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El
odio nefando a la diferencia sexual
A
unos días de haber iniciado la campaña contra la homofobia
en
estaciones de radio de varias ciudades del país, Carlos Monsiváis
reflexiona sobre la pertinencia de reconocer la anormalidad del homófobo
y la existencia social, abierta y libre, de las y los homosexuales.
Por
Fernando Mino
El
ghetto gay, tan útil para el enaltecimiento de la norma, ve
en el desprecio el primer reconocimiento público de existencia”.
Entonces, ¿visibilidad y homofobia son procesos que surgen a la
par?
La homofobia está en el origen de la civilización judeo-cristiana.
Al decir lo anterior me declaro culpable de leso anacronismo porque no
hay homofobia cuando la palabra homosexual no existe, y cuando nadie
califica de prejuicio el odio a la diferencia. En tiempos de “las
bárbaras naciones” o de las “tribus civilizables”,
el varón que ayunta con varón debilita la fortaleza guerrera
de su grupo y es un traidor inevitable (a las mujeres no se les conceden
decisiones corporales). Y el ghetto gay sólo existe en Europa
y Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y
eso como el complot de las sombras en pos de las clases trabajadoras
y los marinos. Hay burlas, golpes, asesinatos, pero el insulto no se
imprime o no se emite como reconocimiento de existencia sino como lo
opuesto: como el señalamiento de la abyección. Por eso
es tan significativa la redada de Los 41 en 1901, porque el gay ingresa
al horizonte social a través del choteo, y el humor suaviza o “humaniza” el
prejuicio.
La homofobia es miedo, lo que establece coartadas a la agresión.
A veces pareciera que hablar de homofobia es hablar de actos deliberados
de ataque y discriminación, pero también hay acciones homofóbicas
sutiles o interiorizadas (en el caso de muchos grupos gays) que marcan
conductas sociales.
No estoy convencido de que la homofobia sea miedo. Como estrategia de
psicología pop decir esto funciona (“Es mataputos porque
lo aterra su incapacidad para eliminar el deseo ante los hombres atractivos”),
pero en rigor no importa el origen psicoanalítico de la homofobia,
y está de más, en la lucha política y social, tomar
en cuenta los subsuelos del prejuicio. Lo primordial es enfrentar a la
homofobia desde la educación, la cultura y las leyes, ésa
sí me parece una respuesta civilizada. En este sentido, es apenas
previsible la homofobia interiorizada en los grupos gays. Cada minoría
estigmatizada aloja en su idea de sí misma una porción
de los prejuicios en su contra, y esto sólo se supera, como ve
muy bien Hanna Arendt, si se asume creativa y enérgicamente aquello
por lo cual se persigue a la persona y a la minoría que pertenece.
En la medida que la minoría inutiliza con el uso burlón
los peores insultos en su contra (tal vez el caso de los negros norteamericanos
sea ilustrativo), los insultos pasan a ser descripciones sarcásticas
o, de hecho, resultan homenajes al revés. Si se aísla el
componente destructivo del insulto, el agredido se enfrenta únicamente
a las intenciones del agresor, y este “desarme ideológico” es,
de no tratarse de acciones de violencia, más fácil de manejar:
Le dijo maricón y no se rió”.
¿
Es justo pensar que la homofobia social surge como derivado natural del
gran valor que se le da a la virilidad en México, al macho mexicano?
No hay homofobia individual, la única homofobia realmente existente
es la social, desglosable en personas, grupos, regiones, gremios. La
homofobia es una respuesta a los prófugos de la virilidad, los
que traicionan el vuelo de la testosterona. Eso sin duda, pero el machismo
ha modificado a tal grado su apariencia que la homofobia de hoy ya incluye,
se quiera o no, la autocrítica. ¿O que habrían dicho
en 1930 de los aretes en los hombres y de los pantalones ya irremediables
en la mujeres?
Si la homofobia es el primer paso hacia el reconocimiento de la existencia, ¿cómo
desligar un asunto del otro? Mucha gente piensa que hay respeto, siempre
y cuando no haya alarde.
Hay respeto cuando deja de creerse que existe tal cosa como el “alarde”.
Si uno califica de “alarde” (exhibición, provocación)
la conducta de gays y lesbianas, para ya no hablar de los transexuales,
exhibe su refrendo del prejuicio. El “alarde” es simplemente
el ejercicio del derecho a proceder como a uno o a una le de la gana,
tan pintoresco como se quiera.
Al hablar de identidad sexual es factible hablar de aceptación
o sólo de tolerancia, término que pareciera remitir a coerción,
a coexistencia con el “anormal”.
Hoy, tolerancia y aceptación son sinónimos, y esto se debe
al atraso inmenso de la jerarquía eclesiástica (“Los
respetamos con la condición de que no existan”) y de los
sectores tradicionales. A estas alturas, son es la anormalidad? Si son
millones los gays y lesbianas en México, decirles “anormales” es
regañar a la naturaleza por sus despilfarros.
El fenómeno de la homofobia tiene alguna peculiaridad en México
u obedece a procesos comunes a todos los países.
Tal vez lo peculiar de México, y al respecto habría que
tener estadísticas confiables, es el cúmulo de crímenes
de odio contra gays, lo que remite de inmediato a la impunidad y las
complicidades del machismo. Eso sí llama poderosamente la atención.
Por lo demás, la línea de resistencia de la homofobia depende
en lo fundamental del clero católico y el tradicionalismo, y esta
confederación del prejuicio va en retroceso. Obsérvese
el fracaso de su oposición a los spots de radio contra la homofobia.
Si se piensa en la política mexicana, ¿qué decir
de los rumores sobre los poderosos que practican el “vicio nefando”?
Un político al que califican de “maricón” no
puede, de modo alguno, contender por el título de la Flor más
Bella del Ejido. Confirmaría las sospechas, y eso sí es
una gran limitación, y, además, es tal el nivel de bajeza
en la ronda de difamaciones, que lo que se diga de cualquier persona
pública es a la vez criticable e increíble. Una acusación
homofóbica cuenta, pero la falta de cargos homofóbicos
también da lugar a sospechas: “Debe llevar doble vida porque
nadie me ha dicho nunca que es gay”.
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