Jornada Semanal,   domingo 20  de marzo  de 2005         núm. 524


ANA GARCÍA BERGUA

LA ZANJA QUE NO CESA (BA)

En el principio del año fue la zanja. Sobre Miguel Ángel de Quevedo, casi llegando a avenida Universidad, señalada por unas rayas rojas y naranjas, abarcaba un carril completo de la avenida populosa y turbulenta, e impedía el tránsito por aquella parte, sin que se viera peón u obrero alguno que en ella se empleara. Era difícil llegar a la zanja, pues muchos coches nos rodeaban casi desde salir de casa y muchos padres de hijos escolares indignados y muchos oficinistas con fuego en la boca y mucho humo del diablo salía de aquellas partes, y lento, lento era el avance hasta la zanja, que tendría como metro y medio por dos metros de tamaño y de su entraña asomaban pedregosos trozos de asfalto y tubos por los que correría azufre y sabe Dios qué más. En el carril de la zanja se atrancaban todos, pues en llegando a la zanja se veían en la necesidad de dejar sus bordes y acudían para ello al carril de junto, cuyos tripulantes, ofendidos, les impedían el paso a toda costa. 

Entonces nos dijimos que no era bueno el carril de la zanja y así lo dimos por entendido y nos propusimos no abordarlo nunca más. Tomamos pues el carril al que ingresaban los que iban en el carril de la zanja, que es el carril que le llaman de en medio y suele ser fresco y raudo, y tener mucha gente que cruza contenta por él, sobre todo en vacaciones. Mas por culpa de los que tomaban el carril de la zanja, que intentaban pasar a éste desesperadamente y a veces mediante amenazas e imprecaciones a los del carril que llaman de en medio, los cuales intentaban no dejarse diciendo: "eso les pasa por tomar el carril de la zanja", el carril que llaman el de en medio no se podía transitar, e incluso algunos incautos que veían pasar con rápidez a los del carril de la zanja salían de él y tomaban aquel y en llegando a la zanja se veían en la penosa necesidad de meterse por entre aquellos sus antiguos compañeros de carril de en medio, quienes no los dejaban pasar, pero al final cedían, y así podíase admirar un espectáculo de ires y vueltas con la zanja que causaba la mayor admiración y escarnio entre los paseantes, pero también encono entre quienes gustan de llegar a alguna hora a sus escuelas o lugares de labor. 

Entonces nos dijimos que lo mejor era tomar el carril de la derecha y por él transitar airados y pasar por donde los otros carriles se pasmaban con la zanja y lanzar grandes risotadas y burlarnos y decirles que eso les ocurre por ir en el carril de la zanja y por el carril que pasa junto a la zanja y que los indígenas de aquí llaman el carril de en medio y así después de virar hacia la izquierda en las narices mismas destos pobres desdichados incautos y víctimas de la zanja. A este carril de la derecha sin embargo, vienen a parar los que quedan expulsados del carril de en medio y los que logran atravesar hasta esta parte desde el carril de la zanja, que es parte no tan rauda y sí muy humosa porque los camiones y las que aquí llaman peseras que son unas latas grandes y bien guarnecidas provistas de grandes pintadas para atraer al populacho huyen de los de su misma condición tomando aquel carril de la derecha, y el caso es que resultamos burlados en aquel carril de la derecha en que pretendíamos burlarnos de los que transitaban por el carril de la zanja y aquel que llaman de en medio. 

Casi dos meses habían transcurrido y la zanja no cesaba de aparecerse cada mañana y de ella brotaban personas en piyama que en la zanja habían dormido más algunos seres extraños que los indígenas de aquí llaman licenciados y en las primeras lluvias de primavera nos encontramos con que la zanja se había llenado de agua y era cosa de verse los pobres vendedores de refrescos y agua y los que le echan a uno agua en el parabrisas por sorpresa y ensalmo cómo esquivaban la zanja y pensamos que de ella llegarían a salir ranas y a lo mejor se formaría un estanque para recreo de aquellos que llevaran muchas semanas en el auto esperando pasar o bien se formaría lo que los indígenas de aquí llaman un ecosistema.

Nosotros ya dábamos un periplo elegante por otras avenidas para llegar a la escuela sin pasar por la zanja y llegábamos antes que con la zanja y conocimos muchos ecosistemas como el de los Viveros de Coyoacán y ese que le llaman Copilco y quedamos admirados de la variedad de coches que transitan por ahí. Y el día en que me dije que era necesario escribir sobre la zanja pues muchas y diferentes cosas se pueden decir de las cosas que pasan con ella, la encontré cerrada. Y así zanjo el asunto de la zanja•