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JAVIER
SICILIA
Charles de Foucauld, el cristianismo y el Islam
El 15 de mayo la Iglesia beatificará
a Charles de Foucauld, "El hermano universal", como él mismo quería
que se le conociera. Su beatificación me alegra no sólo porque
su vida inspiró mi novela Viajeros en la noche (Aldus, 1999),
sino
porque frente a la guerra que ha opuesto una vez más al Islam y
al Occidente cristiano, ella llega en su justo momento.
Nació
en Estrasburgo, en 1858. Hijo de un vizconde, huérfano a los seis
años y poseedor de una inmensa fortuna, una buena parte de su vida
estuvo marcada por cólera, la insubordinación y el dandismo.
Admitido en 1876 en Saint-Cyr, es expulsado por obesidad precoz e indisciplina.
Aceptado en Saumur, se le envía a Argelia como teniente de husares
en el 4º regimiento de Cazadores de África. Constantemente
amonestado por su indisciplina y sus frecuentes amantes, dimite para instalarse
con una de ellas en Evian. Aburrido, regresa y entra en combate contra
las revueltas de Bu-Amama. Aquel muchacho indisciplinado y gordo se revela
entonces como un espléndido militar. Tocado por la fascinación
de los desiertos africanos vuelve a dimitir y prepara una expedición
a Marruecos. Disfrazado de judío pobre, delgado como un asceta y
acompañado por un rabino, vuelve con la descripción más
detallada que entonces podía haber de aquel país. Publica
Reconnaissance
au Maroc e Itinéraire au Maroc que le valen la Medalla
de Oro de la Sociedad de Geografía. Seducido por el Islam e instalado
como uno de ellos en el centro de París, piensa en hacerse musulmán:
"más virtuosos –escribe– que los cristianos que ellos combaten";
enamorado de su prima Marie y de su ferviente fe, el catolicismo también
le atrae. El encuentro con el confesor de Marie, el padre Huvelin, lo convierte
a la fe católica. Ascético, cavilante y con el corazón
puesto en África, encuentra su vocación en la trapa de Notre
Dame du Sacre Coeur, en Siria, a la que ingresa en 1890. Pero a este hombre,
que ha probado el misterio de la pobreza de Cristo y de la desnudez de
los desiertos, el rigor de la trapa le parece poca cosa. Atraído
por la vida oculta de Jesús de Nazareth, abandona en 1897 el monasterio,
se dirige a Nazareth y se emplea como jardinero de las clarisas. Descubierta
su identidad, regresa a la trapa para ordenarse sacerdote. Pero no permanece
en el monasterio ni vuelve a Nazareth. Fiel a su encuentro con Dios en
Marruecos, quiere volver a ese país para vivir la vida oculta de
Jesús y santificar en el silencio a ese pueblo. Instalado en Benni-Abbés,
Argelia, donde lanza una lucha frontal contra la esclavitud, comprando
esclavos y liberándolos, y apoyado por su amigo el general Laperrine,
no entra en Marruecos, sino en las zonas más difíciles de
Argelia, en los pueblos tuaregs, a los que llega en 1904. Viviendo en el
Hoggar como un marabuto cristiano en una zeriba, predicando el cristianismo
no por medio de la palabra sino con su ejemplo de vida: el servicio y la
caridad, se vuelve uno de ellos. Crea un diccionario targui-francés
y fija en escritura la tradición poética de esos pueblos.
Al estallar la primera guerra mundial, Foucauld, frente al embate de los
senussistas, fundamentalistas islámicos apoyados económicamente
por Alemania y sus intereses en África, pone, junto con el amenokal
de los tuargs, Mussa ag Amastante, al Hoggar en estado de defensa. Solo,
encerrado en el fuerte que han edificado para refugiar a la población
en caso de ataque y traicionado por El Madani, un harratino que servía
de correo entre el Hoggar y el Fuerte Motilinsky, es ejecutado con un tiro
en la cabeza el 1 de diciembre de 1916.
Foucauld fue lo contrario a los intereses
que Occidente defiende ahora en África. Hijo de la "cruzada civilizadora",
Foucauld se instaló en esos pueblos, no para convertirlos ni someterlos
a los intereses europeos, sino para vivir a Cristo como un hombre de África,
asimilado a esas culturas y defendiendo sus formas de vida y sus maneras
de ser. Su beatificación no es sólo un elogio de lo que debe
ser un cristiano: un "hermano universal", un pobre y un servidor, sino
una reprobación absoluta y perentoria de la manera en que el Occidente
cristiano, en nombre de los intereses más contrarios al Evangelio,
somete, destruye y aniquila el mundo del Islam.
Además opino que hay que respetar
los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos,
derruir el Costco-CM del Casino de la Selva y esclarecer los crímenes
de las asesinadas de Juárez.• |