Usted está aquí: martes 31 de mayo de 2005 Opinión Prozac

Javier Flores

Prozac

Todos llevamos a cuestas nuestras patologías. Son parte de nosotros, o, dicho de otra forma, son nosotros. Las enfermedades son nuestra biografía, pues algunas las heredamos de nuestros padres. Caminamos con ellas e inevitablemente se les van sumando otras que adquirimos durante la vida. Así, forman parte de nuestras vidas, y fielmente nos acompañan hasta la muerte. Son nuestro rostro y cicatrices en nuestras almas.

En la actualidad han adquirido relieve algunas enfermedades, antiguas todas, pero por su incidencia propias de nuestro tiempo. La depresión, los desórdenes obsesivo-compulsivos, la ansiedad y el pánico. Aunque no se conocen sus causas con precisión, este grupo de padecimientos tiene en la actualidad un elemento común: se les atribuye un origen semejante, y se les trata farmacológicamente de la misma manera. Al parecer, una de las causas de estos males es la reducción de un transmisor químico del cerebro, la serotonina. Desde 1986 uno de los tratamientos para estos trastornos es el Prozac y otros medicamentos, cuyo principio activo, la fluoxetina, mantiene altos los niveles cerebrales de ese neurotransmisor.

Dicho rápidamente, la depresión es un padecimiento que involucra al cuerpo, los deseos, la comprensión, el pensamiento, y especialmente lo que uno siente respecto a sí mismo. Los síntomas incluyen una persistente tristeza, intranquilidad, pesimismo y desesperanza, sentimientos de culpa, indefensión e impotencia, pérdida del interés o placer por las actividades que a uno le gustan, irritabilidad, fatiga, dificultades para concentrarse, recordar, tomar decisiones; insomnio, pérdida del apetito, pérdida del valor hacia uno mismo. En algunas de sus modalidades, ideas de muerte o suicidio. Todos los síntomas que aquí se presentan están basados en los estudios del Instituto Nacional de Salud Metal de Estados Unidos.

Los trastornos obsesivo-compulsivos son trastornos de ansiedad que se caracterizan por obsesiones recurrentes o conductas repetitivas (compulsiones), rituales como lavarse las manos todo el tiempo, y la presencia de ideas persistentes o imágenes no deseadas. Los episodios de pánico, por su parte, se caracterizan por sentimientos de miedo o terror sin una causa real, que se acompañan de síntomas físicos como palpitaciones, dolor del pecho, aumento de la frecuencia respiratoria, sudoración, pérdida del control, entre otros.

Estos padecimientos se explican en la actualidad por la reducción de los niveles cerebrales de la serotonina. El Prozac y otros medicamentos análogos corrigen estos síntomas y mantenienen altos los niveles de este neurotrasmisor. ¿Cómo lo hacen? En condiciones normales las neuronas productoras de serotonina la almacenan en pequeñas vesículas, la liberan y luego la absorben nuevamente, es decir, la recapturan, reduciendo su presencia en el sistema nervioso. La fluoxetina evita esta recaptura, por lo que mantiene elevados los niveles de este mediador químico en el cerebro.

Uno de los principales efectos del medicamento es que al atacar los síntomas descritos proporciona una sensación de bienestar y la elevación de la autoestima. Para algunos es como el soma de Aldous Huxley en su célebre libro Un mundo feliz.

Esto ha llevado a la exploración de una dimensión política del Prozac. Francis Fukuyama, por ejemplo, reconoce que nos encontramos en medio de una revolución en el conocimiento sobre la química del cerebro en la que, a su juicio, no es preciso recurrir a argumentos de ciencia ficción para darse cuenta de en qué puede desembocar. En su libro Our posthuman future (Profile Books, Londres, 2002), Fukuyama señala que el Prozac afecta la más fundamental de las emociones políticas: la valoración de uno mismo o autoestima, que el autor identifica con el deseo de toda persona de obtener reconocimiento. El autor prevé que los conocimientos sobre la química del cerebro y la capacidad de manipularla llegarán a constituir una fuente importante de control de la conducta que tendrá significativas implicaciones políticas... Pero, como ocurre con todos los tratamientos aparentemente exitosos, hay dudas acerca de su efectividad.

Un problema serio son los efectos colaterales del Prozac. Entre éstos se cuentan daños al aparato digestivo y a los sistemas endócrino, hemolinfático, respiratorio, urogenital y la piel. En el sistema nervioso comprenden visión borrosa, temblor y movimientos anormales, pérdida de peso y los síntomas de la ansiedad, como palpitaciones, nerviosismo e intranquilidad sicomotora; mareos y fatiga, alteraciones en la concentración o el proceso de pensamiento, incluyendo la despersonalización, reacciones maniacas y alteraciones del sueño. En estudios realizados en niños y adolescentes se ha reportado un incremento en las tendencias suicidas, también a partir de reportes del instituto citado.

En mi opinión, el Prozac y su principio activo, la fluoxetina, son elementos de gran importancia en la investigación sobre la función del sistema nervioso, pues nos permiten avanzar en la comprensión de cómo funciona el cerebro. Se ha introducido muy rápidamente, sin embargo, en el tratamiento de enfermedades como las descritas, lo que ha beneficiado a la industria farmacéutica, que arrasa ganancias millonarias. La acumulación de datos sobre las reacciones adversas muestra que su empleo clínico es prematuro. Los actuales usuarios son en realidad conejillos de Indias, cuyos datos permitirán el desarrollo en el futuro de fármacos más efectivos y seguros.

Por otra parte, es totalmente inapropiado y de mal gusto hacer juicios sobre las personas que reciben tratamiento con fluoxetina. Es como si criticáramos a alguien que, padeciendo diabetes, se administra insulina. Dime qué patología tienes y te diré quién eres. ¿Acaso vamos a convertir las historias clínicas de las personalidades en asuntos públicos? ¿Vamos a tener que ver con los expedientes cardiológicos de las senadoras, o con los proctológicos de los diputados? Espero que no.

 
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