Usted está aquí: domingo 13 de febrero de 2005 Sociedad y Justicia Departamento 808

MAR DE HISTORIAS

Departamento 808

Cristina Pacheco

Hace años, la tarde en que Sixto se fue a Estados Unidos, le prometí que cuando regresara le haría una comidita para darle la bienvenida. Ya le quedé mal, pero no por mi culpa. Desde que ocurrió la desgracia, no he tenido ni un minuto libre. Primero me la pasé arreglando lo del entierro de Consuelo y después atendiendo al licenciado Olvera. Quiere saberlo todo acerca de Daniel:

Hábleme de su comportamiento, sus amistades, las visitas que recibía, adónde iba.

La primera vez que el licenciado me interrogó no logré contestarle nada. Dijo que con mi actitud sólo retrasaría las investigaciones. Me pareció increíble que un hombre con estudios fuera incapaz de entender mi reacción y tuve que explicársela:

Para usted a lo mejor estas cosas son de lo más natural y ya no lo impresionan. Para mí es distinto: sigo pensando en Consuelo, desangrándose en la cama, y en Daniel esperando a que su madre recobrara la conciencia.

El licenciado Olvera se limitó a decirme que volvería por la mañana. En cuanto llegó insistió en que le hablara de Daniel. Le pregunté si antes no sería bueno que le dijera algunas cosas acerca de Consuelo. Levantó los hombros:

No es necesario. Puedo imaginarme su situación. Las madres solteras o las que se ven abandonadas por sus parejas cargan una responsabilidad muy fuerte. Llegan a fastidiarse y muchas terminan por ver al hijo -tal vez no deseado- como una simple carga de la cual sólo quieren deshacerse. Este secreto genera resentimiento que deviene en agresividad y en muchos casos en violencia hacia el menor. Necesitamos saber cuál de los dos factores determinó el comportamiento agresivo del niño.

Su explicación me pareció muy injusta y ofensiva para la memoria de Consuelo:

¿Sabe qué, licenciado? Yo en su caso no hablaría tan a la ligera. Para que lo sepa, Consuelo fue una madre ejemplar.

Olvera sonrió como burlándose de mí:

Sí, claro, tanto que se iba todo el día y dejaba a su hijo encerrado. No me mire como si estuviera inventándolo: es lo que me han dicho sus vecinos; pero si no es verdad, aclárelo.

Pensó que ya con eso iba a quedarme callada, pero se equivocó:

Mire, lo que le dijeron es cierto. Lástima que sus informantes no se hayan tomado la molestia de explicarle que Consuelo encerraba a su hijo porque no tenía quien se lo cuidara mientras ella se iba a trabajar. Empezaba a las siete de la mañana en un restaurancito que está por Cuatepec. De allí salía a las dos, apenas con tiempo para llegar a un taller de costura. Su turno terminaba más o menos a las diez, así que venía llegando entre once y doce de la noche. ¿Necesita que le explique algo más?

El licenciado prefirió cambiar de tema.

¿Qué sabe del padre de Daniel?

Me pedía un imposible. Jamás lo he visto y Chelo me habló de él sólo un domingo que bajé a cobrarle la renta. Daniel ni me saludó porque estaba muy entretenido viendo su tele. Consuelo me pidió que pasara a su recámara. Sacó de una caja un envoltorio. Al desatarlo para entregarme el dinero vi entre los billetes una pistola. Le pregunté si no le daban miedo las armas:

Esta no. Cándido, mi esposo, me la regaló hace tres años, cuando se fue a trabajar a Caminos y Puentes. Quiso dejarme al menos con qué defenderme mientras volvía; pero ya ve, seguimos esperándolo.

A Consuelo se le llenaron los ojos de lágrimas y no me atreví a preguntarle más acerca de su marido. Ahora tendré que buscarlo para que sepa lo que sucedió y se encargue de su hijo. Espero que Daniel pueda decirme algo de su padre. Se lo preguntaré en cuanto logre visitarlo. Quería ir este domingo y pedí autorización por teléfono, pero la señorita que tomó mi llamada dijo:

Es política de nuestro Centro Conductual que los niños permanezcan aislados de sus familiares y conocidos mientras se les realizan los estudios. Adoptamos esta medida para evitar presiones o influencias... usted comprende.

La negativa me pareció injustificada y "la política" del Centro Conductual una soberana estupidez. Me mordí la lengua para no malquistarme con la señorita y sólo le pregunté como para cuándo pensaba ella que yo podría ver a Daniel.

Eso no depende de mí, sino de la disposición del interno para colaborar en los estudios. A algunos menores se les dificulta más que a otros adaptarse a su nuevo ambiente. Desde mi punto de vista, a Daniel lo está bloqueando el aislamiento. Se ve que no lo entiende.

No pude menos que reírme. La señorita debió creer que me había vuelto loca y más cuando le dije:

Mi madre pensaba que nacemos clavados en un destino y sólo la muerte puede arrancarnos de él. ¿Usted qué opina de eso?

No me importó que la señorita colgara sin responderme, porque la pregunta me la estaba haciendo a mí misma. Acabé por aceptar que mi madre tenía razón, al menos en el caso de Daniel: nació condenado a la soledad.

El niño cumplió seis años en junio. Llegó a El Avispero siendo una pildorita de tres. Ignoro cómo habrá vivido antes, lo único que sé es que durante todos estos años raras veces salió de su departamento: allí vivía encerradito.

Las primeras semanas, cuando yo pasaba frente al 808, lo veía pegado a la ventana, mirando a los muchachos jugar futbol en el patio. Creo que se aburrió porque ya luego dejé de verlo, pero en cambio oía su tele encendida todo el tiempo. Por el ruidero y los balazos me di cuenta de que sólo le interesaban las series violentas y las películas de guerra.

Una mañana que me encontré a Consuelo en los lavaderos le hice plática y bajita la mano le pregunté si no quería que su hijo estudiara.

Claro que sí, pero ahorita no hay quien lo lleve y lo traiga de la escuela. Yo empiezo a chambear muy temprano y, ya ve, regreso bien tarde. Daniel todavía está muy chico para mandarlo solito. Por eso estoy pensando buscarme un trabajo por aquí cerca, no le hace que gane menos. Con eso y con tantito que cosa ajeno en las noches creo que podremos arreglarnos.

Le prometí investigar quién del rumbo necesitaba ayudante. Como me han dicho que Zoila está metidísima con el novio, fui a ver a Genoveva y le recomendé a Consuelo para el día que falte su galopina.

También pasé a la joyería Cleopatra. Don Sixto andaba por la Merced. Me preocupó ver sola a Estelita y aproveché para aconsejarle que buscara un dependiente, alguien que al menos le hiciera compañía:

Porque así como la encontré hoy, es fácil que se le vuelvan a meter los ladrones y para qué quiere otro susto.

Estelita me confesó que ese temor no la dejaba dormir. Pensé que era el momento ideal para recomendarle a Consuelo. Le pareció buena candidata:

Dígale que pase a verme.

Le aclaré que, por su ritmo de trabajo, Consuelo nada más podría entrevistarse con ellos el siguiente domingo.

Está bien. Ya sabe que nosotros vivimos en el cuarto de atrás, nomás dígale que toque fuerte porque cada día estamos más sordos...

Como yo también me levanto muy temprano pensé en darle la buena noticia a Chelo en la mañana, cuando saliera a su trabajo. Al momento en que terminé de vestirme oí un disparo y los ladridos de Rambo y Killer. Tuve una corazonada y bajé directo al 808. Daniel me abrió. Corrí a la recámara. Vi a Consuelo desangrándose en la cama y la pistola sobre la máquina de coser. Daniel se acercó y me dijo muy tranquilo:

Estábamos jugando a que yo era el agente Malaton y ella la fugitiva Kroa. Le disparé, pero va a despertar. En mis caricaturas Kroa siempre despierta.

 
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