Usted está aquí: viernes 12 de agosto de 2005 Opinión Las dos campañas

Carlos Montemayor /II y último

Las dos campañas

Decíamos en la entrega anterior que la cuestión fundamental planteada por el EZLN era, a nuestro juicio, convocar a un reordenamiento de la izquierda y del cambio social del país no desde la perspectiva de las cúpulas de poder, sino desde las bases sociales. Señalábamos, asimismo, que una vez aclarado que el subcomandante Marcos en ningún momento dijo en relación con los seguidores de López Obrador "si están con ellos no están con nosotros", permanecía, sin embargo, dentro del PRD y en los medios, como una cuestión conflictiva la ubicación, autodesignación o definición de las fuerzas de izquierda en el país.

Es una tradición en la izquierda de todo el mundo el ejercicio de la descalificación, ciertamente, y México no ha ido a la zaga en esta inercia de autoproclamarse algunos como representantes verdaderos de la izquierda y de descalificar a los demás como tales. Pero creo que no estamos asistiendo a un nuevo episodio de descalificaciones o autoproclamaciones gratuitas, o al menos, que no tendría sentido reducirlo así.

Decía que las campañas políticas están partiendo primero de un reforzamiento de la identidad partidista. Tal identidad no sólo compete a las figuras prominentes de las elites mismas, sino a varios sectores de la totalidad de sus miembros. Entre los precandidatos panistas y sus elites no ha sido extraña la defensa o el planteamiento de una identidad y continuidad histórica frente a grupos renovadores o pragmáticos de nuevo cuño. ¿Quién es más panista que otro? ¿El más antiguo y de mayor identidad? ¿El más reciente y de mayor pragmatismo? ¿El que conserva los principios, pero no gana elecciones, o el que los va modificando y adaptando conforme ejerce el poder? Quizás este proceso de revaloración de los principios partidistas conduzca a las elites panistas a una redefinición de su propio partido. Al menos ahora la definición de sus contenidos ideológicos todavía parece operar como un dique al pragmatismo radical.

Entre los precandidatos perredistas se habla también de identidad y continuidad histórica porque suponen algunos que de ahí debería derivarse la idoneidad mayor de ciertas figuras prominentes para ser postuladas como candidatos a gobernantes. Pero a diferencia del PAN, aquí se desdibujan quizás varios derroteros de continuidad histórica. En efecto, presentan más ángulos difíciles de uniformar en una sola identidad partidista las muchas "izquierdas" que en el PRD se fusionan: la izquierda que proviene de las antiguas fuerzas comunistas, la que proviene del movimiento del 68, la de los movimientos guerrilleros de los años 70, del PRI de los 80, de partidos posteriores del trabajo y, finalmente, otra izquierda que en años recientes ha abandonado el PRI en coyunturas siempre electorales, siempre en "campañas".

Este tipo de pluralidad ideológica, o si se prefiere, esta abundancia de matices o de pragmatismos en una identidad partidista, ha sido incomparablemente mayor y constante en el PRI y no se ha reflejado en un proceso que pudiéramos llamar de descomposición institucional. Sus escisiones, incluso, no han reflejado la magnitud de la diversidad que posiblemente sigue conteniendo la totalidad de la membresía del PRI ni, particularmente, los giros o involuciones de objetivos sociales y de políticas económicas que han sufrido las elites de ese partido desde la imposición de los modelos neoliberales o globalizadores en México y en la plataforma ideológica del partido mismo. ¿Quién podría negar, por ejemplo, que los nuevos dirigentes de la CTM y del SUTERM son ejemplos claros de la identidad y continuidad del movimiento obrero que fortaleció a los gobiernos priístas y que, siempre al servicio del poder cupular, sostuvo también generosamente a la actual administración panista? No ha sido un asunto fácil para los priístas debatir, impugnar o aceptar en la cúpula misma de su partido si la inminente próxima dirigencia ha sido menos priísta que las demás, si ha sido fiel o no al partido y, por ello, si la llegada de Elba Esther Gordillo lo fortalecerá o lo debilitará.

El PRI se transformó y dejó atrás sus principios ideológicos e históricos al convertir el neoliberalismo en la etapa moderna de la Revolución Mexicana, cuando en verdad era su versión opuesta y enfrentada. El neoliberalismo le quitó su ideología social y su compromiso declamatorio con una revolución extinta. Hace 20 o 25 años el PRI hubiera impugnado y considerado lesivo para México el proyecto económico que respalda ciega y disciplinadamente desde la administración de Carlos Salinas de Gortari. En este sentido, el descalabro del PRI comenzó por una fuerza proveniente de su interior, pero ideológicamente ajena a él. El PRI apostó, por disciplina política, contra sí mismo.

Pero ni esta contradicción de gran magnitud ni la pérdida del poder durante los últimos cinco años han logrado desmantelar estructuralmente, quiero decir, "pragmáticamente", al partido mismo. No hay un partido político que ilustre mejor los cambios, contradicciones, embates o diversidad ideológica que si bien pulverizan una identidad programática no llegan al extremo de disolverlo. ¿Esta permanencia se debe a su capacidad pragmática o, por el contrario, es sólo resultado de la continuidad en el poder a la que durante décadas le han llamado institucionalidad o disciplina institucional? Es posible que si las administraciones panistas se prolongaran durante dos o tres sexenios más en el poder federal descubrieran o crearan su propio universo de disciplina institucional. ¿Podría decirse lo mismo en el caso de la posible prolongación en el poder regional, estatal o federal de las administraciones perredistas? ¿Habría alguna diferencia más allá del pragmatismo que hoy une o hace coincidentes a todas las elites? Las campañas de este poder cupular se elaboran ahora con equipos particulares de las elites y se expresan en una estrategia de mercadotecnia que privilegia las encuestas y los medios escritos y electrónicos.

Así pues, "la otra campaña", la que surge desde la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, no sólo está enviando una señal inequívoca al PRD, que es el único partido que tiene ya definido material, aunque no formalmente, su candidato. No es un llamado sólo a un partido de izquierda, por más que muchos creamos que sería el más obligado a atenderlo. La señal es clara: el país que los políticos divisan desde la campaña de las elites del poder no es el que día con día se abre paso en nuestra violenta realidad. Antes de que se derrumbe, todo México debería sumarse a la otra campaña: oír al país desde abajo, partir ahora desde abajo, dejar el aire enrarecido de las elites que por seguir apoderándose del país lo están desmantelando lastimosamente.

 
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