Usted está aquí: lunes 20 de junio de 2005 Cultura Los vasos comunicantes

Los vasos comunicantes

André Breton

El sueño libera, exhibe, crea, borra la noción del tiempo y provoca una ''conspiración de silencio y de noche" en torno al amor. Estas son las ideas centrales que André Breton (1896-1966) expone en su libro Los vasos comunicantes, editado en 1938 y que ahora vuelve a estar en circulación publicado por Siruela en su colección Libros del Tiempo.

Las tesis del padre del surrealismo alrededor de las propuestas de Sigmund Freud entusiasmaron a personajes como Diego Rivera, quien realizó, también en 1938, una xilografía que ilustraría el cartel de una conferencia que Breton ofreció en México en aquellos años. La pieza, llamada como el libro, es uno de los pocos cuadros surrealistas creados por el pintor mexicano.

Los vasos comunicantes de Rivera perteneció durante mucho tiempo a la colección personal de Breton, hasta que ésta fue rematada hace un par de años por la nieta del pensador francés.

El 10 de junio de 1938, en el suplemento México en la Cultura, del diario Novedades, Rivera reseñó Los vasos comunicantes, libro que a partir de esta semana se encuentra en librerías mexicanas, distribuido por Colofón, con cuya autorización ofrecemos a los lectores de La Jornada un adelanto de éste que constituye uno de los textos claves del surrealismo.

El 5 de abril de 1931, hacia mediodía, en un café de la place Blanche donde mis amigos y yo teníamos costumbre de reunirnos, acababa de contar a Paul Eluard mi sueño de la noche (el sueño del hachís) y terminábamos, ayudándome él, pues me había visto vivir la mayor parte de las horas del día precedente, de interpretarlo, cuando mis miradas encontraron las de una mujer joven, o una muchacha, sentada en compañía de un hombre, a pocos pasos de nosotros. Puesto que no parecía de ningún modo molesta por la atención que yo le dedicaba, la contemplé detalladamente, de la cabeza a los pies, con mucha complacencia, o quizá fue que desde el primer momento ya no logré separar de ella la mirada. Ahora me sonreía, sin bajar los ojos, y no parecía temer que su compañero se sintiera ofendido. Este, muy inmóvil, muy silencioso y con el pensamiento visiblemente muy lejos de ella -debía tener unos 40 años-, me producía el efecto de un hombre apagado, más que desalentado, verdaderamente conmovedor, por otra parte. Lo veo aún bastante bien: desencajado, calvo, encorvado, de aspecto muy pobre, la imagen misma del descuido. Junto a él, aquel ser parecía tan despierto, tan alegre, tan seguro de sí mismo y con modales tan provocadores que la sola idea de que viviesen juntos casi daba ganas de reír. La pierna perfecta, muy voluntariamente descubierta, por estar cruzada, hasta mucho más arriba de la rodilla, se balanceaba viva, lenta, más viva en el primer pálido rayo de sol -el más bello- que se dejaba ver del año. Sus ojos (nunca he sabido decir el color de sus ojos; para mí han seguido siendo solamente unos ojos muy claros), ¿cómo hacerme comprender?, eran de aquellos que no vuelven a verse jamás. Eran jóvenes, directos, ávidos, sin languidez, sin niñería, sin prudencia, sin ''alma" en el sentido poético (religioso) de la palabra. Ojos sobre los cuales la noche debía caer de súbito. Como por efecto de ese tacto supremo del cual sólo saben dar prueba las mujeres que más carecen de él, y esto en ocasiones tanto más raras cuanto que se saben más bellas, para atenuar lo que podía haber de desolador en el aspecto del hombre, ella iba arreglada con la máxima simplicidad. Después de todo, aquella indigencia, por paradójica que fuera, podía ser real. Vislumbré sin profundidad un abismo de miseria y de injusticia sociales que es, en efecto, lo que se flanquea cada día en los países capitalistas. Después pensé que podía tratarse de unos artistas de circo, acróbatas, como no es raro ver circular por aquel barrio. Siempre me sorprenden esas parejas que, en su unión, parecen escapar a los modos actuales de selección: la mujer manifiestamente demasiado hermosa para el hombre; éste, para quien fue una necesidad profesional adquirirla, tuvo en cuenta sólo aquella belleza, agotado por su propio trabajo más duro, más difícil. Esta idea, por otra parte, pasajera, imposible de retener, porque era el día de Pascua y el bulevar entero retumbaba con el ruido de los vehículos que paseaban por París a los extranjeros de visita. A final de cuentas, no podía tratarse más que de gente de paso, más precisamente alemanes, como comprobé a continuación. Estaba seguro, al verlos partir, que la joven, que se había rezagado para mirar hacia atrás, volvería al día siguiente o, en caso de imposibilidad, uno de los días más próximos.

Por lo que sé, me movía, en aquella época, la angustia en que me dejaba la desaparición de una mujer a quien no daré ningún nombre, para no dejar de satisfacerla, a requerimiento suyo. Esta angustia venía esencialmente de la imposibilidad en que me hallaba de tener en cuenta las razones de carácter social que habían podido separarnos, para siempre, como entonces ya sabía. Ora esas razones ocupaban todo el campo de mi conocimiento, un conocimiento por otra parte bastante nublado por la falta de huellas objetivas de aquella misma desaparición, ora, imponiéndose la desesperación a toda manera válida de consideración, me sumergía en el horror puro y simple de vivir sin saber cómo podía vivir aún, cómo podía seguir viviendo. Nunca he sufrido tanto, es mediocre decirlo, por la ausencia de un ser y por la soledad, que por su presencia en otra parte donde yo no estaba y por lo que podía imaginar a pesar de todo, de su gozo por una fruslería, de su tristeza, de su tedio por un cielo de un día, un poco demasiado bajo. Es la brusca imposibilidad de apreciar una por una las reacciones de este ser en relación con la vida exterior lo que siempre más me ha precipitado debajo de mí mismo. Todavía hoy no concibo que esto sea tolerable, no lo concebiré nunca. El amor, considera- do desde un punto de vista materialista, no es de ninguna manera una enfermedad inconfesable. Como han hecho observar Marx y Engels (La sagrada familia), no es porque desalienta la especulación crítica, incapaz de asignarle a priori un origen y una finalidad, no es porque el amor, para la abstracción, ''no tiene pasaporte dialéctico" (en el mal sentido de esta palabra) que pueda ser proscrito como pueril o como peligroso. ''Lo que la crítica ataca aquí -añaden Marx y Engels-, no es solamente el amor, es todo lo que es vivo, todo lo que cae directamente bajo los sentidos y es del dominio de la experiencia sensible; es, en suma, toda la experiencia material de la que no se puede nunca establecer de antemano ni el origen ni la finalidad" (...)

 
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