Usted está aquí: sábado 12 de marzo de 2005 Opinión Lechner, Wenders y las ciudades invisibles

lán Semo

Lechner, Wenders y las ciudades invisibles

Escribo de lo que me duele". Así advertía Norbert Lechner a sus lectores la intención de Los patios internos de la democracia (FCE, 185 pp.) en 1988, un texto que Guillermo O'Donell defendió recientemente como uno de los "raros clásicos del pensamiento social latinoamericano". Raro porque la sociología y la politología han sido prolíficas en América Latina, pero no necesariamente originales. Clásico porque no sólo marca un giro inédito (y vigente) en el análisis de nuestra peculiar condición política, sino de la política en general. Para Lechner las instituciones, las normas, las leyes, los cuerpos sociales representaban sólo la fachada de una realidad invisible que es la que domina los órdenes profundos del mundo de la política, sus patios interiores. El material de esa realidad nos evade constantemente y acaba imponiendo su paciente consistencia a proyectos, planes, programas, esperanzas y utopía. Su nombre: la subjetividad. "¿Por qué optar por un enfoque tan esquivo, sabiendo cuán opaca es la subjetividad, cada máscara remitiendo a otra en una secuencia interminable de muñecas rusas?", se pregunta el teórico (y etnógrafo), que nació en Karlsruhe (Alemania) y emigró a Chile en 1965. "Presumo que la política, al igual que las ciudades, está hecha de deseos y miedos", una alusión directa a Italo Calvino (uno de sus autores frecuentados).

La vida y la obra de Norbert Lechner, quien falleció hace un año en el Santiago que tanto quiso y sufrió, pueden acaso resumirse en esa frase hecha de estupefacción: la indagación del dolor de nuestras ciudades invisibles. El gran tema de Lechner fue el mismo que significó a los pensadores más sutiles del siglo XX: el enigma del tiempo. El tiempo entendido como la dimensión central de la subjetividad moderna y, por tanto, como la realidad decisiva de ese vago y diverso universo que llamamos "política". Un tiempo, el nuestro, desgarrado y desgarrador.

En 1988, la izquierda latinoamericana se hallaba -aproximadamente como ahora- obnubilada por los grandes relatos históricos, por ese sueño fatuo que prescribe a la historia un fin y una finalidad. (Los sueños de la derecha han sido más graves.) Esa idea tan devastadora (y seductora a su manera) de que el futuro puede datarse en el presente como proyección de una "filosofía crítica" de la realidad. "Los patios interiores de la democracia" arrojó un balde de agua fría sobre ese espejismo. Redactado como una lectura excepcional de la filosofía de Niklaus Luhmann, pocos lo escucharon.

Su tesis central es simple y compleja a la vez. La forma en cómo interviene la construcción del tiempo en la política de hoy es exactamente a la inversa: el futuro se ha convertido en un horizonte del riesgo, de la incertidumbre, la inconexión. Nada se puede hacer contra ello. Es un hecho tan "material" como el imaginario mismo. Los grandes relatos del siglo XIX, que pretendían ligar a la historia con el destino individual y el futuro, han muerto no tanto por que fallaron, sino porque el espacio de experiencia en el que alguna vez fueron legítimos ha dejado de existir. Y con él los horizontes de espera, de expectativas que los marcaron.

Vivimos una era dominada por la sombra del riesgo y el cálculo de incertidumbres. Desde el ritmo del cuerpo hasta los órdenes de la sexualidad, el trabajo y la política, el conteo hasta la muerte, la vida posmoderna se despliega en el espacio de tensión que marcan el miedo y el deseo. El miedo a uno mismo, al otro, al anonimato, al olvido, al abandono, a la exclusión, al caos social.

¿Cómo emprender esa tarea magna de construir un nuevo orden, democrático, que nos permita al menos hablar sobre nuestros miedos, elaborarlos en comunidad?

Dice Bobbio que un clásico se define más por las preguntas que plantea que por las respuestas que ofrece. Lechner nos legó un abundante catálogo de ellas.

Pensar en su dirección significa retomar una de las tensiones que significó a toda su obra (una tensión, por cierto, que retoma de Maquiavelo): el misterio de cómo construir un orden social duradero. Alguna vez alguien definió a Lechner como un "pensador conservador" por haber llevado a la sociología de la búsqueda del cambio a la búsqueda del orden.

Nada más fatuo, por supuesto. Todo intento de cambio que no piense simultáneamente en el orden que trae consigo se mueve entre el patetismo y la barbarie. Es la historia entera de América Latina. De ahí la convocatoria de Lechner a repensar la política en su conjunto. No como un instrumento exógeno a la vida cotidiana, sino como el único sitio donde la pregunta por el "orden deseado" se plantea como una posibilidad.

Como Wim Wenders, Lechner desconfiaba de la historia. Creía que el ser humano es demasiado complejo para datarlo como una sucesión de causas y efectos. Sus ruinas, sus olvidos, sus desaires, sus fracasos le eran más esenciales que sus logros. Precisamente porque son la prueba por la que debe pasar todo "orden". Pues cuando no se desea un orden, alguien acaba imponiéndolo en nuestro nombre, a costa de nuestra historia.

 
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