Germaine Gómez Haro RODOLFO NIETO: EL PRODIGIO DE LA LÍNEA
Nieto nació en la capital oaxaqueña en 1936 y se trasladó a la Ciudad de México a los doce años de edad. Ingresó a la escuela "La Esmeralda", pero, decepcionado por el obsoleto sistema pedagógico, decidió formarse con los artistas Carlos Orozco Romero y Santos Balmori. En 1956 realizó un viaje al Istmo de Tehuantepec que fue, como para tantos otros artistas, una experiencia iniciática. A partir de entonces surge su interés por dibujar animales, quizá por el hecho de que en el ámbito rural la convivencia con éstos es más íntima, o, tal vez, porque en la mitología indígena las fronteras entre lo humano y lo animal es prácticamente imperceptible. En 1959, Nieto se traslada a París con su esposa, Marta Guillermoprieto, gracias a una beca otorgada por el coleccionista Bernard Semiatisky. Guillermoprieto recuerda que llegaron a la capital francesa solos, sin conocer a nadie, llenos de ilusiones y esperanzas. París era entonces la cuna de las nuevas ideas filosóficas y estéticas que revolucionaron la segunda mitad del siglo xx. Nieto entró en contacto con los diversos movimientos en boga, como el Informalismo, la Nueva Figuración y el Grupo CoBra y se dio a la tarea de explorar todas las manifestaciones artísticas que tuvo a su alcance. Tras numerosos viajes por diferentes países europeos, asimiló una vasta cultura visual que se ve reflejada en la riqueza y variedad de su obra. Desde sus inicios, Nieto dedicó gran parte de su quehacer a la producción gráfica, al dibujo y al collage. En París tuvo la oportunidad de trabajar en los prestigiosos talleres de Mourlot, William Hayter y Michel Cassé. Sus elegantes y sofisticados dibujos de animales realizados a lápiz o a tinta alcanzaron la cúspide en 1967 a raíz de su visita al zoológico de Basilea. Los trazos ágiles y trepidantes del torbellino de líneas que componen estas obras remiten, por un lado, a los intrincados motivos decorativos del barroco mexicano, y, por el otro, se asocian a las composiciones casi automáticas de Dubuffet, quien ejerció una particular influencia en el oaxaqueño. Sin embargo, pese a la similitud formal entre los dos artistas, su intención difiere en el hecho de que el creador del Art Brut prefería pintar de memoria y evitaba recurrir al modelo, mientras que Nieto captó las proporciones y movimiento de sus figuras a partir de la observación in situ del natural, y las alteró y trastocó de acuerdo con su necesidad de expresarse en un lenguaje más libre y vehemente. En un espíritu cercano al grupo CoBra, el oaxaqueño desarrolló una serie de trabajos que se ubican a la mitad del camino entre la abstracción y la figuración. En sus complejas composiciones basadas en la delicada combinación de enjambres de líneas y manchas sutilmente controladas, el caos aparente alcanza un punto de equilibrio que las hace sublimes. Entre la realidad y la fantasía, sus personajes enigmáticos hablan el lenguaje del ensueño y se expresan en el tono melancólico del grito callado. La angustia y el tormento que palpitaron en el alma del artista quedan plasmados en su obra, pletórica de símbolos velados. Desde su primera exposición en París,
la mirada aguda de Octavio Paz detectó la esencia "arcaica" del
trabajo de Rodolfo Nieto. Efectivamente, el pintor recurrió a diversas
instancias de su pasado cultural, revisando y reinterpretando formas y
tradiciones antiguas que entretejió con los léxicos de las
vanguardias internacionales para crear un lenguaje plenamente personal
y original, según sus propias palabras: "Considero que la originalidad
no es otra cosa que dosificar, asimilar, poner en marcha el engranaje de
ideas que otros pintores puedan provocarte." Así, el arte de Rodolfo
Nieto, magníficamente representado en esta selección de dibujos
y grabados, tiende un puente entre las raíces y la vanguardia y
conforma la vital expresión de uno de los artistas mexicanos más
destacados del siglo xx.
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