Usted está aquí: sábado 16 de abril de 2005 Opinión Santo súbito

Gonzalo Martínez Corbalá

Santo súbito

Luigi Accatoli, conocido reportero del Corriere della Sera, de Milán, escribió en estos días que estaba circulado entre los cardenales electores la iniciativa de que se realizara una suerte de canonización fast track del papa Juan Pablo II, y se pedía, desde luego, la adhesión a la idea, a pesar de que la costumbre establece varios años de investigación minuciosa para estos casos.

El reclamo por la santificación empezó inmediatamente después de la muerte del Papa, el 2 de abril, y sonó más fuerte durante el funeral, entre el rumor de las plegarias y los cantos en todos los idiomas, en los que se pedía por el alma de Juan Pablo II, el Papa polaco que ha dejado una huella tan profunda en el alma de los creyentes -y también de los no creyentes- por su gran actividad en todas las esferas de la sociedad en todo el mundo. Los cardenales electores se han visto sujetos a fuertes presiones populares para canonizar al Papa del dolor y han respondido con hábiles y discretos mensajes; también han filtrado algunas noticias en la prensa italiana sin dejar de hacer ellos mismos algunas gestiones con carácter secreto, conscientes de que este hecho habrá de influir de alguna manera en la elección del nuevo Papa.

Según New York Times, lo que desató los rumores fue la declaración del cardenal alemán Joseph Ratzinger en el funeral de Juan Pablo II, cuando dijo que "nosotros estamos seguros de que nuestro amado Papa está de pie ahora ante la ventana de la casa del Padre", además de dos cardenales más, italianos, que hicieron declaraciones semejantes en homilías recientes. Otros concluyeron que "si estaba en el paraíso, es que era ya un santo", como fue el caso de Vitorio Messori, un escritor colaborador del Papa.

No faltó tampoco quien ya le ha atribuido algún milagro en la curación de enfermedades, como los cardenales Francesco Marchesano y el propio Camilo Ruini. El prominente teólogo suizo Hans Kung y otros analistas consideraron este modo de santificar fast track al Papa polaco como un movimiento pensado para presionar a los cardenales del cónclave para elegir a un sucesor en la misma línea conservadora. En todo caso, se está poniendo a prueba, en esta ocasión, toda la tradición de la Iglesia en lo que a canonización se refiere, y también en el complejo proceso que se ha puesto ya en marcha para la elección del sucesor de uno de los papas que más voluntades ha conquistado en todo el planeta, y que más ha influido, inclusive políticamente. Un ejemplo es la configuración ideológica de Europa del este y el colapso de la Unión Soviética.

Juan Pablo II se caracterizó por ser un gran comunicador que concitó el respeto y el afecto de los no creyentes por su estilo suave y persuasivo, y por la gran sensibilidad humana que mostraba, aun con el gesto adusto un tanto endurecido por el dolor físico, desde el atentado que sufrió en la Plaza de San Pedro en 1981 y que le dejó una herida de bala que minó su salud. Cientos de miles de admiradores creyentes en la fe católica que han ido a rendirle un último homenaje son, sin duda, quienes quieren tener muy pronto un santo nuevo en sus iglesias en cualquier parte del mundo, desde las muy modestas hasta las más ricas, inclusive desde el punto de vista artístico y arquitectónico, y muy probablemente querrían un sucesor de Juan Pablo II que se pareciera a él, pero en esto muchos de los 117 cardenales electores que habrán de decidirlo en el cónclave, que se llevará a cabo bajo juramento de secrecía, no estarán de acuerdo probablemente, sino buscarían un estilo diferente, pero que sea sobre todo, eso sí, un comunicador de la fe tan efectivo como su antecesor, que pueda sostener vivas las profundas raíces que Juan Pablo II dejó sembradas especialmente entre los jóvenes.

Tuvo firme oposición a los métodos anticonceptivos, al divorcio -aunque supo hacer en este aspecto algunas notables excepciones-, a las mujeres como sacerdotes, al aborto y a la eutanasia; en este contexto de referencia, el nuevo líder de una Iglesia de más de mil millones de personas dispersas en todo el mundo, de prácticamente todas las etnias y de todos los rincones de todas las geografías del planeta, deberá ser escogido de entre los 21 cardenales de América Latina, de los 14 de Canadá y Estados Unidos, de los 11 de Africa, 11 de Asia y dos de Oceanía, o de los 58 de Europa, que van desde el más joven, que tiene 52 años, hasta el más viejo, de 80, si es que alguno cumplió estos años después de la muerte del Papa.

Algunos provienen de la propia curia del Vaticano que maneja los asuntos de la Iglesia, o de los que sirven como arzobispos que atienden los asuntos locales de la Iglesia y de la religión. Los nombres que se manejan con más insistencia son los del cardenal Ratzinger de Alemania, que representaría la continuidad; el hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga, quien estaría por el cambio, o bien si del cónclave saliera el humo blanco para un papa africano pudiera ser elegido el nigeriano Francis Arinze, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, considerado un católico ortodoxo con una especial animadversión hacia la homosexualidad. El cardenal vicario de Roma, Camilo Ruini, personaje muy influyente en la Iglesia italiana y presidente de la Conferencia Episcopal de ese país desde 1991, también parece tener fuerza entre los electores del cónclave .

Por encima de la importancia numérica de las regiones geográficamente consideradas y de las lenguas que se hablan, lo que es absolutamente indudable es que el gran reto que tiene el sucesor de Juan Pablo II, quien quiera que sea, y de donde quiera que pudiera provenir, es el gran carisma y las grandes dotes de comunicador excepcional que tuvo el Papa polaco. Pronto seguramente saldrá el humo blanco en el Vaticano y todo el misterio habrá de despejarse junto con él, y habremos de saber también si el sucesor recoge las voces que demandan que se haga el santo súbito.

 
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