se estrene la película.

"Hasta ahora han sido puros gastos", explica el director y guionista. "El dinero lo pusieron los cooperativistas y hubo gente que prestó las luces, las locaciones". Hasta el laboratorio les hizo un descuento.

Dos veces solicitaron apoyo, "lo que fuera, al menos para buscar patrocinadores", al Fondo Nacional para las Culturas y las Artes (Fonca) y al Instituto Mexicano de la Cinematografía (Imcine). Y nada.

"En total, gastamos un millón 200 mil pesos (en rodaje y postproducción)", cuenta el director. Poco. El promedio en México es 10 veces esa cantidad.

La dificultad con la que ahora se enfrenta la compañía La Chancla, coproductora de Soba, es encontrar una distribuidora.

Sophie Avernin, coproductora de la cinta, explica que cuando ofreció Soba a una de las distribuidoras más grandes, le dijeron "sí, pero hay que cambiarle tal diálogo, quitar tal escena". Pues no, dijo la productora. "Es como si el comprador de un cuadro de Toledo dijera: 'está deprimente, pónle rojo'."

El recuento de daños a la industria nacional cinematográfica que narra el director Coton se parece al de otros sectores, como el agrícola o el financiero: "Salinas acabó con la industria nacional. Remató nuestros cines. Quitó el requisito que tenían las salas de pasar 50 por ciento de cintas mexicanas". (En este sexenio se publicó en el Diario Oficial una ley que determina que las salas tienen que pasar un mínimo de películas mexicanas y exhibirlas a más tardar en seis meses, pero no establece penas.)

Además, "la Suprema Corte dictaminó contra la iniciativa de aportar un peso de cada boleto al cine nacional", precisa Coton.

Sin incentivos fiscales

Por si fuera poco, "casi no hay incentivos fiscales" para que los empresarios inviertan en el séptimo arte. Coton añade: "Hasta hace poco se votó a favor de que se pudiera destinar hasta el 3 por ciento del ISR al cine mexicano".

La industria se ha vuelto a tal grado un monopolio que, sin ir más lejos, el presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Cine y Video (Canacine), Miguel Angel Dávila, es el director general de Cinemex. Por ejemplo, "no hay un control estatal de las entradas al cine", señala Coton. La Canacine "vigila las entradas; es, pues, juez y parte", agrega.

Es costumbre que si una cinta llena la sala viernes, sábado y domingo, se queda una semana más en cartelera. Sin embargo, el director de Segundo siglo descubrió que las salas estaban manipulando las cifras de entradas para quitarla más rápido de la cartelera, explica la productora Avernin.

Así la situación, el director de Soba concluye que está pensando "en mejor distribuir nosotros mismos la película, con La Chancla". Y añade: "Hace falta crear salas nacionales, para acabar con esta competencia desleal".

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