Usted está aquí: sábado 12 de marzo de 2005 Opinión El espíritu antimperialista de Monterrey

Abraham Nuncio

El espíritu antimperialista de Monterrey

Monterrey ha sido sede de actos en los que se han escrito varias versiones de la historia de la infamia. Uno de signo reivindicatorio tuvo lugar en estos días: el décimo Encuentro Nacional del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba.

En el siglo XIX, Juárez, con aquella República itinerante defendida por los liberales, tuvo que tomar la decisión de no establecer su gobierno en la ciudad ante la hostilidad del gobernador Santiago Vidaurri, a quien respaldaban los antiabolicionistas de Estados Unidos y los comerciantes partidarios del imperio francés. En el siglo XX, Francisco I. Madero fue apresado en Monterrey, con el beneplácito del establishment industrial, en el intento de contener su lucha por la democracia que amenazaba al poder dictatorial de Porfirio Díaz. A lo largo de ese siglo, la oposición a medidas populares y el patrocinio a iniciativas contrarias a las mayorías cobraron vida en el seno del grupo empresarial de Monterrey.

Escogida por la escasa capacidad combativa de su ciudadanía en torno a causas para sí, la capital de Nuevo León albergó en años recientes dos cumbres mundiales: la Conferencia Internacional para la Financiación del Desarrollo (marzo de 2002) y la Cumbre Extraordinaria de las Américas (enero de 2004).

Los efectos de la primera se redujeron a uno: agraviar a Fidel Castro, jefe del gobierno cubano, y con ello a Cuba, a México y a todos los pueblos que mantienen en alto su dignidad y sus aspiraciones soberanas. El agravio tuvo su origen en la soberbia de George W. Bush, el imperator de América, y fue ejecutado por Vicente Fox. Quedó encerrado en la frase ''cenas y te vas''. En la cumbre del año siguiente, la histeria, con su carga culposa y típicamente defensiva, habló por boca del propio Fox. ''No soy un lacayo'', dijo.

En el acto académico previo a la Cumbre Extraordinaria de las Américas, Enrique Krauze se refirió a Fidel Castro Ruz como un ''dictador vergonzante'' y a Estados Unidos como un ''imperio montado en una democracia ejemplar''. El imperio estadunidense y su democracia ejemplar ya habían dejado sus huellas dactilares en el fraude electoral -técnicamente un golpe de Estado- de Florida con la participación del hermano de Bush y la empresa rasuradora ChoicePoint, y su estela de horror y destrucción en Afganistán e Irak.

Cuando un intelectual ve los errores -reales o inventados- de los pequeños y omite las atrocidades de los grandes comete una grave injusticia. Esa injusticia la han cometido, con Krauze, otros intelectuales. Se permiten desear, pedir y hasta exigir que Castro deje el poder para que los aires de la democracia descontaminen a la isla del régimen que preside. En este caso, ver sólo a Cuba y no ver al mismo tiempo a Estados Unidos es hacer trampa.

Las omisiones no son nada más en relación con la voluntad imperial que, quiéranlo o no, los intelectuales semejantes a Krauze reproducen con otras palabras. A un país sujeto a un estado de guerra permanente para poder sobrevivir a numerosos ataques armados, a la intrusión en su soberanía, a los planes para asesinar a su principal dirigente, a un bloqueo genocida a lo largo de medio siglo, se le exige que rinda tributo a la mitad de la democracia, que es la de rotar el poder; a la otra mitad, que es la que Cuba cumple con atender a las necesidades básicas de la sociedad, se la calla o desdeña.

En la denuncia que hacen del régimen político de Cuba se ahorran la comparación con el lado oscuro de los demás países de América Latina: los niveles de vida de su población (en general, no sólo los de una capa privilegiada) son mayores que los del resto. En Cuba hay carencias, sí, pero no pobreza y menos pobreza extrema. El narcotráfico, la muerte por enfermedades curables, las crisis económicas violentas y otros males padecidos por los países de América Latina no forman parte de la realidad de la isla. Allí las libertades son restringidas, pero no más de lo que lo son en el grueso de la sociedades americanas. El trato a la disidencia, áspero y en momentos excesivo, no ha desembocado, por ejemplo, en una guerra sucia ni al régimen cubano se le puede acusar, sin faltar a la verdad, de dictadura sangrienta. Tampoco aluden a lo que Cuba ha producido para sus nacionales y para otros países: salud, cultura y educación con tecnologías desarrolladas.

La libertad de expresión y el respeto a los derechos humanos se hallan en el centro de ese tipo de denuncias contra Cuba.

Quienes han condenado a Cuba en la Comisión Internacional de los Derechos Humanos son, sobre todo, los países imperialistas: Estados Unidos y las principales potencias de Europa. Esos países son la causa primera del despojo y la pobreza que padecemos los países no industrializados. La deuda, la guerra y las trasnacionales han sido sus principales instrumentos en la nueva etapa de la expansión capitalista a la que se da el nombre ingenuo de globalización. Con la excepción de algunos, los gobiernos -muy diferentes de los pueblos y con frecuencia contrarios a ellos- voltean para otra parte cuando se trata de las violaciones sistemáticas, flagrantes y masivas de Estados Unidos a los derechos humanos. La hipocresía, esa sí, resulta una realidad globalizada.

La libertad de expresión. Mientras los ciudadanos se puedan subir a un cajón de jabones como en Hyde Park (Londres) y griten todo lo que les venga en gana contra el sistema, pero no tengan acceso a los medios de comunicación masiva, el capitalismo se puede dar el lujo de decir que en ese sistema existe un respeto absoluto a la libertad de expresión.

Una prueba entre muchas de ese fenómeno se produjo en torno al décimo Encuentro del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba. Delegaciones de 25 estados del país se reunieron para manifestar esa solidaridad con Cuba y, por obligada consecuencia, su repudio hacia Estados Unidos. Pero nadie se enteró por los medios informativos locales de tal encuentro. Impunemente lo callaron.

Los medios dicen preocuparse por la sociedad civil. En los hechos, salvo pocos, sólo atienden a los gobiernos y a los poderes reales de la sociedad. Ante cualquier intento de regular su función que, no olvidemos, es pública, recurren a la SIP para defender una libertad a la que subyace la fuerza de la propiedad con sus privilegios y canonjías.

Creo que el Granma habría informado, al menos en una pequeña nota, sobre un acontecimiento nacional vinculado a la disidencia del régimen socialista cubano. Las publicaciones de mayor capacidad en una ciudad penetrada por los usos y costumbres capitalistas silenciaron un acto de disidencia contra la expresión máxima del capitalismo.

Fidel Castro ha dicho: ''Todo con la revolución; contra la revolución, nada''. Carlos Monsiváis ha interpretado la frase como una defensa dogmática del propio poder de su autor. Esta interpretación puede ser parcialmente válida. Hay otra interpretación cuya validez se funda en la tradición no sólo de los regímenes revolucionarios. La revolución cubana implica el poder de Fidel, tan prolongado como fue el de Pericles, padre de la democracia occidental; pero implica también las bases socialistas del orden político cubano. ¿No lo que nosotros llamamos garantías individuales se considera la parte dogmática de la Constitución? En los países capitalistas el régimen rechaza toda acción contra sus principios inamovibles -el de la propiedad en primer término. En los países socialistas ocurre lo mismo.

El vacío mediático sobre el acto de solidaridad con Cuba en Monterrey produjo un mensaje que fue más allá de la dimensión constitucional: todos podemos manifestar libremente nuestras opiniones, pero no todos podemos difundirlas. Y en los tiempos que corren, la no difusión de las ideas a través de los medios de comunicación masiva es una clara violación a los derechos humanos.

Tras el silencio de los medios en Monterrey se percibió una intención antilibertaria y reverencial: todo con el imperio del capitalismo; nada contra él.

 
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