Usted está aquí: jueves 17 de marzo de 2005 Opinión La ultraderecha ganó para perder

Octavio Rodríguez Araujo

La ultraderecha ganó para perder

En política a veces las cosas suceden al revés. El éxito de la ultraderecha en el Partido Acción Nacional opera, paradójicamente, contra este mismo partido. Ya se iniciaron los deslindes, y probablemente habrá más. Desde su fundación, el PAN quiso caracterizarse más por sus valores liberales que por los religiosos, y le dejó a los sinarquistas y a sus diferentes partidos (ahora inexistentes) el papel de ultraderecha mexicana y la defensa del fundamentalismo católico. Pero esto cambió. El rumbo perdido, del que habló Tatiana Clouthier, se fue dando poco a poco con las posiciones relevantes de ultraderechistas en ese partido, incluido Bravo Mena, pero la derecha panista, personificada por los pragmáticos que se apoderaron de la organización desde 1976, mantenía o creía mantener la hegemonía, hasta que, con la llegada de Manuel Espino (y sus formas de hacer política), se dio cuenta de que no sólo se había perdido el rumbo sino su control del PAN. Un cáncer silencioso se fue extendiendo hasta convertirse en una metástasis casi sorpresiva, ahora muy difícil de eliminar (que no sea con una muy agresiva quimioterapia que conspicuos panistas, como Luis H. Alvarez, no quieren llevar a cabo).

La derecha y la ultraderecha, contra lo que comúnmente se cree, tienen diferencias importantes, aunque no siempre se perciben a simple vista o de inmediato. No es lo mismo una concepción de cruzada y matar herejes que la defensa de intereses basada en la tolerancia hacia el enemigo. La ultraderecha tiene su fuente de inspiración en los Templarios y en la Inquisición, por más que su discurso se haya modernizado. La derecha no. Esta suele convivir con sus enemigos, con quienes no vacila en establecer alianzas si éstas le benefician para sus intereses terrenales más que religiosos. Sus motivaciones son diferentes a las de la ultraderecha, y es menos maniquea que ésta.

Uno de los elementos que militan en contra del PAN ultraderechizado es el Partido Revolucionario Institucional, a pesar de su dirección groseramente pragmática y de tendencias neoliberales. Si antes el PRI hacía alianza con los blanquiazules, sobre todo a partir del gobierno de Salinas, ahora tendrá mucho cuidado, pues los priístas no querrían verse ligados a la ultraderecha. Una cosa es que, por ser ahora un partido tecnocrático y defensor de políticas neoliberales y poco nacionalistas, sea ubicado en la derecha, y otra que se le asocie con la ultraderecha panista. Peor todavía: el ultraderechismo del PAN ha perjudicado al PRI, pues ahora, aunque sea sólo por contraste, será ubicado en la derecha, ni siquiera en el centro-derecha, y esto no le favorece ante el electorado mayoritario que, según las encuestas, tiende a suscribir posiciones contrarias a la continuación de las políticas neoliberales.

El pueblo mexicano es o puede ser muy religioso. No lo sé, pues una cosa es lo que se declara y otra lo que se hace en la vida diaria. Pero sí sabemos que, con excepciones, la religiosidad de los mexicanos es parecida a la de los españoles: la interpretan como quieren y como les conviene, según las circunstancias y la situación personal. Se trata de una especie de pragmatismo personal que, dicho sea de paso, es permitido por el catolicismo al absolver de sus pecados al que ''se arrepiente'' y reza una docena de oraciones como penitencia. Los católicos mexicanos, en general, son laicos, y las excepciones están muy bien localizadas geográficamente. Por encima de su religión, como también de sus deseos democráticos, está su anhelo de vivir menos mal de como viven.

Esta actitud de los mexicanos ha sido muy bien asimilada por los priístas tradicionales (y los ex priístas), que siempre entendieron que los valores religiosos, si bien explotables en ciertas coyunturas, con frecuencia se subordinan a las necesidades de empleo, comida, vivienda, etcétera.

Con la ultraderechización del PAN, el esquema de partidos se movió del centro a la derecha: ahora el PRI será percibido como un partido de derecha (en el mejor de los casos, de centro-derecha), y el PRD como la representación del centro-izquierda. Unos llenan el vacío de otros, como normalmente ocurre en política. Y este sutil cambio, pese a ser expuesto de manera esquemática, es el que llevará al PRI a alejarse del PAN, sin que esto quiera decir que se acercará al Partido de la Revolución Democrática. La primera prueba será frente al problema del desafuero que la ultraderecha ha querido utilizar contra López Obrador. La complicidad del PRI será ahora más difícil o, mejor, muy poco conveniente si todavía espera recuperar algo de la credibilidad que tuvo en el pasado. La segunda prueba será ante el no menos impopular intento de privatizar los energéticos del país. Deslindarse de Fox, de Marta Sahagún y de su escudero Manuel Espino (Soledad Loaeza dixit) se ha convertido, con la elección de este último en la presidencia del PAN, en una necesidad del PRI para competir decorosamente con el PRD si este partido llega a las elecciones con López Obrador como candidato. Y mi hipótesis es que llegará, paradójicamente, gracias a los diputados del PRI que le darán la espalda al PAN de Sahagún-Espino-Creel.

 
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