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Joaquín Hurtado
Háganme
ustedes el favor de imaginar una mesa. Alrededor de la mesa un grupo de gente.
Entre las personas hay funcionarios, médicos, religiosos, activistas, enfermos,
sanos, científicos, locas, putas y un periodista preguntón. Uno al otro nos
miramos desconcertados. Imaginen los gritos, los chillidos, el caos. Todos
cantamos la balada del despeñadero. La canción del miedo. Los himnos del
caos: nueva variante del VIH, fulminante éste, resistente el cabrón a casi
todas las terapias antirretrovirales. Caen a pedazos las mil lunas de la
noche tibia de la sobrevida. ¿Cómo fue capaz ese hombre de Manhattan, que
ahogado en los caldos del fornicio nefando alimentó al Belcebú pezuñento?
Tenía que ser New York, la loba, la sodomita, la soberbia, la incurable.
Este
es el principio de la historia que sucedió mañana, pero que comenzó hace
veinte años. Esta es la foto de los recuerdos del porvenir cuando no había
cura y ni siquiera se conocían las intenciones del tiburón rosa. Esta es
la historia de la tragedia anunciada que a nadie sorprende, pero a todos
nos tiene con los ojos desorbitados. Es que, no te puedo comprender, corazón
loco. ¡No te puedo comprender por qué coges sin orden ni compasión!
Háganme
ustedes el favor de imaginar el manotazo del burócrata de sanidad que exige
controlar a los "contagiados" con cautiverio definitivo. Infinito. Háganme
ustedes el favor de callar al imbécil y no permitirle graznar: "hay que oprimir
el botón rojo de la máxima alerta epidemiológica". Detengan al talibán que
no claudicará hasta librarse de nosotros los anfitriones del monstruote pequeñito.
Dejá-vu ochentero, cuando el estigma original, mientras Luc Montaigner
y Bob Gallo se perreaban por el Nóbel. Clausuren los bares de Buenos Aires,
minen los echaderos de Mexcity, descoyunten los picaderos de Berlín; enciérrenme
a la Delgadina, que no entre a la cocina, ni un vaso de agua le den a la
ladina. Es que no te puedo comprender, niña loca, cómo fuiste capaz de ahogarte
en metanfetamina, cocaína, heroína, ¡ay adicta Delgadina! Loca vampira chupahombres,
hipersexosa suicida de los oscuros laberintos de Monterrey.
Háganme
ustedes el favor de imaginar un tiempo en el que ya no tuvimos miedo. Sólo
un ligero sobresalto cuando en la esquela aparecía el nombre del examante
que fue confeso, absuelto y sepulto al amparo del albo armiño de la hijodeputez
vaticana.
Alabado sea el arrepentimiento del
cuarto para las doce. "¿Con cuántos lo hiciste, hijito?" "¡Con la mitad del
padrón electoral, Padre!, ¿me perdonará Dios?" "¿Usaste el condón?" "No."
Entonces, Ego te absolvo, in nomine Patris... Y a seguir la borrachera
del coctelazo hiperantirretroviral. Sólo atiende tu colesterolemia triglicérida,
chulis metrosexualis, mientras comulgas con los sermones de don Norberto
y san Serranito de Lima. Y que se mueran los jodidos que no saben del fondo
foxista para el desastre de los huérfanos infectados que tan consternada
tiene a nuestra frívola Primera Dama.
Háganme
ustedes el favor de imaginar una mesa. Sobre la mesa un cadáver, sobre el
cadáver las moscas. Con las moscas las larvas. Con las larvas el asco y la
urgencia de poner pies en polvorosa y meterte debajo de la cama cuando tu
madre mira el noticiario y te ve con esa vieja mirada torva. La pobre.
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