Usted está aquí: martes 31 de mayo de 2005 Opinión Fox y Santiago Vasconcelos: nuevos abismos

Editorial

Fox y Santiago Vasconcelos: nuevos abismos

En un entorno caracterizado por el naufragio del estado de derecho, en medio de una inseguridad inocultable y del acoso sin precedentes de la delincuencia hacia instituciones y ciudadanía, lo menos que podría pedirse a las autoridades es que tuvieran cautela y mesura antes de expresarse. En caso contrario los factores reales de zozobra y desgobierno se multiplican por efecto de extravíos discursivos que tienden a confirmar la ausencia de claridad, rumbo y nociones claras de los gobernantes. Eso ocurrió ayer con las declaraciones del presidente Vicente Fox de que los feminicidios en curso desde hace una década en Ciudad Juárez y la impunidad de los culpables son asuntos magnificados y distorsionados por un "refriteo" de la información.

El titular del Ejecutivo federal, además de hacer declaraciones falsas ("hay otros lugares en el país donde hay el mismo número proporcional de homicidios de mujeres, igual que lo hay con hombres" o "la mayor parte de estos homicidios están resueltos, es decir, los responsables están en la cárcel"), pareciera dispuesto a creer que los asesinatos de mujeres en la localidad fronteriza son un suceso "normal", conformado por un cúmulo de casos aislados y sin relación entre sí, y que ese fenómeno atroz, indignante y degradante es una invención de los medios informativos.

Este nuevo agravio a la memoria de las víctimas y a sus familiares constituye, a fin de cuentas, un remate congruente con la manera de pensar y hablar del foxismo: para resolver el desempleo, la miseria o la delincuencia basta con negar que existen y poner en circulación cifras que los desmientan; en cambio, si un problema persiste, es porque la prensa lo menciona. Para despejar rezagos, oprobios e infortunios nacionales, basta con dejar de leer los periódicos. Para acabar con la ola de asesinatos de mujeres juarenses sería suficiente con que los medios informativos se refirieran únicamente a las capturas de presuntos responsables ­no pocos de los cuales son culpables fabricados, dicho sea de paso­ y no a los delitos.

Por si no bastara con esta clase de declaraciones, el subprocurador José Luis Santiago Vasconcelos acudió ayer a Los Pinos para ofrecer a los informadores ­esos mismos que, según el jefe del declarante, "refritean" en forma irresponsable los feminicidios­ nada menos que un panegírico del narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán Loera. A modo de justificación por no haber recapturado al capo, Santiago Vasconcelos "explicó" que la Procuraduría General de la República (PGR) se encuentra ante "uno de los sujetos más inteligentes a los que nos hemos enfrentado", dotado de "una capacidad extraordinaria de reacción y una gran estructura de protección". Adicionalmente, El Chapo se refugia en localidades rurales remotas, donde los habitantes lo ven "como un héroe, un redentor o un paladín de los pobres".

De ser cierto lo dicho por Santiago Vasconcelos, no es necesario imaginarse el grado de marginación y olvido oficial en que se encuentran las comunidades a las que, en ausencia del Estado, no les queda más remedio que ver al narco como protector y héroe. Lo verdaderamente grave es que el alegato del funcionario constituye una admisión tal vez involuntaria de que la PGR carece de los atributos que reconoce al delincuente: inteligencia, capacidad de reacción y presencia, así como poderío en diversas entidades del país.

La conclusión se cae de obvia: si la lucha del gobierno contra el narcotráfico es algo más que mera ocurrencia o hipocresía, habría que poner al frente de ese esfuerzo a alguien con inteligencia al menos equiparable a la de los cabecillas de las mafias y dotar a la PGR de capacidad organizativa y de recursos requeridos, si no para ganar esa guerra, al menos para no perderla. Mientras tanto sería recomendable que alguien explicara al subprocurador la manifiesta improcedencia de elogiar, desde su cargo y con tanto entusiasmo, a uno de los delincuentes más buscados por la procuraduría, ya no por un elemental decoro institucional, sino aunque fuera para no desmoralizar a los hombres a su cargo.

En suma, la proverbial torpeza declarativa y conceptual del grupo en el poder alcanzó ayer abismos alarmantes en cuyas profundidades se percibe, en toda su crudeza, la forma de pensar de las máximas autoridades y la incapacidad del foxismo para relacionarse en forma mínimamente coherente con un país que, por lo que puede verse, ni siquiera existe en la representación de la realidad que se hacen los altos funcionarios.

 
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