Jornada Semanal, domingo 16 de enero  de 2005            núm. 515

ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR


EL OFICIO ANGÉLICO
(II de IV)

Esta saga a lo divino, que ha prohijado incontables discusiones acerca de la rebeldía y la sumisión, del estado de caída, de la libertad, del origen del mal en el universo, del libre albedrío y de la fidelidad, no deja de tener sesgos perturbadores pues, aceptando que el mal sea la ausencia del bien y que las fuerzas negativas sean el cerrojo de una puerta que está en las antípodas de Dios, resulta inexplicable que ante la presencia del Sumo Bien se pueda elegir el Sumo Mal: eso implica que los salvados, no obstante encontrarse ante la inefable presencia del Señor, podrían optar por el sendero equivocado desde el mismo Cielo… Hugo de San Víctor, Pedro Lombardo, Guillermo de Auxerre y San Buenaventura trataron de penetrar los orígenes morales de esta sutil batalla y precisar el intervalo en el que algunos ángeles pecaron, por lo que defendieron la idea de que debió existir un paréntesis entre el momento de la creación de los ángeles y el de la posterior separación de aquéllos que decidieron ser buenos y de los que optaron por la maldad. Los autores mencionados creyeron que Dios, en el ejercicio de una coherencia ejemplar, puesto que los hombres tendrían después oportunidades parecidas en el Edén, quiso dar a sus criaturas el derecho de alcanzar el cielo a través de los méritos personales o el de condenarse: sometidos a una de esas pruebas que tanto complacen al Hacedor, los espíritus angélicos pudieron elegir entre el pecado o la virtud, en ejercicio de su libertad. Sin embargo, cuál fue el pecado angélico, es algo que no siempre tuvo un acuerdo unánime. Se ha creído que fue la lujuria (¿ejercida sobre qué objeto o qué persona?) o la envidia, pero San Agustín decidió que el orgullo fue el pecado por antonomasia, engendrador de los demás: según él, cuando los ángeles refieren el conocimiento de las cosas a la alabanza del Verbo, permanecen en la luz, pero cuando se vuelven orgullosamente hacía sí y se complacen en sí mismos, se convierten en tinieblas. De esta manera, la historia de la Caída pudo deberse, razonablemente, a la negativa de Luzbel de adorar a su Creador: le corresponde la honra de haber inventado la palabra "no" y la de haber sido fiel a sus convicciones, no obstante la certidumbre de la derrota inevitable. Como quiera que sea, para evitarse dificultades con la trascendencia, Pedro Lombardo y los demás pensadores llegaron a la conclusión de que, una vez alcanzada la bienaventuranza, los ángeles ya no pudieron volver a elegir el pecado y de que nunca más se volverán a abrir en el Cielo oportunidades electivas como la que separó a las huestes de Lucifer de las de Miguel: cuestión no explicada; tampoco que el Altísimo pusiera a prueba al mejor ángel sabiéndolo, de antemano, el Caído.

La palabra demonio significa "el que distribuye" y, originalmente, en las concepciones orientales y occidentales, ángeles y demonios eran malos o buenos, indistintamente. La presencia de espíritus con una constante participación en los asuntos de los hombres, ya como fuerzas abstractas o como entidades personificables, explica el temor y la popularidad que producían entre los hombres, expuestos a las inclemencias y reveses del clima, la enfermedad y el destino. Su poder se demuestra en el hecho de que, según Porfirio (Abstinentia), uno de los maleficios característicos de los demonios es el de la posesión, pues los malos espíritus tienen la facultad de entrar al cuerpo humano a través de la sangre, de la carne comida o del aire respirado. Entre algunas de esas potencias, buenas o malas, se encuentran los angelos, daimones, pneuma y dynamis, de Grecia (en la Ilíada, los mensajeros son llamados angelos, sin importar que se trate de dioses, como Hermes, o de seres humanos; en la cultura presocrática se llegó a nombrar daimon a la potencia sobrehumana que, más adelante, los autores trágicos definieron como Destino). Otras fuerzas angélico–demoniacas de la Antigüedad, igualmente ambiguas en cuanto a su carga moral, fueron los yinn, del mundo preislámico; los ha-watif y ha-fazza, de Arabia y varios pueblos semíticos; los ifrit (con frecuentes intervenciones en Las mil y una noches), knumén y erebuti, de Egipto. Ejemplos similares de otras culturas están provistos por las rusalkas eslavas, las hadas celtas y las valquirias germánicas, recolectoras, éstas, de las almas de los guerreros muertos en batalla para entrenarlos en el banquete de Odín y prepararlos para el Ragnarök.