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Leandro Arellano Constanza
Arribamos a Constanza, la antigua Tomis, bordeando el litoral, luego de explorar el día anterior el delta del Danubio. Por una carretera estrecha, repleta de tráfico, entramos a la ciudad una mañana trasparente y cálida. La brisa atenuaba la intensidad de los rayos del sol, a pesar de que aún no comenzaba el verano. Constanza, que llevó también el nombre de Constantiana en una época y luego formó parte del Imperio Otomano, acoge al forastero con gentileza; sus habitantes sonríen con facilidad en comparación con los bucarestinos. ¿Una impresión superficial? Es posible, pues sólo la permanencia en un sitio da verdadero conocimiento.
Actualmente la ciudad crece de prisa, ansiosa por reponer las décadas cerradas del comunismo. Punto de encuentro de caminos y pueblos durante siglos, la ciudad alberga iglesias y mezquitas, una sinagoga y una catedral, en tranquila convivencia. No hallar el sitio que nos habían recomendado para tomar el buen café que por siglos han consumido sus pobladores es explicable: las fuerzas del mercado van sustituyendo los cafés, los pequeños comercios y changarros, por malls y otras edificaciones modernas. Una cerveza oscura y fría nos reconcilió con el extravío. Quien viaja habrá advertido que en todas partes se encuentra una buena cerveza. A la distancia, un buque de bandera danesa se dirigía al puerto. En la parte antigua de la ciudad se encuentra, sencilla y austera, la Plaza de Ovidio. El cielo añil parecía vigilarla. Chesterton observó que cada pueblo posee un modo peculiar de honrar a sus prohombres, y cita el estilo monumental francés, que consiste en levantar estatuas pomposas, bien construidas; el estilo monumental alemán, que consiste en erigir estatuas pomposas, mal construidas; y el estilo monumental inglés, el gran método inglés, que consiste en no erigirlas de plano. Nada comenta de los italianos, acaso dando por sobreentendido su magisterio en ese arte. En medio de la plaza se encuentra la estatua de Ovidio. Cuando llegamos allí había poca gente, pero coches y autobuses transitaban intermitentemente. La estatua de bronce mohoso mira al mar, dando la espalda al Museo de Historia Natural y Arqueología. A un costado de éste, que evidencia la falta de presupuesto, se encuentran tendidos, como en un cementerio olvidado, columnas y sarcófagos, con inscripciones griegas. Durante la dominación romana, Tomis estaba habitada por los dacios –la población local–, así como por griegos, romanos, judíos, armenios, anatolios… Entonces el poder y la burocracia eran romanos, mas la cultura y las costumbres de la pequeña ciudad y puerto eran griegas. Los griegos navegaron el Mar Negro y fundaron la ciudad hacia el siglo vii a.c., muchos años antes de que Tomis se convirtiera en provincia romana. Hasta los márgenes orientales de ese mar de aguas oscuras llegaron Jasón y los Argonautas en busca del Vellocino de Oro, según nos cuenta la leyenda. Errante por estas tierras, igual que en todos los Balcanes, vaga todavía el fantasma del espíritu griego. La estatua de Ovidio tiene 2.40 metros de altura, está montada en un pedestal de concreto cubierto de mármol. Fue construida por el escultor italiano Ettore Ferrari y develada en 1887. Sabemos que una similar se levanta en Sulmona, Italia, donde nació el poeta. Ovidio se encuentra de pie, de toga y sandalias, con un libro en la mano izquierda, apoyada sobre su pecho. Con la mano derecha sostiene su mentón en actitud reflexiva. Más abajo se puede leer el epitafio escrito por él mismo, inscrito en latín y en rumano: Yo, que yazgo aquí, cantor de amores delicados, Durante
la cruzada moral de Augusto, Ovidio Nasón fue condenado a recluirse
en los confines del Imperio, una zona de difícil acceso en la costa
occidental del Ponto Euxino, como conocimos al Mar Negro en la escuela
secundaria. Por un "error" que él mismo reconoce, padeció
el destierro impuesto por el Emperador. Arribó a Tomis el año
8 d.c., cuando tenía cincuenta y un años. Aunque se han escrito
tratados al respecto, los historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuál
fue su "error". Los trabajos y pesares que allí padeció,
él mismo los relata en sus Cartas desde el Ponto y en las
Tristes, que son quizás sus obras más personales.
El poeta se dolía de su soledad, deploraba la rudeza de sus habitantes y se lamentaba del clima, sobre todo del largo invierno: padecía el dolor intenso del exilio, ese emisario de la muerte. Su carácter alegre y travieso se retrajo, su literatura erudita y radiante se transformó en nostalgia y reflexión, en exclamación penosa por la lejanía. El poeta echaba de menos a su patria, a su mujer, a sus amigos, a los círculos literarios y mundanos en que se movía en Roma; sentía nostalgia por la fascinación de la vida urbana, la tertulia, las comodidades y su posición social. De los siglos de dominación romana los rumanos heredaron la lengua, el cristianismo y la leyenda y el culto de Ovidio. El poeta es venerado en toda Rumania y su nombre aparece en las mejores empresas culturales del país. Cada dos años el Instituto Cultural Rumano organiza encuentros poéticos del mundo latino con el nombre de una de las obras más festivas del poeta: Ars amandi. Con el tiempo Ovidio atemperó la opinión que le merecía la población local, que lo acogió con respeto y consideración desde su llegada. Entre otros beneficios, le concedieron el privilegio de no pagar impuesto a la ciudad y, según su propio testimonio, aprendió la lengua geta. Y si las penas con pan son buenas, de contado disfrutó las cosechas de esa tierra generosa, como su vino excelente –todavía hay viñedos que se ufanan de proceder de los plantados por los griegos– o la carne de sus ganados, sazonada por los pastos abundantes de la zona. Lectura y música no debieron faltarle, dada la frecuentación de las naves que recalaban en el puerto y la proximidad de las montañas. Otros alivios humanos se desahogan con facilidad por allí, hasta la fecha… A pesar de sus ruegos y los de familiares y amigos, nunca obtuvo el perdón del César. Allí murió ocho años más tarde, sin volver a ver su patria ni a su familia. De la ciudad que habitó Ovidio poco permanece. Las ciudades, como los organismos, se transforman lentamente y al paso de los años nada conservan de lo que fueron. Sin embargo, la mirada del poeta atisba al mar de tanto en tanto y a la espuma que baña sus arenas. Igual que hace dos mil años. Montado en su pedestal observa al mundo desde un poco más arriba que otros mortales. |