Usted está aquí: miércoles 10 de agosto de 2005 Espectáculos MUSICA

MUSICA

Jaime Avilés

Recordando los versos de Noel Nicola tras la muerte del cantautor

Ampliar la imagen Las im�nes de Noel Nicola y del escritor peruano C�r Vallejo FOTO Archivo Foto: Archivo

CON LA MUERTE de Noel Nicola -La Habana acaba de anunciar su deceso, provocado por el cáncer, a los 58 años- suben a la superficie rostros, objetos, imágenes que llevaban largas décadas atorados en el fondo de la memoria, como ese disco suyo, de su puño y letra firmado con tinta verde y con un mensaje de aliento y consuelo para una amiga que teníamos en común y que estaba atravesando por entonces la zona de mayor turbulencia de una crisis pasional. Por eso le garrapateó estas palabras: "Paloma, espero que puedas volar hacia la paz alguna vez".

Eran los tiempos en que Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Virulo y, por supuesto, la estremecedora Sara González, viajaban a la ciudad de México, por desgracia no siempre juntos, para cantar en los festivales de Oposición que organizaban Juanito Meléndez y otros compañeros en el Auditorio Nacional a finales de los años 70, en plena campaña por la legalización del Partido Comunista Mexicano. Cuántas veces, desde entonces, me he sorprendido a mí mismo tarareando, canturreando bajito alguna letra de Noel Nicola mientras voy por la calle o nado de pie en el agua del baño.

"Te perdono/ el montón de palabras/ que has dejado en mi oído/ desde que te conozco.// Te perdono/ tus fiestas y tus gastos/ tus comidas afuera/ cervezas y cigarros.// Lo que no te perdono/ es haberme besado/ con tanta alevosía/ tengo testigos/ un perro/ la madrugada/ el frío.// Y eso sí/ que no te lo perdono/ pues sí te lo perdono/ seguro que lo olvido..."

Las anécdotas de aquellos tiempos. Al igual que Silvio y Pablo, Noel estaba adscrito al Instituto de Experimentación Sonora del IAIC, pero no era, por cierto, el alumno más aventajado: sus composiciones musicales, o dicho de otra forma, sus escasos conocimientos en materia de composición -deficiencia que superaría con las décadas-, lo colocaban en desventaja ante sus compañeros y en vergüenza ante sus maestros, que lo amenazaban con "devolverlo" a la "esfera de la producción" -esto es, a tumbar caña- si no realizaba progresos importantes.

"Es tan temprano y tú ya me despiertas/ no me dejas dormir/ algo sucede/ rodamos en un beso cama abajo/ y siento que estás viva de milagro.// Te digo que estás bella como nunca/ así, sin arreglarte aún el pelo... Comienzo el día/ aseguro las llaves/ registro mis bolsillos/ en busca de monedas.// Comienzo el día/ así como si nada/ los ruidos suenan lejos/ en esta turbia.// Afuera la gente lucha por vivir/ afuera la gente habla del amor/ afuera me están llamandooo/ y voy..."

Mejor letrista que compositor, sus versos no aspiraban a ser tocados por la gracia del genuino encanto popular, ese que surge sin que nadie se dé cuenta, sino a testimoniar la época luminosa de la joven revolución cubana durante su década -aquella, también la de los setenta- de mayor esplendor económico.

"Había que herir/ de muerte a la ignorancia/ veneno cruel/ escoria del pasado", escribió por ejemplo en la obertura de elogio a la gran cruzada por la alfabetización del campo cubano, cuando 100 mil jóvenes de secundaria salieron a los cuatro puntos cardinales de la isla a llevar, como Noel Nicola tituló su pieza, "Con las letras la luz", que en su orquestación incluyó una sección de metales épicos y ascendentes en torno de las estrofas finales. "Patria/ mira a tus hijos cómo van/ míralos cruzar ríos como van..."

Hoy, tantos años más tarde, el buscador de Google informa que existen "aproximadamente 224 mil páginas" de Noel Nicola en el ciberespacio. De algo le habrán servido los regaños de sus maestros, Leo Brower entre ellos, que también a Silvio y a Pablo les apretaban las tuercas porque al cantar no ponían el acento en donde correspondía ortográficamente sino en donde lo desplazaba el fraseo musical, convirtiendo de tal suerte en esdrújulas palabras que eran graves o al revés. Pero en aquellos tiempos la técnica era lo de menos y lo que iba por delante era el amor a la lucha por la justicia, la democracia y el socialismo, el buen timbre y la buena entonación. Sólo así se explica, por ejemplo, que cuando un puñado de artistas de la nueva trova de toda América Latina se reunieron en Panamá con Carlos Mejía Godoy para grabar el Himno sandinista, en vísperas de la caída de Anastasio Somoza, alguien entregó una partitura a cada uno de los integrantes del improvisado coro, todos los cuales, con muchísima pena, debieron reconocer que no sabían leer el pentagrama, que lo suyo en este negocio, vamos, era tocar, cantar y componer de oído.

"A María del Carmen/ la envuelven los ruidos/ que salen del tándem/ inglés del Central// María del Carmen/ conoce la iglesia/ sabe dónde está/ pero no la visita// María del Carmen/ tan limpia y tan libre/ limpia de ser virgen/ libre de prejuicios..."

Nacido en 1946, muerto hace apenas unas horas, Noel Nicola resistió junto a los suyos hasta el final de su historia y ahora lo sobrevivirán sus creaciones, ninguna de ellas, quizá, tan representativa de la idealización del espíritu de su tiempo como la que escribió "para una imaginaria María del Carmen", que se convertiría en el emblema y en una forma de ser que tal ya no existe sino como nostalgia de una época y de una ética idas al mismo tiempo.

 
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