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pesar del gran arraigo de la homofobia en el cuerpo de los individuos
y de la sociedad, un nuevo consenso social comienza a formarse, según
el cual el comportamiento enfermizo y patológico que amenaza
la convivencia social no es la homosexualidad sino su contraparte:
la homofobia, esa intolerancia y odio hacia quienes se inclinan amorosa
y sexualmente por personas de su mismo sexo. La ecuación se
ha invertido y la gente empieza a percatarse de ello: el enfermo
no es el gay o la lesbiana que decide ordenar su vida sentimental
y erótica de acuerdo a esa elección, sino quien padece
aversión obsesiva contra esas opciones sexuales al grado de
cometer todo tipo de agresiones contra esas personas.
Al igual que el racismo y el sexismo, la homofobia es un problema
social que impide el acceso a la igualdad de derechos de
un sector de la población.
Pero a diferencia de las otras formas de segregación y discriminación,
los estragos causados por la homofobia no han sido aún cuantificados.
Debido a la exclusión de que son objeto las personas homosexuales,
se carece de cifras y datos que den cuenta del daño producido.
En amplios sectores las conductas homofóbicas aún gozan
de legitimidad, incluso al interior mismo de las familias y las escuelas.
Y en el peor de los escenarios, la transmisión del VIH/sida, la
homofobia se ha convertido en el principal obstáculo para hacer
frente a la epidemia, pues la población masculina con prácticas
homosexuales es la principal afectada.
Resulta muy alentador que cada vez un mayor número de instituciones
y organizaciones civiles se involucren en el tema. La campaña
contra la homofobia emprendida por el Conapred y el Conasida ha sumado
apoyos de diversos sectores, ubicados más allá de la comunidad
gay. Se trata de un primer esfuerzo que deberá sostenerse y encontrar
continuidad para garantizar al largo plazo un verdadero impacto.
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