Usted está aquí: sábado 26 de febrero de 2005 Opinión Metal colegiado

Juan Arturo Brennan

Metal colegiado

El fin de semana pasado, la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) tuvo como solistas invitados a tres espléndidos ejecutantes de la sección de metales de la Filarmónica de Berlín: el trompetista Falk Maertens, el cornista Stefan Jezierski y el trombonista Olaf Ott. Aprovechando el viaje, literalmente, se organizó la noche del viernes un sabroso concierto en el que los músicos berlineses se unieron a la sección de metales (y unas cuantas percusiones) de la orquesta universitaria. Quizá con la triste convicción de que nuestros públicos no suelen aparecerse por conciertos que impliquen escuchar con atención y pensar, el ensamble de metales ofreció un programa ''fácil", lo que propició una buena asistencia a la Sala Nezahualcóyotl, cuya acústica volvió a destacar como la mejor de entre todas nuestras salas de conciertos.

De manera más que tradicional, el concierto se inició con el indispensable Giovanni Gabrieli y su emblemática Sonata pian e forte, ejecutada con un doble quinteto que permitió reproducir algunos de los efectos de la música policoral de este interesante compositor. Destacó aquí, por una parte, el empleo de trompetas de válvulas rotativas, poco usadas en general para este tipo de repertorio, y un buen manejo del contraste dinámico implícito en el título de la pieza, sobre todo en los sutiles pianos indicados de manera pionera por Gabrieli.

Durante el resto del programa, la dotación del ensamble y las posiciones de los músicos (así como el instrumental) fue variando de acuerdo con las necesidades de cada pieza. Aunque fue bien interpretado, el arreglo de Fred Mills al famoso coral Jesús, alegría de los hombres, de Juan Sebastián Bach, no me pareció especialmente afortunado, sobre todo en el contexto de las 769 transcripciones que existen de la pieza. Más interesantes resultaron, en parte debido a su origen instrumental más cercano, las tres piezas de la Música para los reales fuegos de artificio, de Georg Friedrich Händel.

En esta parte del programa fue especialmente apreciada la buena mezcla tímbrica lograda por las trompetas de válvulas, las trompetas de pistones y las trompetas piccolo, bien manejadas por todos los involucrados. Aquí comenzó a notarse que, como suele ocurrir en casos análogos, los metales de la OFUNAM se superaron con la presencia de sus colegas berlineses, con lo que el ensamble tuvo en general un muy buen nivel, destacando la labor de los dos intérpretes que son el ancla de la sección de trompetas de la orquesta de la universidad, Ricardo Kirgan y James Ready. En un par de las piezas del programa (incluyendo la obertura Egmont, de Beethoven ejecutada enseguida), las labores de dirección estuvieron a cargo de Elizabeth Segura, cornista de la Filarmónica de la UNAM.

Para aquellos puristas que se sofocaron con la transcripción (muy bien lograda, por cierto) del Egmont beethoveniano, va la recomendación de escuchar la transcripción para metales de la Quinta sinfonía del propio Bee-thoven, realizada por Arthur Frackenpohl; es deliciosa y espectacular.

Para la segunda parte del concierto, este ensamble de metales México-Berlín se vio enriquecido tímbricamente con la aparición de los flugelhorns en escena. Es probable que la pieza más apreciada del programa haya sido el Rondeau de la Suite de sinfonías, de Jean-Joseph Mouret, conocida por casi todos pero identificada por muy pocos. La suite entera fue interpretada con el brillo adecuado para esta música cortesana francesa. También francesa fue la siguiente obra, una partitura que sería difícil imaginar en transcripción para metales: la contemplativa Pavana para una infanta difunta, de Maurice Ravel. El arreglo, de Helmut Egli, se enfoca correctamente en el asunto principal de una transcripción de este tipo, que es el color. Utilizando con inteligencia los registros de los metales, así como las sordinas, el arreglista ha logrado una versión inesperadamente efectiva de esta música cuya versión original es un lujo de color orquestal. En la interpretación de la Pavana se hizo notar particularmente el sonido pulcro y fluido del cornista Stefan Jezierski.

Para concluir el programa, la banda interpretó la obertura de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi. Supongo que aquí nadie protestó, ni siquiera los operópatas más recalcitrantes; después de todo, hay que recordar que la música de Verdi se difundía pronta y ampliamente por medio de las bandas populares y los organilleros de la calle, sin duda con gran gusto y placer del maestro. Y, en efecto, este arreglo de Marcel Saurer demostró, por si hiciera falta, que Verdi y la banda se llevan muy bien.

 
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