Usted está aquí: lunes 1 de agosto de 2005 Cultura Flor de loto y piedras

Hermann Bellinghausen

Flor de loto y piedras

Unas cuantas calles estrechas y tortuosas, un jardín de rocas que habla para sí más allá del tiempo, un gran Buda en circuito redondo (en rigor, dos Budas, pero aquí sólo hay espacio para uno). Un viaje en tren inecesariamente rápido. Flores en el lodo. Y un nombre. ¿Qué más hace falta retener en la casa restauradora de la memoria?

Kamakura. Si "subir" puede llamarse a la acción delicada, imperceptible y espaciosa que llegar allí demanda, sí, subí al dichoso templo al aire libre. La intención antigua del peregrino la retiene el turista, coleccionador de instantes, objetos portátiles y baratos, monedas sin valor, tarjetas postales, snap shots.

Si "estar" puede llamarse al paso distraído y con limitación horaria de los viajeros accidentales que quizá debían estar en otra parte con mayor provecho a la misma hora, entonces diré que estuve en Kamakura. Allí aprendí que las piedras son las flores del jardín, y las flores, tristes piedras que se hunden en lodo y petróleo.

Kamakura no es una de esas ciudades que uno recuerde como a una mujer alejándose contra la luz del sol declinante en una colina; sube y baja acompasada, fuerte, en lo que pedalea cuesta arriba su bicicleta. Kamakura no puede venir así porque se localiza en la planicie de Kanto, la más poblada del planeta, en el corazón de la isla Honshu. Un inmenso plato de porcelana que termina en playas y la extensión portuaria que une los mundos.

El Amida Buda en flor de loto a la intemperie no es el de mayor tamaño, pero casi. Lleva así 500 años, desde que un tsunami arrancó por completo el templo endeble que lo cubría. El monote es de bronce y varios metros de altura, así que para moverlo se necesita mucho más que un tsunami.

En alguna calle de Kamakura compré por cualquier bicoca uno de los objetos que me han acompañado a lo largo de la vida. Es tan sólo un trozo de madera veteada de la que brotan un rostro, dos manos, un cayado. La calva ha enegrecido al sobar de los años y las mudanzas. Es un peregrino, o si no un "monje" zen, de larga barba y la sonrisa serena de quien ha visto leones y dragones y sigue en pie. Lo conservo en sobre escritorio o en el librero más próximo, al alcance de una mano que jamás lo busca.

Cómo hay nociones que, al descubrirlas un cierto día, nos abren los significados del mundo a tal grado que lo multiplican. Un jardín de piedras. Sus jardineros los moldearon y dibujaron como a setos y malezas, como si rosales grises apuntaran los volcánicos pétalos de la sombra. Cerezos florecientes de pura grava. La caligrafía que urden es similar al pensamiento. Aunque suene absurdo, un jardín de rocas es silencioso: en ausencia de vegetación y tierra fértil, su respiración es la del viento encima.

Cerca de la estación ferroviaria había ocurrido un pequeño desastre ambiental por el derramamiento de petróleo en el lodo de un céntrico patio en remodelación. La grama delicada y los enjambres de florecillas sucumbieron al ataque de lo negro, y para la hora que el tren salió de vuelta a Tokio, la noción de jardín experimentaba su revolución de octubre, su toma de la Bastilla. Uno de esos momentos extremadamente raros en los que la verdad se crea.

Las ruinas de las zonas arqueológicas, aquí-y-en-China son piedra muerta. En el jardín de Kamakura lo viviente eran las piedras.

 
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