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Carlos Bonfil
Un horizonte de solidaridad pragmática. En el libro colectivo Sida global: verdades y mentiras,
los investigadores científicos Alexander Irwin, Joyce Millen y Dorothy Fallows,
de las universidades de Harvard y Columbia, contemplan el balance actual
de la pandemia del sida (42 millones de infectados en todo el mundo, 28 millones
sólo en África) y desprenden la conclusión inevitable: además de ser un problema
clínico y epidemiológico --un asunto urgente de salud pública--, el sida
es, ante todo, el reflejo de una enorme desigualdad a nivel global. La inmensa
mayoría de las personas afectadas por el VIH viven en países en desarrollo,
o en situación de pobreza extrema, y carecen de los recursos suficientes
para evitar la diseminación del padecimiento. A través de múltiples batallas
y presiones legales se ha conquistado en algunos países (particularmente
en Sudáfrica) el acceso a medicamentos genéricos que reducen considerablemente
los costos del tratamiento. Desafortunadamente, persisten las reticencias
del mundo industrializado para contribuir eficazmente a detener la pandemia
en los países donde más prolifera, y en los que su erradicación resulta más
azarosa. De acuerdo con los autores, esta reticencia se basa en una serie
de mitos que entorpecen la comprensión cabal del fenómeno del sida.
Las
primeras falacias fueron las llamadas teorías negadoras y las conspirativas:
las primeras negaban simplemente la existencia del VIH, y atribuían el padecimiento
del sida a factores diversos, básicamente ambientales; las segundas, construyeron
un escenario de ciencia ficción en el que intereses oscuros (gubernamentales,
científicos, económicos) participaban en una conspiración para diseminar
globalmente una pandemia letal. A estos primeros mitos (hoy muy desgastados),
sucedió la creencia de que la labor preventiva debía tener prioridad sobre
el acceso a los tratamientos. Una lucha intensa por procurarse la vacuna
providencial y campañas vigorosas para prevenir la infección, casi abandonaron
a su suerte, en las agendas internacionales, a países enteros desprovistos
de medicamentos antirretrovirales, con poblaciones muy vulnerables, un índice
creciente de mortandad, y efectos desastrosos en sus economías. A esta tragedia
se añade otro mito, según el cual no tiene mucho sentido ofrecer medicamentos
si no es posible garantizar la adherencia a los mismos. Los africanos, se
llegó a decir, tienen una noción del tiempo diferente y no pueden tomar sus
fármacos con la regularidad requerida. Estigmatizar a algunos grupos sociales,
calificándolos de promiscuos, o condenar a algunos países pobres, por su
supuesta corrupción endémica (argumentos que justificarían la cautela de
organismos internacionales en su procuración de recursos y asistencia humanitaria),
son sólo algunos de los mitos y creencias que desmonta este libro. Su propuesta
final combina una triple estrategia: prevención vigorosa, tratamiento eficaz,
y "ataque permanente contra la pobreza y la desigualdad que han alimentado
la pandemia desde un principio". Una estrategia de solidaridad global.
Sida global: verdades y mentiras. Herramientas para luchar contra la pandemia del siglo XXI.
Alexander Irwin, Joyce Millen y Dorothy Fallows.
Paidós, Barcelona, 2004.
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