León Bendesky
Al 2005
La dependencia de la economía mexicana respecto a la de Estados Unidos es un hecho cada vez más decisivo. Este fenómeno no es básicamente nuevo, pues desde hace más de un siglo el comercio exterior está muy concentrado en aquel mercado, alrededor de cuatro quintas partes del total. Y se ha ido profundizando en las décadas más recientes en cuanto a las inversiones directas y financieras que provienen de aquel país, en torno a dos terceras partes del acervo existente.
El funcionamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte no ha significado un aprovechamiento más efectivo de esa estrecha relación económica. El tratado, junto con la amplia apertura, ha marcado notablemente la manera en que operan algunos sectores de la manufactura, las telecomunicaciones y parte de la producción agrícola mexicanas. No obstante, no se han convertido en fuerza motriz de conjunto y, en cambio, coexiste con un debilitamiento progresivo del mercado interno.
Además, el impacto del tratado ha ido repercutiendo en la menguada capacidad de expansión y en la trayectoria de la dinámica de la economía nacional. No se ha podido destrabar el largo periodo de lento crecimiento que se registra ni el deterioro de la distribución del ingreso. Ahora incluso el ciclo de negocios está cada vez más estrechamente vinculado con el estadunidense, aunque con variaciones más fuertes que aumentan el costo económico y financiero del estancamiento productivo de largo plazo.
Uno de los rasgos que son hoy más notorios en este marco de fuerte dependencia es el efecto sobre el mercado de trabajo. Ante la insuficiente creación de empleos bien remunerados se ha acrecentado la migración y con ella las remesas de los trabajadores que superan los 17 mil millones de dólares anuales.
Con las remesas no sólo se satisfacen las necesidades de muchas familias en prácticamente todo el país, sino que incluso se contribuye a cerrar el ciclo de financiamiento de la economía, junto con los rendimientos del petróleo. Las distorsiones del mercado de trabajo en México que se han gestado en las dos décadas recientes y que se siguen profundizando, constituyen uno de los elementos esenciales de esta economía fundado en la relación con Estados Unidos.
Finalmente, la dependencia ha ido modificando también de modo relevante la configuración territorial de las actividades productivas en el país, y ello, en términos regionales y, sobre todo, locales. Esta economía está hoy más desarticulada en cuanto al funcionamiento de los sectores productivos, del mercado laboral y de su geografía.
Y todo ello ocurre en un entorno en el que la política económica y las decisiones empresariales de mayor envergadura no han podido, o querido, aprovechar las ventajas de la vecindad con el mercado más grande del mundo, con un tratado comercial que, aunque muy mal negociado, podría irse adaptando mejor a las condiciones internas de la generación de riqueza.
Pero para que esto suceda no existe ni la voluntad política ni los incentivos económicos suficientes. Este es, sin duda, un campo estratégico de la definición de las políticas de desarrollo, misma que requiere atención urgente, ya que hasta ahora ha generado grandes beneficios para grupos muy identificados, frente a una debilidad estructural de las condiciones en que operan la mayoría de las empresas y de los rendimientos en cuanto al bienestar social.
En el último par de años la economía mexicana ha sacado alguna ventaja de la recuperación estadunidense. Pero ella tiene sus propias tensiones que se transmitirán aquí. Una se ubica en el terreno fiscal con el aumento del endeudamiento que eleva el déficit público y presiona a la elevación de las tasas de interés, tal como ha ocurrido en el curso de todo este año con los fondos que fija la Reserva Federal. Su efecto en México es visible en el aumento al doble de las tasas de los Cetes en el mismo lapso.
Para financiar en parte el desequilibrio fiscal estadunidense se atraen capitales del exterior y se ha mantenido bajo el valor del dólar frente al euro y el yen. No obstante, las importaciones superan a las exportaciones y así se acumula un desajuste externo que contribuye a elevar la deuda.
Ambos desequilibrios, el fiscal y el externo, son los que se conocen como los déficit gemelos y las presiones financieras que ocasionan repercutirán de modo adverso en México mientras persistan. Y lo harán igualmente cuando se precipite el necesario ajuste que puede provocar un episodio recesivo en Estados Unidos o cuando menos provoque menor ritmo de crecimiento del producto y, con ello de la demanda de importaciones desde México. En 2004 se estima que el PIB aumentará 4.3 por ciento, pero sólo 3.1 en 2005 y 2.9 el año siguiente.
Aquí parece que sólo con mantener la estabilidad macroeconómica, con un bajo déficit fiscal y control monetario, será suficiente para sortear esas presiones. Esta visión es miope y las condiciones externas no serán un apoyo para la recuperación interna, que sin estímulos suficientes no tendrá tampoco la fuerza necesaria para impulsar el crecimiento productivo ni el empleo.