Jornada Semanal, domingo 16 de enero de 2005        núm. 515

HUGO GUTIÉRREZ VEGA

ELISEO DIEGO O LA LUMINOSIDAD

Para Eliseo Diego, la poesía era una forma de mirar a los seres y a las cosas del mundo. Tal vez por esta razón puede verse la lejana sombra de Juan Ramón Jiménez en uno de los principales libros del poeta cubano, El libro del quizás y de quien sabe. Nuestro autor escribe para que las cosas permanezcan y se fijen en el tiempo y en el espacio. Lo hace, además, para que no se pierdan las palabras.

En la poesía de Diego son tan importantes los silencios como las palabras:

Una tarde mi abuela
tuvo sus años en la mano
como un encaje
y luego
se ha dormido.
Yo busco
sus trabajos –¡armarios
hondos, corredores!–
y no encuentro
sino a mi madre que cose
a la sombra de casa
un pañuelo tan leve,
tan delgado.
La infancia está presente en esta poesía tan plácida y tan llena de urgencias humanas. Junto con ella está lo aparentemente pequeño, las cosas de todos los días, el pan mañanero, el espíritu de la casa.

En la calzada de Jesús del Monte es uno de los libros fundamentales de la lírica castellana moderna. Lo digo evitando el tono enfático que, sin duda, a Eliseo le molestaría, pero que se joda, uso la palabra con todo su peso y significado.

Es oportuno hacer la memoria de ese grupo de grandes escritores cubanos que llevaba el nombre de "Orígenes". Lo integraban Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Gastón Baquero, Eliseo Diego, el Padre Gaztelu, Octavio Smith y Julián Orbón, entre otros. Sin ellos no se explica la literatura cubana moderna y contemporánea. Para los poetas del grupo, la poesía es una sorpresa constante y el poema ya terminado, como afirma McNiece, se independiza de su autor y se convierte en "un organismo autosuficiente, en una creación". Eliseo encuentra poesía en todas partes. Gracias a Neruda, el poema dejó atrás las palabras y los temas consagrados y entró a todos los terrenos de la existencia, desde las alturas sublimes de Macchu Picchu hasta el sabroso caldillo de congrio o una vieja bicicleta brillando en un ácido basurero.

Dice Ivette Fuentes que Eliseo buscó en su poesía a los "pequeños dioses" que sobreviven en este caos contemporáneo. Son los dioses de la infancia, los que presiden los ritos domésticos, la esposa, los hijos, los nietos, los amigos... Por esta razón le dice a su compañera Bella:

Tú estás hecha de infancias, niña mía.
Tú eres toda de niños. Vida sólo.
Fina García Marruz así describe a Eliseo:
Vienes de una infancia pura,
dulce y taciturno hermano,
como el pan de la ternura
de tu mano...
La claridad de la poesía de nuestro autor es un homenaje a la coherencia. Dentro de esas transparencias está presente la función demiúrgica del poeta, manifiesta a través de sus símbolos pertenecientes a lo que Ivette Fuentes llama "una especie de hermenéutica cristiana".

En Eliseo la poesía es, además, una cuestión de ética. Nuestro poeta era un hombre bueno y decente. Esto es excepcional en estos tiempos en los que la indecencia gana elecciones.

La poesía de Eliseo pertenece al mundo de lo que permanece luminoso a pesar de las sombras que lo cercan y amenazan.