Usted está aquí: sábado 26 de marzo de 2005 Opinión Jericó

Ilán Semo

Jericó

Hay ciudades, como Ákhaba, que deben su historia al mar; otras, más enigmáticas, a la memoria, como Mosul o Toledo, que fueron sinónimos del laberinto teológico. Cartago acabó siendo una capital de la guerra y desapareció como una pesadilla. La historia de Jerusalén sería inconcebible sin el término ocupación, y Siracusa, según Lucrecio, hizo fama por "sus plazas y sus tiranos", una conjunción por lo visto frecuente.

Desde sus primeras menciones, Jericó aparece ya como una ciudad amurallada. La dimensión de una conquista, escribió alguna vez Adriano, depende de la grandeza de los conquistados, y los autores del Viejo Testamento, que conocían este procedimiento narrativo, la atribuyeron, en Jericó, a sus muros. Para sitiarla, Josué instaló a las tropas israelitas en un campamento en las afueras de la ciudad. "Por orden de Dios, los hombres de guerra dieron vueltas a aquella fortaleza, una vez al día, durante seis días consecutivos." En medio de los soldados, prosigue La Biblia, los sacerdotes portaban el arca del pacto, precedidos por otros siete sacerdotes que tocaban las trompetas. El séptimo día dieron siete vueltas a la ciudad; al final de la séptima vuelta, mientras resonaba el toque de las trompetas, el ejército irrumpió en un clamor, los muros se derrumbaron y los soldados israelitas irrumpieron en la ciudad. En 1932, John Garstang, célebre arqueólogo, echó a perder esta magnífica historia con la hipótesis de que un temblor habría derribado los muros de Jericó. Desde entonces, la ciudad cayó en manos, sucesivamente (la lista es casi infinita, la resumo), de los fariseos, los persas, los griegos, los sarracenos, los sirios, de nuevo los israelitas, los romanos, los árabes, los turcos, los ingleses, los palestinos, de nuevo los israelíes y, hace unas semanas, de nuevo los palestinos. La historia universal en una nuez.

La versión más reciente de los muros de Jericó tardó en ser derribada casi 40 años. Tres guerras, la intifada y una década atroz de suicidas políticos y religiosos los echaron abajo. Hace unos cuantos días, Jericó pasó a manos de la administración autónoma palestina frente a la perplejidad, digamos, del mundo entero, que auguraba un conflicto sin solución, trenzado por la ira, el odio y una estela inagotable de agravios (supuestamente) históricos, religiosos y políticos.

Por su carácter súbito e inesperado, la entrega de Jericó (y otros territorios palestinos) se suma al catálogo de perplejidades en que se ha convertido la historia del tiempo presente. Por su intensidad, no es un hecho menor que la caída del Muro de Berlín, y por su trascendencia habrá de rescribir un imaginario (ya global) que homologaba, con todo el encono y la banalidad que permiten el lenguaje político, la causa palestina con las fobias antisemitas y a la causa de Israel con la cruzada contra el terrorismo. La realidad se ha revelado, una vez más, como un sitio irreductible a su parcelación en un catálogo de ismos y torniquetes ideológicos.

La rapidez de los acontecimientos desmoraliza cualquier intento de interpretación. Vista desde la perspectiva de las negociaciones en Egipto entre Ariel Sharon y Mahmoud Abbas, ¿cómo interpretar la función que cumplió hasta su muerte Yasser Arafat en este último y terrible tramo que desembocó en el acuerdo de paz? Difícil valorarla. Sin el rigor de Arafat, la idea misma de un Estado palestino habría sido inconcebible. Pero los recientes seis años, acaso los más crueles de esta historia, fueron un simple y llano delirio.

Toda esa absurda algarabía sobre el carácter supuestamente "expansivo" del Estado israelí aparece hoy, frente al acuerdo de El Cairo, como un recurso estrictamente propagandístico e inflamatorio, cuando no como una retórica del antisemitismo.

Hace mucho que la mayor parte de la población israelí -que no la ultraderecha- anhelaba este acuerdo, y Sharon no hizo más que desplazarse hacia ese consenso para poder seguir gobernando.

La escena palestina abunda también en asombros. Abbas logró sentar a la mesa de las negociaciones a los grupos fundamentalistas, no sólo para pactar una tregua con Israel, sino para aceptar un régimen aproximadamente democrático. Lo impresionante es que lo haya logrado. ¿Qué es entonces el fundamentalismo islámico? ¿Sostendrá el acuerdo? Lo obvio, después de las elecciones palestinas, es que la mayor parte de la población estaba simplemente harta de ser sustituida y suprimida por los "mártires" y todo el frenesí terrorista.

El proceso de paz apenas se ha iniciado. En Medio Oriente la historia se cuenta en horas, no en días ni meses. Todo puede suceder. Pero el simple hecho de observar a Sharon y Abbas juntos en una mesa negociando recuerda que el destino pasado y venidero de una sociedad nunca está escrito.

 
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